Córdoba, Opinión, Sevilla, Sin ánimo de ofender

De comparaciones, orgullos y aceptaciones

Una nueva conversación.

— … sí, claro. Sin duda el hecho de que el encargo en cuestión provenga de tu propia tierra te da una perspectiva distinta y lo tratas de forma diferente a como lo tratarías si no lo fuera.

Comenzábamos recordando los distintos carteles que, a lo largo de este año, han ido suscitando las críticas – unas veces mejores que otras – de las comunidades cofrades a lo largo del territorio andaluz.

— Por supuesto. Yo no te digo que, en lo que a nuestra parte se refiere, el trabajo estuviese mal, ni muchísimo menos. Pero bajo mi punto de vista, se nota cuándo existe esa relación especial entre el artífice y su obra. Cuando algo se conoce en profundidad, se sabe bien lo que se está haciendo y eres capaz de plasmar símbolos que van más allá de una esmerada documentación y que, fácilmente, podrían pasar desapercibido y escapar ante los ojos de cualquier persona ajena a lo que se vive y se siente en un determinado lugar.

Las comparaciones surgen así una vez más de forma casi inevitable

— También ocurre que, lo que tú ves, no es otra cosa que la diferencia entre el espíritu de una parte y el otro… la forma de defender una tradición y otra, el carácter. Y, una vez más, si la vecina tuviera tantas y tantas cosas que nosotros sí tenemos, serían conocidas y alabadas sí o sí.

— Bueno, si entramos en la defensa que cada uno hace de lo suyo no hay debate, desde luego. Pero hay que reconocer que, en ciertos casos, la defensa tiene más mérito que lo que realmente se defiende, que una buena parte del todo es el nombre y el renombre. Cría fama y échate a dormir.

— También influye la antigüedad, eso es indiscutible… y eso es lo que no todo el mundo sabe valorar.

— Eso hay que pensarlo. Cuando te detienes a observar algo, más allá de cómo sea ese algo y conociendo esa antigüedad, con poco que lo tengas en cuenta, uno puede perderse pensando en la cantidad de personas que, a lo largo del tiempo, han estado ante sus mismos ojos antes que tú. De cuántos períodos históricos ha sido testigo mudo, a cuántas vicisitudes ha sobrevivido y cuánta gente se ha abstraído admirándolo y rezándole. Todo eso, mucho antes que tú…

Y, aunque los tres éramos conscientes de la importancia y lo imponente del peso histórico, del vínculo que uno desarrolla en relación con lo que de cerca le toca y de la aceptación del carácter de cada cual como sello propio – sin que la evolución y el deseo de prosperidad sea algo excluyente – tampoco teníamos duda de que, en según qué casos, no se le pueden pedir peras al olmo.

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