Córdoba, El Cirineo, Opinión

Funambulismo cofrade

Los hechos se empecinan una vez tras otra en demostrar que no hay nada más nocivo para ganar unas elecciones que decir la verdad, que presentarse con toda honestidad ante los electores. Ocurre en todos los procesos electorales que se producen en todos los órdenes de la vida, también en las cofradías. Hay muchos casos que llevarse a la boca para ilustrar esta teoría que se demuestra cada vez que el calendario electoral nos da la oportunidad de constatarlo. Como se demuestra que no hay nada mejor para ganarlas que decirle a los potenciales votantes exactamente aquellos que quieren escuchar, es decir prometer lo imposible. O en su caso no decir aquello que se tiene pensado hacer pero que se sabe positivamente que mencionarlo puede restar el deseado apoyo de las masas. Decir la verdad o que lo que se prometa pueda penalizar el futuro de la entidad que se aspira a gobernar, eso carece de importancia. Lo esencial es darle un caramelo al pueblo y si lo pueden ir saboreando despacito mejor que mejor.

Sin ir más lejos, en los últimos tiempos hemos tenido buenos ejemplos que certifican esta premisa. Sé de un líder de masas que, acompañado de su segundo de a bordo, ese que no tiene ni la más remota idea de lo que lleva entre manos, que está donde está por su cartera y utiliza el boletín corporativo para amenazar, estuvieron recorriendo “sus dependencias” y las anexas con vistas a hipotecar el futuro de la entidad que circunstancialmente (que nadie lo olvide) les ha tocado desgobernar. Porque además de los que engañan y los que ocultan la verdad, están los descerebrados que prometen la luna y están dispuestos a comprarla, total, el dinero no es suyo… olvidando que hipotecar es penalizar económicamente el futuro de una institución pero también lo es construir un futuro sobre unos cimientos que no te pertenecen. Carísimo caramelo para la mejilla derecha que unido al también carísimo para la izquierda, suponen un gasto estratosférico derivado de acometer dos empresas faraónicas difícilmente entendibles en los tiempos de penuria económica en los que todavía habitamos, miembros de la corporación en grave situación incluidos.

Todas estas razones no fueron suficientes para que quienes tuvieron que depositar el voto levantasen la voz imprimiendo una dosis de sensatez que era extremadamente necesaria y que sin embargo volvió a brillar por su ausencia, como ocurre siempre en los procesos electorales. En aquél momento, que ahora parece tan lejano y oculta tras la parafernalia barata con la que ocultan sus desmanes, hubo quien contó la verdad de lo que se podía y lo que no y hubo quien aseguró que se podía hacer crecer un jardín en medio del desierto. El resto de la historia es sobradamente conocida por muchos y el resto seguramente intuyan el resultado. Si usted quiere ganar unas elecciones prometa, prometa sin medida, aunque sepa que no cumplirá lo prometido o mucho peor, que en caso de cumplirlo hipotecará económica, logística o socialmente a la entidad que desea con todas sus fuerzas dirigir… aunque sea hacia el abismo. Un abismo exornado de una nube infinita de pétalos de rosa y envuelto en el más vergonzoso de los aromas a incienso, el que proviene de aquellos a quienes les importa un pito que efectivamente la caída al abismo acabe consumándose.

Y es que, como les decía, lo de ser honesto cotiza claramente a la baja. Probablemente nunca fue de otro modo, pero en los últimos tiempos esta realidad se reproduce de manera particularmente acusada. Ha habido una hermandad de Córdoba cuya Junta de Gobierno, ante la tesitura de comportarse de manera democrática y con la honestidad por delante, otorgándole a su Asamblea de Hermanos la potestad que debería corresponderles como máximo órgano de decisión de la entidad, ha hurtado a quienes deberían haber tenido la posibilidad de decidir la posibiliad de hacerlo, más allá de lo que puedan establecer las reglas corporativas. Por contra, otra sí ha obrado con honestidad con sus hermanos concediéndoles la última palabra. ¿Y saben lo que ha ocurrido? Pues que el voto de la Asamblea ha sido exactamente el contrario que el que deseaban la mayor parte de los dirigentes de la hermandad evidenciando nuevamente que ser honesto se penaliza.

Como les decía, otra muestra más de lo que les cuento ocurre cuando uno promete lo que sabe que no puede cumplir. Imaginen una entidad cuya situación económica no pasa por el mejor momento de su historia. Imaginen que esa hermandad celebra elecciones al cargo de hermano mayor. Imaginen que concurren dos candidatos uno de los cuales pone de manifiesto con absoluta franqueza y traslada a sus hermanos la imposibilidad práctica de acometer mejoras patrimoniales considerando la cruenta realidad económica de la corporación. En frente, el otro candidato, consciente igualmente de la situación a la que se enfrenta la hermandad, lejos de situarse en el mismo punto que su rival, promete que se sentarán las bases para que las mejoras patrimoniales en la entidad se puedan plantear de salir elegido. Es decir, no dice que se vayan a acometer ni todo lo contrario, sino que se sentarán las bases para que se puedan plantear; todo un ejercicio de funambulismo dialéctico. Ni digo que lo voy a hacer ni tampoco que no, sino que ya se estudiará, pero no se cierra de entrada dejando claro que con la situación actual es una empresa imposible.

Imaginen que además se añade una variable más a la ecuación adelantando que se buscarán fuentes alternativas de financiación, eso sí, sin aclarar el origen de esas fuentes ni qué habrá que dar en su caso a cambio. Imaginen todo esto y luego respóndanse a sí mismos, ¿qué candidato ganaría estas hipotéticas elecciones? Si se responden, como yo, que el segundo de los contendientes en liza, convendrán conmigo en que algo ocurre en nuestras hermandades que o bien están plagadas de sujetos a los que es sumamente sencillo de manipular o en su defecto a los que no les importa un pimiento si les están diciendo la verdad, si les están ocultando parte de la realidad o el destino que sufra la corporación que presuntamente adoran.

Apliquen el mismo ejemplo a la siempre controvertida decisión de mantener o cambiar a los capataces de la cofradía. Ante esta posibilidad, el primer candidato se expresará con absoluta franqueza precisando si tiene la intención de mantenerlos o en su caso de sustituirlos. El segundo sencillamente no responderá, sobrevolará sobre el asunto sabedor de que si se manifiesta de manera contundente podría perder votos que decanten en su caso la ajustada balanza en un sentido u otro. Y al día siguiente se cargará a los capataces si así lo tenía pensado desde el principio. Vuelvan a responderse; ¿Qué candidato tendrá más opciones de vencer? Recuerden que para el segundo de los postulantes es tan fácil como decir frases del calibre de “mi idea es mantenerlos”, o “no entra en mis planes cambiar las cosas” y luego alegar que las circunstancias le han hecho tomar una decisión que no descartó rotundamente en ningún momento. Y si hace falta echar la culpa a su junta “y a mí que me registren”, pues se hace. Ya saben que “el fin justifica los medios”. Si una vez más, se han respondido lo mismo que yo, el segundo, volverán a coincidir conmigo en que la conclusión es extremadamente sencilla a la par que descorazonadora. La honestidad, la sinceridad, la franqueza se paga. Lo que da puntos es nadar permanentemente a favor de corriente, en el mar de los grises sin mojarse jamás. Por eso yo jamás podría optar a ser hermano mayor, ni siquiera presidente de una asociación de vecinos. Por cierto, que tome buena nota Susana Díaz, porque Pedro pasa por ser todo un experto en estas cuestiones, y a este no le va a temblar el pulso cuando tenga que cepillarse a sus capataces. El que avisa no es traidor.

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