Córdoba, El Cirineo, Opinión

Córdoba ciudad de procesiones

No sé a los demás pero a mí me ocurre cada vez que me encuentro en una reunión a la que concurren cofrades. Cofrades de verdad no payasos con pedigrí y las migajas de un micrófono del que disponen más por ser objeto de una obra de caridad que por sus méritos profesionales, que creen que gozan de la discrecionalidad de conceder permiso a los demás, entre insulto e insulto, para hablar de lo que estimen oportuno, como buenos totalitarios. Les hablo de auténticos cofrades, personas que han echado los dientes apretando tornillos y limpiando cera y varas de plata, que no todo van a ser leer libros y artículos de los tres o cuatro eruditos trasnochados de siempre, materia ineludible para obtener la cátedra de ser supremo.

Como les decía, que me disperso, siempre me ocurre lo mismo en estas reuniones. Medio en broma, medio en serio, en algún momento de la conversación se suele charlar acerca de lo sumamente pesados que somos y nos ponemos los doce meses del año, jartibles se dice ahora, pesados me reafirmo yo; otros proponen doce meses y doce causas… los capillitas nos hemos vuelto monotemáticos, ya casi ni de fútbol hablamos. Antes, llámenme antiguo si quieren, llegaba la Cuaresma con la intensidad que se había ido adquiriendo a resultas de los primeros cultos del año. Iba floreciendo a nuestro alrededor como florecía la primavera que intentaba contenerla sin lograrlo. Alimentándose el deseo, iban transcurriendo las semanas hasta que el Domingo de Ramos nos explotaba entre las manos y con él toda una metamorfosis de lo cotidiano, una amalgama de sueños desbordados, un conglomerado de sensaciones que servía para terminar de despertar los sentidos y hacer claudicar a los espíritus más reticentes que terminaban por abandonarse sin medida a cada segundo que componía aquella Semana Santa que se respiraba con toda la intensidad del universo.

Cuando la Virgen de la eterna sonrisa regresaba al interior de los muros fernandinos de su hogar santamarinero, una extraña pero familiar mezcolanza de melancolía y satisfacción recorría los corazones de propios y extraños, a caballo entre el regusto de lo vivido y la tristeza de tener por delante doce meses de distancia y espera para volver a revivir tanta maravilla. Ahora el mundo ha cambiado. Habrá quien piense que para mejor y quien opine todo lo contrario, cada cual tendrá su propia teoría al respecto, afortunadamente son sólo unos pocos los que piensan que solamente su opinión tiene derecho a existir. Lo que es evidente, más allá de que cada uno es libre y soberano de participar o no, es que aquí no se para. Ni un solo día. Casi sin dar tiempo a que las puertas del templo piconero se cierren completamente, empiezan a circular rumores de recambios de martillo, de presuntos candidatos, de bailes de bandas, noticias que siempre han estado ahí desde luego, pero que en los últimos años adquieren una proliferación inusitada, y algo de culpa tendremos todos de que ello ocurra, que cada palo aguante su vela. Y que además se ven acompañadas de miles de procesiones que se multiplican sin medida cada semana de las 52 que componen el año.

Porque lo de que a los andaluces nos gusta más una procesión que a un tonto un micrófono, permítanme la expresión, se ha convertido en una verdad absoluta. Nos hemos convertido en un auténtico coñazo. Que sí, que ya se lo que me van a decir, que nadie me obliga a acudir a ninguna de ellas, de hecho, yo mismo lo he mencionado hace tan sólo unas líneas. Pero estar están ahí. Con toda la parafernalia que las rodean… nombramiento del capataz de turno, elección de la banda, determinación del itinerario, petición de ajuar y hasta de paso a quien corresponda -porque le recuerdo a los más jóvenes que hubo un tiempo en que para salir a la calle en un paso, hacía falta tener un paso-, y fijación de la fecha más oportuna en el apretadísimo calendario en el que habitamos. Vaya por delante que me merecen todos los respetos todos aquellos cofrades que desean sacar a sus titulares a la calle y que comprendo perfectamente la ilusión que provoca tal determinación. A fin de cuentas para todo hijo de vecino, sus cosas son únicas e intransferibles y las más importantes, esto es tan humano como respirar. Pero tal vez ha llegado el momento de que nos sentemos un instante y nos detengamos a pensar si realmente todas las salidas son necesarias, si no estamos saturando este invento, si estamos demasiado preocupados en salir como sea y cuando sea mientras descuidamos la esencia de nuestras hermandades, que ha de descansar en cosas de mayor trascendencia, las relaciones humanas, el culto -el interno, ya saben esa cosa que suelen hacer las cofradías cuando la iglesia está medio vacía-, la obra social y la formación.

