Córdoba, Doñana, El Cirineo, Opinión

El reflejo de mis sueños

Volvimos a desandar los caminos buscando tu sonrisa de Madre imperecedera. Sumergidos en nuestros pensamientos fuimos descontando distancia con el eco inconfundible de los versos que otros te dedicaron y se convirtieron en el himno del pueblo cada primavera por obra y gracia de un pentagrama. Al alcanzar tu reino, nuestras botas se bautizaron como cada año con la arena sagrada que pisaron nuestros mayores en el preciso instante en que nuestros corazones volvieron a latir al son de los tamboriles ancestrales y los cohetes que anunciaban la presencia de la carne de tu carne en el altar que cada Pentecostés convierte la calle en catedral de arena, de fe y gentío. Comunión masiva para escarnio de los que se empeñan en menospreciar entre cultos vacíos aquello que no conocen y oraciones hechas canción para mayor gloria de tu Nombre, porque quien canta reza dos veces, por mucho que algunos jamás lleguen a comprenderlo.

Fue entonces cuando buscamos tu reja. Allí estabas. como siempre, porque así son las cosas del cielo, eternas, imperturbables al acontecer mundano. Tu presencia inundaba de luz el santuario y una marea de almas peregrinas se arrimaban al ascua de tu sonrisa para satisfacer la ansiedad del camino rutinario sediento de tu orilla. Me miraste a los ojos y hablamos bajito de nuestras cosas, de la lucha cotidiana y de los que no habían venido y tantas ganas tienes de tener bajo tu manto. No quise robarte más minutos… eran tantos los corazones que precisaban de tu aliento, que desterré mi egoísmo para compartirte con ellos. Una vela por los míos y un paréntesis para acumular las fuerzas para el ocaso.

La tarde se fue desdibujando paulatinamente, convirtiéndose en preámbulo de la madrugada de mis sueños. Mis pisadas me condujeron a la Plaza de Doñana, donde la noche se había transformado en un hervidero de fe que bullía al son del rosario recitado en medio de un universo de manos agarradas a medallas y de miradas apuntando al cielo como queriendo reclamar la atención de los Ángeles y advertirles que su Señora, la Reina de las marismas, la Blanca Paloma por obra y gracia de la tercera persona, estaba a punto de derramar su Rocío a los miles de centinelas que aguardaban que la aldea se volviese a convertir en paraíso.

Se fueron desgranando velas, oraciones y simpecaos con el destino de tus pupilas que brillaban por la emoción de una Madre que vuelve a tener a sus hijos en casa y por el orgullo y la alegría de sentir el amor verdadero acariciando sus mejillas.

Lentamente, el rumor y la pleamar fue mutando en oleaje, casi tempestad… hasta que ocurrió lo que siempre sucede cuando Tú lo decides. Decenas de corazones saltaron a por Ti, con la fuerza de la fe que solamente comprenden los que así lo han experimentado y vivido… y a hombros de tus hijos almonteños, otro Pentecostés comenzó a ocupar su lugar de privilegio en el joyero inmortal de nuestros recuerdos atesorados.

En unos pocos minutos, entre el caos ordenado que converge en tu ribera, imposible de explicar y sencillo de entender, la marea te acercó a los miles de espíritus que precisaban el maná de tu esencia para alimentar su sentimiento de la Verdad absoluta. Te acercaste al pocito y a la marisma y buscaste la casa de Huévar para comenzar a devolver visita a todos y cada uno de tus hijos, los que siempre te rezan y los que estaban por vez primera, los que te rinden pleitesía por herencia de sus antepasados y los que remuneran los favores recibidos… uno por uno fuiste derramando tu gracia en un peregrinar de horas que parecieron instantes… Villamanrique, Pilas, Coria, La Puebla, Triana… y el universo entero convertido en rociero por mandato del mismo Dios…

Cuando fuiste a ver a tus camaristas, la ansiedad comenzó a arremolinarse alrededor del simpecao de Julio Romero. Estabas tan cerca y al mismo tiempo tan lejos que la distancia pareció insalvable por un segundo… Poquito a poco, como el sol despuntando en el firmamento fuiste amortiguando los metros que nos separaban, hasta que sucedió una vez más. Fueron unos minutos que parecieron infinitos, todo un pueblo se rindió a tu grandeza y Tú te ofreciste como siempre, generosamente perpetua, mirándonos a la cara y reconfortando nuestras entrañas tan necesitadas de tu consuelo. Nos colmaste de Rocío del Cielo y el mundo se detuvo un instante… solamente un instante mientras el brillo de mi mirada desdibujaba tus pupilas… hasta que regresó la ausencia… y debiste marchar y seguir recorriendo sonrisas y oraciones por las calles de la utopía alcanzada.

Al ver cómo te alejabas de mi, no pude evitar un atisbo de angustia y soledad y pensar en los que no estaban y estarán y en los años que me quedan de sentirte entre nubes de polvo, oraciones, sudor y lágrimas… y en si algún día mereceré tu mirada cuando me llegue la hora de buscar las marismas eternas…

Regresamos a casa con el corazón inmaculado y el alma engalanada de tu perfume, y comenzamos a descontar mentalmente las fechas del calendario para tenerte a nuestro lado una nueva primavera… porque si Tú lo quieres, Madre Mía del Rocío, serás siempre el remedio perenne de mis males, el sosiego de mi alma atrincherada, la coraza de mis desvelos y el reflejo de mis sueños… para siempre…

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