Córdoba, Opinión, Sin ánimo de ofender

El lado bueno de las cosas

Tras unos días de intensa actividad que ya va tocando a su fin, concentrada exclusivamente en el recinto ferial “El Arenal” y alrededores, no son pocos los que a estas alturas ya dan por concluido el célebre y esperado mayo cordobés que tanto turismo es capaz de arrastrar, atrayéndolo con sus tradiciones y particular colorido a los que se suma el encanto natural de la ciudad en la que tenemos la suerte de vivir.

Cierto es que, como sucede cada año, el mes que ya comienza a despedirse hasta el año que viene ha dejado a su paso una multiplicidad de anécdotas y noticias enfocadas al lado menos amable y representativo del auténtico espíritu de las fiestas a las que al menos un sector, en su orgullo y profundo convencimiento, se afana en proteger, para que perduren en el tiempo con el fondo con el que fueran concebidas en su día, introduciendo únicamente los cambios que sean sinónimos de evolución y no de distorsión ni de degeneración.

Mayo arrancaba con un cartel que fue de todo menos alabado y al que hoy por hoy no hay que seguir poniéndole más pegas que la que ya de por sí la propia obra representa. Las Cruces de Mayo se presentaban a ratos pasadas por agua y con algunos con la tensión añadida y las orejas tiesas ante la amenaza de las multas que ya se vaticinaban. Y la feria, por su parte, llegaba como siempre, con un barrio anulado para el tráfico ordinario y las lamentables escenas que todos en algún momento nos hemos visto obligados a presenciar e incluso a huir de ellas sin mirar atrás.

Sin embargo, como todo depende del cristal con que se mire y es justicia decirlo todo, la primera fiesta del mes cordobés por excelencia dejó a su paso unas bellísimas estampas – nubarrones incluidos – para el recuerdo y el ambiente típico de esas Cruces de Mayo, ubicadas en esos enclaves privilegiados en los que familias y amigos se reúnen para comer y hasta para bailar sevillanas. Los patios no se hacían mucho de rogar tras ellas, abriendo sus puertas para descubrir un pedacito del alma de Córdoba, volviendo a asombrar con sus paisajes costumbristas, cargados de color y belleza, a propios y extraños.

También en estos 31 días ha quedado espacio para las procesiones que nos recuerdan que el mayo cordobés es también el mes de María y que han hecho de puente entre patios feria con las salidas tradicionales como la de la Reina de los Ángeles y otras como la de la Virgen de los Remedios que, aunque llenas del sabor de tiempos pasados por su añeja devoción, suscitaban el interés del colectivo cofrade.

Aparecía al fin la feria de Nuestra Señora de la Salud que, aunque a veces nos cueste verlo por culpa de esos momentos que acaban por empañar otros, a menudo ocupando portadas y titulares, se presentaba con un sol de justicia alumbrando las mañanas en las que muchos han acudido subidos en carruajes o montados a caballos, vestidos de corto o bien de flamenca para pasearse por las calles del Arenal entre baile y baile, dejando una infinidad de hermosas instantáneas con las que terminar consolándose una vez más al comprobar que, después de todo, el cartel anunciador del mes que se nos escapa era, en efecto, un despropósito que poco tiene que ver con la realidad y la esencia que otros carteles mucho más antiguos sí fueron capaces de retratar.

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