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Sevilla

El sabor de los barrios

Salir esta mañana de domingo sin pretensiones, solo para contemplar algunas de las procesiones eucarísticas más notables de las que tienen lugar en la ciudad. En una época donde la poca afluencia de público se ha erigido como temas más comentados, nos topamos con tres procesiones que hacen las delicias de los paladares más selectos y que tendrían que ser ejemplo para la que recorre el centro de Sevilla en uno de esos tres jueves del año que relucen más que el sol. Aunque cada uno de ellos con su propio idiosincrasia, no deja de sorprendernos cada año la atmósfera que rodea a las procesiones eucarísticas de la Magdalena, Triana o San Isidoro.

Elegancia en el primero de ellos que podría considerarse como exquisito desde el principio del recorrido hasta el final, donde las hermandades de la feligresía se vuelcan en la decoración de altares mostrando auténticas joyas que sorprenden a quienes se acercan y donde todo es de máxima calidad, desde la imagen de Dulce Nombre de Jesús impartiendo la bendición ― conjunción perfecta con los sones de Tejera tras el paso ― hasta la Custodia, sin olvidar la Inmaculada, atribuida a Benito Hita y Castillo. Sin embargo algunas aceras estaban prácticamente vacías.

Distinto pero con un sello que imprime una impronta única y popular, al otro lado del río, donde el viejo arrabal ha vivido uno de sus días grandes, con unas altas temperaturas que han padecido sobre todo los más pequeños. Una procesión que comenzó dando evangelio por las calles un cuarto de hora antes de lo previsto, intentando así que se recogiera antes de que el sol apretara con más fuerza ― a las once y media el mercurio ascendía hasta los 39° ―. Mantones, sábanas y balcones adornados con mimo dibujaban un mosaico tejido al amanecer gracias al tesón y esfuerzo de los vecinos.

Y, por último, San Isidoro, que se afianza cada año y se convierte en una recogida procesión por el centro de la ciudad donde la medida lo hace sobresaliente a la par que refinado. Delicadeza por ejemplo en su transcurrir con ese sabor de la Costanilla que le otorga un carácter regio y digno de alabanzas, aunque no se pudo disfrutar como otros años porque, debido al calor, recortó alrededor de hora y media su recorrido, ― entró a la una de la tarde ―, algo que también hicieron otras, como San Gil, que cruzaba el dintel de su parroquia treinta minutos antes del horario establecido, dejando imágenes para el recuerdo, como el santo sobre las andas de la Resurrección o el Santísimo Sacramento en las del viacrucis del Señor de la Sentencia. También en el Tiro de Línea, Santa Genoveva decidía recortar su recorrido.

Se trata de procesiones ― centrándonos en las tres que hemos podido visitar ― que, a pesar de tener bastantes diferencias entre ellas, cada una con un sabor propio que las hace distintas, han sabido encontrar en la medida, el camino de una exquisita configuración que las hace únicas. Cortejos nada masificados que el público que acude a su encuentro agradece, con representaciones que no se eternizan llenas de una ingente cantidad de personas pertenecientes a un mismo eslabón que es esa cadena humana que dibuja tras de sí hileras de cera.

Durante estos días se han podido escuchar y leer opiniones en diversos foros sobre la comparación de lo que ha sido este año el Corpus en Sevilla y cómo lo viven otras ciudades como Toledo o Granada. No hay que irse tan lejos para saber qué falla en la procesión que se celebró el último jueves de mayo para darnos cuenta de dónde se encuentran aquellas deficiencias que cada año resurgen para ahondar más en los “contras” que tiene la mencionada celebración que para intentar reflotarla. Mucho más cerca, en Triana, en la Magdalena o en San Isidoro, encontramos hermandades que han sabido crear un ambiente acorde donde comulgue el público con la espera y la hermandad con su gente. No es necesario buscar más allá, porque cerca tenemos algunos ejemplos de los que podríamos aprender. Basta con ver las caras de cansancio esperando la portentosa custodia que asoma a las puertas del templo metropolitano con las que había, por ejemplo, en el Altozano esperando el Corpus “Chico”, nos damos cuenta de que hay algo que ya es hora de cambiar. Más allá de querer fomentar la colocación de altares y la participación de balcones y escaparates, hay que pensar en el pueblo, que es quien mantiene vivo estas tradiciones. De nada servirían calles llenas de alfombras y obras de arte efímeras si las aceras están desiertas. Nada tendría menos sentido que el vacío arropando a Dios cuando este abandona los sagrarios para mostrarnos la única certeza de nuestras vidas.

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