Córdoba, El Cirineo, Opinión

Cuando la democracia se convierte en demokrazia

Antes de hablarles de aquello de lo que les he venido a hablar hoy, quiero aprovechar, ya que el asunto versa sobre democracia, para poner de manifiesto una vez más la admiración que profeso por mis compañeros. El pasado domingo, acudí como un hermano más, al cabildo extraordinario de la Paz y nuevamente volvió a suceder aquello por lo que tanto sorprende y exaspera a partes iguales, a propios y extraños, esta bendita locura que llamamos Gente de Paz. Antes de que saliese de la asamblea y tuviese la oportunidad de contar al equipo de redacción que había sido aprobada la propuesta presentada por la Junta de Gobierno, mis compañeros ya habían publicado lo ocurrido, y con pelos y señales. Francamente, no se como lo hacen. He de reconocerles que el hecho de no estar en el día a día de la mayor parte de las noticias que se publican hace que mi capacidad de sorpresa permanezca intacta, afortunadamente, como imagino que les sucede a muchos de los lectores de este medio. Supongo que eso será parte del éxito de un formato que algunos auguraban acabado y otros desean fervientemente que acabe. En fin, hecho el reconocimiento, vamos al grano.

Seguro que a una parte de los lectores no les sorprenderá en absoluto que les diga que llevamos varios años instalados en una guerra civil de facto en una parte del territorio español, del mismo modo que estoy convencido de que otra parte se llevará las manos a la cabeza con semejante afirmación, es lo que tiene la visión subjetiva de las cosas. Una guerra civil cuya intensidad se ha visto incrementada exponencialmente en las últimas semanas hasta provocar un enfrentamiento físico en las calles que, de momento, no se ha traducido, por poco, en desgracias personales que esperemos que no se produzcan. Un enfrentamiento social evidente e imposible de negar alimentado por la acción suicida de unos y la inacción y la desidia de otros, por la instauración de la mentira perpetrada por quienes gobiernan, que han logrado validar una suerte de ficción elevada a los altares como verdad absoluta, y el silencio cómplice necesario de quienes no han tenido los arrestos suficientes para protestar, levantar la voz e impedir que las calles, que también son suyas, les sean arrebatadas miserablemente en sus propias narices.

Precisamente es esa presunta mayoría silenciosa, a la que tantos invocan hasta el hartazgo, predicando en el desierto de la desesperación, lo que nos hace cuestionarnos a más de uno sobre las bondades del sistema que nos hemos dado y que llamamos a boca llena democracia. Fue Winston Churchill quien aseguró que “la democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos” y sinceramente no me siento en disposición de determinar qué otro sistema puede ser mejor que éste. Lo que sí tengo claro es que la democracia está llena de imperfecciones toda vez que se equipara el voto de todos los ciudadanos con independencia de su formación y su capacidad. Ya sé que se van a rasgar las vestiduras muchos con lo que digo pero antes de recurrir al insulto fácil, párense un momento a pensar en ciudadanos absolutamente manipulados por una educación sesgada, con una formación manifiestamente mejorable e incluso con una capacidad intelectual muy por debajo de la media, que haberlos háylos por muy políticamente incorrecto que sea decirlo y reconocerlo, que jamás han leído un libro y nunca se han cuestionado nada de mayor trascendencia en sus vidas que la blusa que Belén Esteban lució en el último programa o si el nuevo formato de Gran Hermano es o no concebible… y respóndanse a sí mismos si es lógico que el voto de esas personas valgan exactamente lo mismo de quienes son completamente opuestos, sin entrar en detalles. Les reconozco que en mi caso siempre pensé que sí, sin embargo, tal vez sea cosa de la edad pero en los últimos años he llegado a cuestionarme esta creencia para encontrarme sumido en un mar de dudas.

