Córdoba

La Crónica: A lomos de la indiferencia

Lo comentábamos hace apenas unas cuantas horas. La procesión del Corpus en la ciudad de Córdoba se encuentra inmersa en una encrucijada que mantiene su mismísima existencia sometida a una controversia que se debate entre la revitalización y la indiferencia. Visto el resultado de lo que ha acontecido este nuevo domingo de Corpus por los alrededores del edificio al que solamente algunos seguimos llamando Catedral, ha quedado sobradamente demostrado que ha vencido una vez más la más absoluta indiferencia. Una desalentadora realidad que muchos pensamos que perdurará en tanto en cuanto no se produzcan las deseadas y mil veces apuntadas reformas para devolver a la vida a esta procesión arcaica y anacrónica que tal cual está concebida interesa cada vez a menos cordobeses.

La procesión del Corpus es una de esas manifestaciones de religiosidad popular que permiten con una facilidad pasmosa pronosticar su crónica con horas o incluso días de antelación sin incurrir en fallos de trascendencia. La razón es evidente, uno sabe perfectamente lo que va a encontrar, es plenamente consciente de dónde va a existir una asistencia de público mínimamente reseñable y en qué partes del recorrido, cortejo y custodia van a desfilar en medio de una triste y desangelada soledad impropia de la que debería ser la procesión más importante del año, a causa de la dejación a la que se halla sometida desde hace décadas. Y todo ello por más que desde Canal Diócesis se tergiverse la realidad diciendo que hay más público que nunca y que miles de fieles esperaban en la calle la llegada de Su Divina Majestad. Desde luego no hay más sordo que el que no quiere oír ni más ciego que el que no quiere ver. Observen las fotos y juzguen por sí mismos. Por cierto se dice prever, no “preveer”, a ver si alguno, entre lección y lección, se compra un diccionario. 

Volviendo al asunto que nos ocupa, basta con preguntar entre los cofrades de esta ciudad, que son los verdaderos expertos en organizar procesiones, qué resortes habría que tocar para que la procesión que preside, no lo olvidemos Jesús Sacramentado, su Divina Majestad, el mismísimo Dios vivo, tuviese la importancia requerida y despertase el interés entre aquellos que probablemente no sean conscientes de la importancia que ha de tener un acontecimiento de estas características. No basta con subrayar la presencia de Dios. La obligación de la Santa Madre Iglesia es la de evangelizar y si el común de los mortales no es consciente de que la custodia de Enrique de Arfe lleva en su interior la representación del auténtico Dios, es responsabilidad de quien organiza la procesión, añadir al evento todo lo que sea imprescindible para congregar al mayor número de público posible, por mucho que a algunos les parezca parafernalia, así de claro. Algo que tuvieron perfectamente claro quienes protagonizaron el Concilio de Trento parece ser olvidado sistemáticamente por quienes tienen la responsabilidad de organizar, repito: la procesión más importante del año en la ciudad de Córdoba, que se desenvuelve entre un público que oscila entre la escasez y la práctica inexistencia. Por cierto, inasistencia absoluta del cogobierno – es un decir – de la ciudad y por lo que a mí respecta, ni falta que hace.

En ocasiones da la sensación de que fuese malo incorporar elementos a una procesión como se incorporan en el resto de procesiones que durante el densísimo calendario cofrade trufan semana sí semana también las calles de esta ciudad sin que a nadie, Palacio incluido, le parezca mal. ¿Por qué nos empecinamos una y otra vez en no proporcionar a esta procesión de los añadidos precisos para que las calles estén a reventar como ocurre con otras ciudades de nuestro entorno que comparten cultura cofrade con nosotros? Ya sabemos que la presencia de Dios es lo más importante, pero si hasta el momento no es suficiente para inundar las calles de fieles, hagamos que lo estén incorporando el aderezo que sea menester, por muy superfluo que pueda ser o parecer. Si de este modo logramos que muchos, que al parecer tienen cosas más importantes que hacer cuando Dios pisa las calles que ir a rendirle pleitesía, se acerquen, bienvenido sea. A fin de cuentas en eso consiste la religiosidad popular, ¿no?, en utilizar determinados resortes, recovecos o atajos, para hacer llegar al pueblo el mensaje de Dios. ¿Por qué nos negamos a utilizarlos para hacerles llegar al mismísimo Dios? Les hablo de público, porque habrá quien diga que tras la Custodia iba mucha gente. Ya les digo yo que sí y se lo demuestro gráficamente. Sólo faltaría que la Iglesia, a través de todos los medios de los que dispone, no fuese capaz de que así sea. Quienes iban detrás de Dios ya están evangelizados. Son los otros el objetivo a conquistar. Tal vez a algunos semejante densidad de público le parezca suficiente. Otros aspiramos a mucho más.

Todo ello por no hablar del incomprensible horario. ¿En qué cabeza humana cabe en la Córdoba de mediados de junio con temperaturas que superan con creces los 45°, diga lo que diga la Agencia Estatal de Meteorología, es apropiado que una procesión recorra las calles de la ciudad a las 8 y media de la tarde? – la custodia ha salido al Patio de los Naranjos a las 20:38 – ¿Tan difícil es hacer lo que hacen en Sevilla, Granada, Toledo y tantos otros sitios? ¿Realmente nadie ha caído en la cuenta de que si la procesión del Corpus se pusiese en la calle a las 9 o 10 de la mañana, con la mínima fresquita que pueda existir en esta ciudad, – y si fuese en un Jueves festivo mejor, pero tampoco vamos a pedir milagros – y se recogiese a eso de las 11:30, y luego si ha de haber una Solemne Eucaristía de dos horas, hágase, la afluencia tanto de público como de cortejo sería mucho más nutrida? Desde luego las calles no serían el infierno en que se convierten a las 8:30 de la tarde, los padres podrían plantearse sacar a sus niños y los ancianos ir al encuentro de Jesús Sacramentado sin correr el riesgo de no regresar a sus casas jamás.

Mientras todos estos elementos cuya implantación aconseja cualquier lógica básica no se adopten, en Córdoba continuaremos dejando que la procesión del Corpus agonice lentamente ante la mirada impasible de quienes tienen el poder de evitarlo, entre la autocomplacencia de quienes repiten hasta el hartazgo que había muchísimo público, y por más que quienes se esfuerzan en participar en ella, de manera heroica, cortejo y público, ofrezcan su sacrificio para intentar dar el mayor brillo posible a una procesión que ha de ser una fiesta y no una heroicidad. Queda algo menos de un año para la próxima. ¿Se pondrán realmente a trabajar quienes pueden y deben hacerlo para revertir esta situación de trámite y triste condena de muerte que asola a este acontecimiento herido de indiferencia? Espero sinceramente que nadie tome esta pregunta como retórica y hagan algo para evitarlo.

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