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El Rincón de la Memoria, Sevilla

Cuando La Mortaja era la “Macarena Chica”

La “Macarena Chica” cambió su estética cuando pasó del templo donde actualmente reside la hermandad de la Resurrección al ex convento de la Paz. La Sagrada Mortaja, en otros tiempos Piedad de Santa Marina, es desde entonces una recogida cofradía a la sombra de un ciprés.

Los orígenes de la fundación de esta hermandad no son del todo nítidos. Si bien es cierto que el nacimiento de esta corporación se relaciona con el hallazgo de una pequeña Piedad en la torre del templo de Santa Marina, otras hipótesis apuntan a la vinculación de la hermandad con el hospital de Nuestra Señora de la Piedad, edificio que se encontraba en el barrio de San Lorenzo y que acabó desapareciendo en 1587.

Lo que sí está claro es la fundación de sus primeras reglas, en 1592, aprobadas por el cardenal Rodrigo de Castro, así como el cambio truncado de sede, de Santa Marina al colegio de los basilios, tal y como relata Carrero Rodríguez en “Los anales de las cofradías sevillanas”. También se conoce que desde 1676 reside en Santa Marina o que, a mediados del siglo XVIII, los torcedores de la seda pertenecieron a ella, lo que provocó un crecimiento en la nómina de hermanos.

Las primeras referencias que hacen alusión a la hermandad de la Sagrada Mortaja como “Macarena Chica” o “Macarenita” las encontramos a principios del siglo pasado. Además de la estación de penitencia a la catedral, otras dos fechas señaladas en el calendario de la corporación eran la fiesta de la Encarnación así como la de los Dolores. Esta de septiembre contaba con varios puestos ambulantes, tómbolas y conciertos a los que acudían los vecinos para disfrutar de una velada que llegó a ser seña de identidad del barrio.

En las décadas previas a la guerra civil la hermandad iba acompañada por alrededor de medio centenar de nazarenos, aunque lo más llamativo era el acompañamiento musical para una corporación que no contaba con un grueso de hermanos destacable. Delante del único paso iba una capilla musical, mientras que el cortejo lo abría una banda de música y lo cerraba otra formación musical que ponía el punto y final a tan reducida comitiva. Incluso llegó a contar con una centuria romana en el pasado.

En lo que respecta a la estación al templo metropolitano, el discurrir de sus nazarenos no era tan decoroso como debía ser, saliéndose algunos de los componentes cuando el cortejo alcanzaba la Alameda o llegaba a la catedral. Unos regresaban días después con las insignias al templo pero otros marchaban con ellas y tenían que ser recogidas por miembros de la corporación, quienes acudían a los domicilios particulares días después. Incluso los que portaban las insignias más significativas solían marcharse antes de que finalizase la procesión, por lo que se vieron abocados a contratar a personas que las llevasen durante todo el recorrido. Aunque hoy en día sorprenda que un cortejo no mantenga el orden, no era extraño en la época. Un ejemplo lo encontramos en las filas de nazarenos de la hermandad de la Amargura, que decidió dar un cambio a su estética en los albores del siglo XX, precisamente auspiciado por el mal comportamiento de los mismos.

Por toda esta serie de ingredientes, algunos aducen que el término “Macarena Chica” o “Macarenita” se empleó porque esta hermandad de centro poseía una estética que se asemejaba más a las de barrio. Otros estudiosos señalan que fue denominada así argumentando el parecido de la Virgen de la Piedad con la Esperanza Macarena, llegando incluso a comentar la posibilidad de que ambas salieran de la misma gubia. Sin embargo, en mayo de 2008, la junta de gobierno de la Sagrada Mortaja contacta con Miñarro para la restauración de la dolorosa y de María Magdalena. El profesor, una vez realizadas las pruebas pertinentes, confirma que solo hay parecido en la expresión de ambas vírgenes, pues ni la técnica usada ni la morfología de las dos hacen pensar que salieran de la misma gubia.

El cambio de estética

En 1936 se produce un incendio debido a una vela, que quemó el sudario que envolvía a Cristo Descendido, afectando a la espalda del mismo. Sebastián Santos restaura la imagen. Este hecho anunciaba lo que desgraciadamente estaba por venir. En la zona conocida como el Moscú sevillano arden varios templos, entre ellos, Santa Marina, el 18 de julio de 1936. La amistad entre los hermanos de la hermandad y de miembros de la CNT y la actitud de los vecinos del barrio fueron vitales para que no se perdiera este conjunto escultórico. Si el Cristo permaneció en el taller de Sebastián Santos, la Virgen estuvo bajo custodia de Guillermo Serra, hermano mayor por aquel entonces, y el resto del misterio en casa de Manuel Alarcón. El diez de noviembre de ese mismo año, las imágenes y enseres que se habían podido rescatar ― como el paso, que se encontraba en el momento del incendio en un almacén aledaño a la parroquia ―, se trasladan a su actual sede, en la iglesia del ex convento de la Paz.

Comienza una nueva etapa alejada de Santa Marina. Establecida en su nueva casa, la Sagrada Mortaja emprende un camino donde tendrá que hacer frente al acondicionamiento de diversos espacios para las dependencias y el encargo de la realización de enseres que sustituyeran a los que fueron pasto de las llamas. También su estética se vería afectada. Se iniciaba un proceso de reconversión hacia su concepción original: austera y seria. Tiempos de cambios que coinciden con la dictadura franquista, que impregnará las esferas de la sociedad del carácter autoritario típico del régimen, donde el arzobispo, desde el púlpito, se refería a los bailes como “tortura de confesores y feria predilecta de Satanás”. Adiós a las veladas y conciertos. Durante esta etapa, la cofradía toma la decisión de dejar de transitar por calles como Feria y la Alameda, creando un itinerario más acorde con el espíritu que en sus inicios llegó a tener, opinión que argumentaría posteriormente también para refrendar el último cambio importante que introdujera en 2011 para no pasar bajo las setas de la Encarnación.

De quienes la recuerdan como “La Macarena Chica” quedan ya pocos testigos, bastantes menos hay de los que se acercaban cada tarde de Viernes Santo al templo gótico-mudéjar, entre un mar de túnicas moradas y músicos, para acompañar a María con su hijo muerto en brazos. Hoy, aquellas oscuras capas recogen el abatimiento en el patio del antiguo cenobio, donde meses más tarde los jazmines encalarán el luto, haciendo las noches eternas.

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