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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Artistas y personajillos

Esta semana me ha ocurrido algo que viene a reafirmarme en algunas de las convicciones que tengo. Curiosamente, y es la segunda vez que hago referencia a ello en poco más de siete días, este asunto salió a colación en una más que interesante conversación que mantuve hace unos días con tres artistas con mayúsculas, de los de verdad, no de los que gozan de una fama impostada o derivada de una corte de seguidores que les aplauden sus excelencias en las redes sociales. Hablábamos de bordados, del arte de vestir imágenes sagradas y de cómo aquellos que ejercen una labor de este calado han de ser conscientes de que están sometidos a la crítica y asumirla cuando no es favorable, sin recurrir, obviamente, al manido truco de que “quien me critica es porque no sabe nada de arte” y en cambio, quien me aplaude, lo hace poniendo sobre la mesa su infinita y docta sabiduría. Yo defendí en aquella conversación que, más allá de la educación de la que cada uno pueda hacer gala, la asunción de la crítica es una cuestión relacionada directamente con los complejos que cada cual atesora. En mi opinión, un artista que está seguro de sus condiciones, recibe las críticas con espíritu deportivo y con el ánimo de conocer qué reacciones despierta su obra en el receptor de su trabajo, el público. Si un artista es plenamente consciente de las cualidades que atesora, de su capacidad innata y de los conocimientos que ha ido adquiriendo y pone en práctica con su trabajo, jamás sentirá como una ofensa una crítica, por muy negativa que pueda ser. Y mucho menos olvidar por una crítica de ese calado todas las positivas que haya recibido del mismo origen cuyas manifestaciones ha recibido con desagrado, revolviéndose como una haba tostá enrabietada.

Lo mismo ocurre a la hora de elogiar, cuando lo merezca, el trabajo de otros compañeros. El artista de verdad, el que realmente está dotado de una magia especial, jamás tendrá reparo alguno en reconocer y valorar el trabajo de otros que desarrollen su labor en el mismo ámbito artístico que ejerce, más allá de la amistad. Les hablo de aplaudir en voz alta, la obra que ha realizado otro artista, un compañero, que solamente se convierte en rival cuando la mediocridad del protagonista así lo impone. En cambio, el mediocre minimizará el trabajo de quien se halla enfrente, incapaz de reconocer y otorgar valor a lo que otros han realizado. Hay muchos ejemplos de lo que les cuento, aunque, una vez más prefiero no dar nombres, no hace falta. Sí les diré, que resulta sumamente sencillo poner ejemplos en ambos bandos. Verán, en las últimas semanas he presenciado muy de cerca casos de ambas clases. A consecuencia de un artículo que hablaba de cómo se visten a algunas dolorosas cuando llega el mes de noviembre, sobre las vírgenes de Halloween, como popularmente se les llama, me hicieron llegar la furibunda reacción de un vestidor, que sintió herido su ego infinito. Se trata de un artista de esos que algunos comunicadores hemos determinado en catalogar, de manera muy pedante, lo reconozco, como multidisciplinares; esto quiere decir que suelen tocar diversos palos, desarrollar su creatividad en distintos ámbitos artísticos… lo cual no quiere decir que sean un primer espada en todos ellos.

Resulta que el artista multidisciplinar, del que se han leído maravillas de todo tipo en las páginas de este pequeño rincón de libertad, no asumió con esa deportividad de la que les hablaba una crítica casual, tan casual que ni se le nombraba y ni tan si quiera estaba escrita pensando en él. Y no se le nombraba porque las imágenes marianas ataviadas de manera singular por la llegada del mes de difuntos que ilustraban el artículo, fueron elegidas al azar, sin ni tan siquiera mirar de qué dolorosa se trataba y muchísimo menos quién era el vestidor que había perpetrado la obra de arte. Es más, el artículo en cuestión, hablaba de manera genérica de esta manía “supermoderna” de “castellanizar” absurdamente a las dolorosas andaluzas, censurándolo, pero sin hablar ni de vestidores ni de imágenes, Posteriormente, y una vez que el artículo se hubo concluido, y no antes, de decidió ilustrarlo con fotografías de algunas de estas dolorosas que, en opinión del abajo firmante, estaban ataviadas de manera inadecuada.

Entiendo que este artista multidisciplinar, probablemente influido por un arrebato temporal de exacerbada soberbia, o simplemente por culpa de un ego que no le cabe en el cuerpo, sea incapaz de comprender que el autor de aquél artículo, un servidor, no tenía ni puñetera idea de que sus manos habían vestido de semejante modo a una dolorosa, que dicho sea de paso, he de serles sincero, sigo sin saber cuál es, porque el artículo venía ilustrado con seis o siete y tengo cosas más importantes que hacer con mi vida que perder el tiempo en descubrir el motivo de un enfado y una rabieta infantil. Eso sí, me voy a permitir hacer dos puntualizaciones al respecto. La primera es que una reacción pueril jamás me va a influir a la hora de dar mi opinión acerca de cualquier asunto. Esto significa que si en alguna ocasión me vuelve a provocar rechazo algo que el artista multidisciplinar haga, lo diré si encarta. Y a sensu contrario, si me gusta cualquiera de sus diseños o como ha vestido a otra imagen, también lo diré, si se tercia, sin importarme en absoluto que haya querido negarme el derecho de dar mi opinión sobre lo que me plazca, diciendo que no tengo ni puñetera idea porque he tenido la osadía de criticar algo que ha hecho.

