Enfoque, Opinión, Verde Esperanza

De lo estético a lo espiritual

A los cofrades en general nos persigue habitualmente un estigma muy reconocible. Estigma que, siendo honestos, nos hemos ganado a pulso. Consiste básicamente en la asociación inmediata entre el concepto de cofrade y aquel término tan manido de “postureo”. Poniendo negro sobre blanco, significa la creencia de que los cofrades sólo somos cristianos –más que nadie, de hecho- cuando se acerca Semana Santa y nos enfundamos el traje de chaqueta para asistir a los actos previos a los siete días de la Pasión, o un costal o antifaz para salir a realizar estación de penitencia a la calle.

Decía anteriormente que nos hemos ganado la lacra que supone portar este estigma a pulso. Y es que un problema generalizado de las Hermandades es que una vez finalizada la estación de penitencia correspondiente, la gente desaparece como si de un truco de magia se tratase, para volver a sacar el conejo de la chistera en cuanto de comienzo la cuaresma, y el incienso denote que queda poco tiempo para que la cruz de guía se plante en la calle en Semana Santa. Es una problemática generalizada en todos los lugares en los que hay Hermandades. Los cofrades, en conclusión, somos muy dados a ensimismarnos de tal manera con la desbordante belleza de la Semana Santa tal y como la entendemos nosotros, que caemos en el error de obviar todo lo demás. En una equivocación tan clara como entendible. ¿Quién no gusta de escuchar marchas o pregones? ¿Quién no sueña con enfundirse el costal y la faja o el anfitaz y capirote para acompañar a sus amados titulares en Semana Santa? ¿Quién no se deleita reviviendo chicotás magníficas a través de vídeos? Yo, como no podía ser de otra manera, me declaro “culpable” de todos los cargos.

La Semana Santa posee una belleza estética en forma de vistosidad de desfiles procesionales, contando con un arraigo sociocultural importantísimo, que la convierte, en opinión de quien les escribe, en una de las principales puertas a la Iglesia en la actualidad. El cofrade, obnubilado por ese embrujo que colma de gracia todos sus sentidos, tiende por ello a poner la espiritualidad de una Hermandad en segundo plano. Este fenómeno sería el equivalente a visualizar un edificio con una fachada esplendorosa, repleta de oro y plata, de rosas y claveles y de ornamentación artesanal de máxima calidad, así como de una atractiva música, que invita a casi cualquier viandante a detenerse en esa belleza estética, incluso a entrar al edificio. He ahí el principal problema de la cuestión, el interior. Y es que cuando olvidamos que detrás del derroche artístico de un desfile procesional en la calle hay algo más, estamos cometiendo el mismo error que aquellos que adoraban al becerro de oro en lugar de a Dios. Que la corneta y el tambor, el plateado y el bordado, la chicotá de ensueño y el racheo costalero no son más que elementos para engrandecer a Dios, y no a los hombres, y para atraer al público a través de la humanización de la divinidad a través de la bendita madera. Que el sentido de poner una Cofradía en la calle no es otro que dar catequesis pública de fe bajo el manto de la estética y la tradición. Que ser cofrade implica, por definición, ser cristianos, adoptando una visión de cómo afrontar las situaciones de la vida de unas formas bien determinadas. Y que estas formas sólo pueden ser conocidas y perfeccionadas a través del amor incondicional a Jesús y su doctrina, la Eucaristía y la Palabra.

Las Cofradías, a través de todos sus miembros, hemos de ser puerta a la Iglesia. Puertas que han de ser sólo en elemento ornamental sin contenido, sino que al cruzarlas el interior esté, como mínimo, a la altura del exterior. Hermandades repletas de amor, fe y esperanza cristianas, que inviten a la gente tanto a entrar como a quedarse en ellas, deleitados tanto por la belleza incontestable del continente -la estación de penitencia y todo lo que la envuelve-, como por la riqueza espiritual que ofrece el contenido. Como decía, ser cofrade implica una forma de vida determinada, bellísima a mi parecer. Repleta de compromiso, sacrificio y verdadera hermandad entre sus componentes. Donde todo el mundo es importante, cada uno en una función, formando un engranaje que se complementa a la perfección para dar como resultado esa plasticidad absoluta y cristiana en la calle.

Muchas veces, los árboles del atractivo folclore cofrade no nos dejan a los cofrades ver la belleza radiante del bosque. La clave se encuentra en saber disfrutar de la Semana Santa como deleite para los sentidos, sin olvidar que lo importante de toda esa magnífica fachada es lo que se encuentra en su interior: Dios.

Artículo escrito para el Boletín de la Hermandad de la Salud y la Estrella de Cáceres

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