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Opinión, Racheando, Sevilla

Cuando no todos éramos iguales

Con el aroma de la marisma almonteña impregnado todavía en mi ropa, preparándome mentalmente para un fin de semana con olor a cera y la única luz de las candelas que iluminarán el santuario de Nuestra Señora del Rocío, me he puesto a recordar las conversaciones que he tenido durante el trayecto que me ha traído a estas arenas.

He tenido la oportunidad de hablar con gente de diversas ideologías y sensibilidades en las que, hablando del síndrome “Willy Fog” de los que nos apasiona viajar, de la manera que las religiones han tratado a la mujer. Yo he tenido la oportunidad de conocer la religión musulmana en Túnez, una compañera de viaje en Marruecos, y hemos podido ver in situ la subyugación que sufre la mujer, pero no voy a hablar de ello en esta ocasión.

En este debate que se gestó en mi coche, se me insinuó que actualmente la mujer en la Iglesia Católica también está sujeta a una opresión continua así como un continuo desprecio. He tenido que callarme, porque no se puede rebatir lo que es una patente realidad, porque salvo en el entorno cofrade (y poco) en cuanto igualdad hemos avanzado poco jerárquicamente hablando.

Por ahora no se puede hablar de cambiar las cosas en la jerarquía eclesiástica, pero sí estamos cambiando la forma de ver en las hermandades y cofradías a la mujer. De no ser toleradas como hermanas de pleno derecho, a dirigir con maestría y mucho mejor que algunos hombres el devenir de muchas corporaciones.

Hace unos días, era la propia Hermandad de la O, la que recordaba esa efeméride del paso adelante en pos de la demandada igualdad, ese Cabildo de 30 de enero de 1998 que aprobara la incorporación de mujeres como hermanas de pleno derecho a la Estación de Penitencia, Cabildo, al que por primera vez tuvieran voz y voto.

En lo que algunos consideran la “cuna de todo lo cofrade”, no todo estuvo ni está bien, queda mucho por mejorar, pero a las pruebas queda claro como, hasta hace escasos veinte años, no todos éramos iguales, y la igualdad llegó, por decreto arzobispal, mucho después que otras ciudades de España donde incluso solo existen penitenciales femeninas o fueron fundadas mixtas y con los mismos derechos. Todo sigue cambiando, aunque reconozco, que también hay que respetar la idiosincrasia propia de las cofradías y hermandades que, si bien son masculinas, no omiten el papel que la mujer tiene en la Semana Santa, lo defienden y respetan más que incluso muchas de las que se vanaglorian de ser mixtas e igualitarias. Todo sigue cambiando, menos mal que seguimos evolucionando, aunque cueste.

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