Lo que sí resulta llamativo, es que cuando la crítica ha sido positiva jamás se haya agradecido públicamente y cuando una foto de una dolorosa que el artista multidisciplinar viste ha servido para ilustrar un artículo en el que se criticaba cómo se disfrazan algunas imágenes llegado el mes de noviembre, se responda con insultos, recurriendo al recurso facilón de que “quien me critica es porque no sabe de esto”. Cuestión de grandeza y humildad, imagino. Porque es una evidencia que la prepotencia y chulería de ciertos personajes es tan grande, que es probable que les provoque este tipo de reacciones infantiles. ¿Que por qué no le nombro? Porque maldita la falta que me hace para tener audiencia, al contrario de lo que este artista multidisciplinar insinuó enrabietado como reacción a un artículo que no le había gustado, acostumbrado a recibir palmaditas en la espalda de su corte e incapaz de comprender que, al mejor no goza de los dones de la infalibilidad y la perfección, o tal vez que no todas las artes que pretende abarcar, las desarrolla con idéntico éxito. O simplemente que para gustos los colores, y a algunos les gusta lo que has hecho y a otros no. Y quien se dedica a desarrollar un trabajo de cara a un público, debe ser capaz de entender que habrá quienes lo aplaudan y quienes no, así de sencillo. Y, por descontado, respetar la opinión de unos y otros… y si no, dedicarse a otra cosa.

Curiosamente, ocurrió un caso diametralmente opuesto con otro vestidor a resultas de aquel artículo del que les hablo. Un vestidor mucho más reputado y acostumbrado a desenvolverse en escenarios muchos más complicado de aquellos en los que actúa nuestro artista cabreado. Ocurrió exactamente lo mismo. Mismo artículo y una de las dolorosas elegidas al azar vestida por él. El asunto se abordó en una charla telefónica y, en contraste con la furibunda reacción del hombre de la soberbia infinita, la que tuvo este segundo protagonista fue radicalmente distinta, asumiendo con deportividad y normalidad la crítica, recuerden que era el mismo artículo e idénticas circunstancias, Agradeciendo incluso que se opine en tono crítico de su trabajo cuando algo de lo que haya hecho no haya gustado “porque también le sirve para aprender”. Explicando incluso las razones que le hizo ataviar a la dolorosa de tal modo. Un señor. Un profesional que es plenamente consciente de que su labor está sometida a la opinión de terceros y que habrá veces que su trabajo guste más y otras menos. Un artista de verdad, que carece de complejos y no necesita estar permanentemente protegido por el endiosamiento proporcionado por su corte de incondicionales que aplaude cuando lo que ha hecho está bien y aplaude igualmente cuando ha ejecutado alguna barbaridad.

Les daré un último ejemplo. Hace unos días escribí un artículo alabando una obra pictórica que me había encandilado. Un artículo en el que elogiaba la obra y mencionaba la opinión que sobre un tipo determinado de pintura, precisaron dos grandes pintores hace unas semanas en otra conversación que mantuve con ellos. La reacción de los tres fue directamente proporcional a la grandeza de su obra y el tamaño inabarcable de sus respectivos currículums. Agradecimiento público de los tres, y la satisfacción común por el hecho de que alguien, quien sea, haya dedicado un tiempo de su vida a hablar de su obra, conscientes todos ellos que, si bien la calidad incontestable de su obra es razón suficiente para ocupar el lugar de privilegio que merecen en el Olimpo de los más grandes, siempre es de agradecer la difusión de su trabajo, no porque se deban a los medios, sino porque se deben al público, al público que es su último y auténtico cliente, y que lograr llegar a él es mucho más sencillo si los medios se hacen eco de lo que hacen. Otros, que no han empatado con absolutamente nadie, al ser requeridos para realizar un artículo sobre alguna obra realizada, han llegado a permitirse el lujo de responder que “no han pedido ningún artículo”, como si los artículos en un medio se hicieran a requerimiento del protagonista y no porque el comunicador lo considera oportuno.

Supongo que por estas razones, algunos artistas llegan a la cúspide y otros permanecen en el anonimato. Cuestiones que tal vez expliquen las razones por las que algunos de ellos precisan imperiosamente estar rodeados de un grupo de expertos en repartir incienso y pétalos de rosa, que rebuznan cada vez que se tose la obra del presunto ser supremo, intocable e infalible, mientras otros, auténticos artistas, no necesitan nada más para ser reconocidos como lo que son, que ir a pecho descubierto y de frente por la vida, sin menospreciar el trabajo de sus compañeros, ni insultar al público al que no ha satisfecho determinada obra. Cuestión de educación, complejos y grandeza.

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