¿Todas las corporaciones que programan en estas fechas procesiones tienen cubiertas todas estas necesidades? ¿Son sus respectivas realidades sociales una balsa de aceite? ¿Dedican el esfuerzo necesario en cuestiones de índole social? ¿Desarrollan una auténtica agenda formativa? Sacar una procesión a la calle porque sí, porque toca, porque está de moda, porque ocupa la atención de los medios, porque hay a quién le gusta ser el centro de atención, o por cualquier otra cuestión superflua no deja de ser eso, superflua. Y luego pasa lo que pasa, que sacamos un paso por el barrio y lo llamamos estación de penitencia sin que a nadie le llame atención semejante expresión.

Y es que en los últimos tiempos proliferan este tipo de procesiones a diestra y siniestra, se abusa de ellas. Y si a esta manifestación in crescendo le añadimos el inevitable Rosario de la Aurora, matutino o vespertino, -¿para cuándo uno en horario discotequero?- y el obligatorio Vía Crucis, nos encontramos con que pocas son las semanas en las que no hay algún Cristo o alguna Virgen paseando, nunca mejor dicho, bajo el cielo de Córdoba, y no digamos ya en Sevilla. Y a veces olvidamos que la procesión no es lo más importante. Probablemente sea lo más gratificante, incluso si me apuran, táchenme de irrespetuoso, lo más divertido. Pero desde luego, ni es esencial ni suele reportar mayor beneficio a la corporación de turno que arrastrar temporalmente a su seno a los que siempre se ha denominado sacapasos y capillitas de quita y pon, estos que son devotos de toda la vida de la virgen que viste de blanco y mañana lo son de la que viste de azul.

Tengan en cuenta queridos lectores e inevitables detractores, que no son precisamente las nuevas corporaciones las que más pecan de este modo, a fin de cuentas, como antes les decía, es perfectamente comprensible que una nueva asociación o agrupación quiera alimentar la ilusión de su potencial mercado devocionario con este tipo de muestras cara a la galería, resultando de todo punto normal que así sea. Pero sí llama mucho más la atención cuando son hermandades presuntamente bien formadas y con una historia a sus espaldas las que caen una y otra vez en esta clase de culto, al que generalmente acuden cuatro gatos -salvo cuando se trata de una procesión de carácter extraordinario- empezando por los gatos de la propia hermandad. Aún guardo en mi retina las fotos de una de estas procesiones realizada el año pasado por estas mismas fechas que mostraban un cortejo prácticamente inexistente y un público tendiendo al cero absoluto. Si el objetivo de la evangelización difícilmente se logra con este tipo de salidas -básicamente porque no hay público al que evangelizar-, quizá más de uno debería preguntarse si no sería más conveniente dedicar los esfuerzos de la hermandad en otros menesteres.

Sea como fuere, y por mucho que algunos nos quejemos, con la boca más o menos pequeña, las procesiones de este tipo seguirán preñando sin descanso semana tras semana el calendario de nuestros universo cofrade, para satisfacción de unos pocos, hartazgo de muchos y desesperación de quienes las detestan, a los que cada día será más complicado hacerles entender que la ciudad también es nuestra cuando algunos parecen empeñados en que solamente sea nuestra.

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