El otro condicionante que me ha instalado definitivamente en el agnosticismo, es el manido asunto de la mayoría silenciosa. Dice el presidente del Gobierno de Cataluña que nada exige un porcentaje determinado de participación para dar por bueno el resultado del simulacro de referéndum que quieren perpetrar el próximo 1 de octubre, amparándose curiosamente en la legislación española que llevan ignorando años. ¿Es lógico que una decisión de estas características se adopte por una mayoría de votantes aunque el porcentaje de participación resulte irrisorio? Cada cual es libre de pensar lo que estime conveniente al respecto, desde luego, pero en mi caso lo tengo medianamente claro. No es de recibo, es inconcebible, que una decisión trascendental para el futuro de los ciudadanos no requiera de un porcentaje de participación especialmente significativo respecto al censo electoral, y no hablo de más de un 50% de potenciales votantes sino de un porcentaje muy superior. Y además se me antoja imprescindible que una decisión de este calado sea adoptada por una mayoría especialmente cualificada de votantes efectivos. Más allá de considerar aceptable invocar el derecho de autodeterminación a un territorio que jamás ha sido una colonia, considero una auténtica aberración que se pueda aprobar la independencia de un territorio por un 50,01 % de votantes, tal y como pretenden los convocantes de esta absurda iniciativa, profundamente antidemocrática por otro lado, y una de las razones fundamentales descansa en que, a una votación de estas características solamente acuden aquellos individuos implicados emocionalmente en la decisión a tomar. Difícilmente alguien instalado en la desidia participará en un proceso de esta índole. Dirán ustedes que tienen la oportunidad de hacerlo, pero son muchos los condicionantes que influyen en que un ciudadano participe o no en una consulta de esta clase. Cuestiones que oscilan desde la citada desidia hasta el hartazgo, el hastío o el miedo a ser señalado.

Algo así ocurre en los cabildos que celebran las cofradías, sobre todo cuando se trata de hermandades en las que la palabra “hermandad” hace mucho que dejó de tener significado. Cabildos defendidos por quienes mandan como el único foro posible y aceptable en el que un hermano puede expresarse con libertad, prohibiendo y desautorizando cualquier otra posibilidad, como hacen los independentistas catalanes que afirman que solamente a través del referéndum se puede o no decidir sobre la escisión de una parte del Estado, quedando inhabilitado cualquier otro foro. Asambleas manipuladas en las que es prácticamente imposible defender una posición disonante con el pensamiento de quienes mandan, llenas de hooligans que menosprecian y minimizan en voz alta la opinión de aquellos que disienten con el pensamiento único defendido por los líderes de turno – como los miles de antisistema que van a llegar a Barcelona en los próximos días a apoyar a los “alegres chicos de la CUP” -. Cabildos a los que acude un porcentaje ridículo de hermanos y en los que el pensamiento crítico de aquellos que votan se reduce a lo bien que nos lo pasamos después de un ensayo costalero y cómo lo vamos a petar en la próxima salida extraordinaria. Resulta inconcebible que asambleas de este calibre determinen el futuro de una hermandad.

No es plausible, se mire como se mire, y se defiende lo que se defienda, que una decisión que pueda afectar decisivamente al futuro de una entidad pueda ser aprobada por un 5%, un 10% o un 15% de sus miembros. Y si las entidades son incapaces de auto exigirse quórums reforzados y mayorías cualificadas, y especialmente reforzadas, tal vez deberían ser organismos superiores los que las exigieran. Así ocurre con lo que la propia Constitución exige para ser modificada y a nadie le parece extraño. ¿Por qué no aplicar estas mismas máximas a las decisiones trascendentales que se adoptan en el seno de una corporación? Porque en caso contrario, en la situación actual, se está prostituyendo el concepto de democracia para convertirla en miserable “demokrazia”, la que defienden, a golpe de kale borroka, batasunos y cuperos, que implica que solamente voten aquellos que tienen las narices de salir a la calle a dar su opinión, con el riesgo que ello conlleva. En un remedo de sistema de decisión en el que la inmensa mayoría se abstiene dejando la gestión de las entidades en manos de un núcleo duro de incondicionales, como los ultras de un equipo de fútbol, que apoyan ciegamente al líder y apoyan sus decisiones en base a sabe Dios qué contraprestación o en una fe sin coto, sin mayor análisis crítico que levantar la mano cuando quien te manda te lo indique. Habrá quien piense que esto es democracia, otros pensamos que no es más que un chiste, un chiste que ha terminado convirtiendo la celebración de buena parte de los cabildos que tienen lugar en la actualidad en foros condicionados, manipulados y orientados tan inservibles como el referéndum del 1 de octubre. ¿O solo vemos la paja en el ojo ajeno?

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