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Córdoba, El Rincón de la Memoria, Enfoque, Opinión

Globalización Cofrade

A veces uno se para a pensar y cae en la cuenta de que el tiempo fluye inexorablemente y se van cumpliendo primaveras. La adolescencia deja paso a la juventud y ésta a la madurez. Se es plenamente consciente de ello cuando observamos que aquellos que eran nuestros ídolos van desapareciendo.

Hablando de cofradías sucede exactamente lo mismo. Uno comprende que es de otra generación cuando recuerda cosas que sus interlocutores no. Cuando los que ya tenemos cierta edad hablamos del pasado con otros cofrades más jóvenes, sobre todo si no superan la treintena, nos damos cuenta de que muchos no son conscientes del lugar del que venimos. Y esto es fundamental por dos cosas, para saber hacia dónde vamos y para valorar en su justa medida la realidad actual de nuestra Semana Santa, con sus luces y con sus sombras.

La metamorfosis que ha sufrido el Universo Cofrade en nuestra ciudad es impresionante. Hace unas décadas, por increíble que a los más jóvenes les pueda parecer, muchas cofradías llevaban bandas en la Cruz de Guía y en el paso de palio, pero no en el del Señor, como sucedía con Humildad y Paciencia. No hace tanto tiempo que en algunas cofradías, cuando el primero de los pasos llegaba a las inmediaciones de su templo, esperaba la llevada de la Virgen, y ambos pasos hacían lo que aún hoy en algunos sitios llaman “el encuentro”.

Los pasos carecían de llamador, proliferaban las ruedas por doquier, capataces vestidos de nazareno, aunque con esclavina y sin capirote… Nuestra Señora de la Paz y Esperanza al llegar al final de la Carrera Oficial, en lo hoy es el Bulevar del Gran Capitán, se detenía… y los militares que la acompañaban hacían una parada militar para rendirle honores… era frecuente que los nazarenos de hermandades de capa (sin capa, como lamentablemente aún sucede con algunos cortejos) llevasen el cirio en la cadera, como penitentes de hermandades de negro…

Yo he visto pasando casi sin público al Remedio de Ánimas por la calle Concepción, o el Nazareno por Colón, o al Prendimiento por Alfaros… hoy es impensable ver cofradías sin la bulla que las acompaña por cualquiera de las calles que pisan. Creo sinceramente que es muy positivo ser consciente de que todo esto sucedía, no ya en los años 50, sino en los 70 y los 80.

Los medios de comunicación han sido en gran medida responsables de estos cambios. La televisión primero e internet después, han puesto al alcance de todos lo que antes estaba aproximadamente a 150 km de distancia. Estamos viviendo una auténtica globalización cofrade, con lo positivo y lo negativo que eso conlleva. Hemos desterrado muchos usos que nada tienen que ver con la estética que desea la mayoría del pueblo cofrade -he dicho pueblo cofrade, no pueblo en general-. Evolución positiva que se ha materializado en la práctica desaparición de muchos elementos desechables, como los ciriales cubiertos o los ya mencionados encuentros y ruedas.

Sin embargo, ahora más que nunca, es cuando los cofrades debemos extremar la precaución y saber dónde debe establecerse el límite. En caso contrario corremos el riesgo de la uniformización, la copia por la copia y el destierro de lo realmente autóctono, como está sucediendo con los horquilleros en Cádiz. Quizá el quid de la cuestión esté en lograr descubrir qué es lo realmente propio de Córdoba, si es que existe algo, porque muchas de las cosas que creemos que lo son, las encontramos en los cuatro puntos cardinales en cuanto profundizamos un poco; y en alcanzar la virtud del punto de equilibrio entre la conservación de las costumbres realmente nuestras y lo que interesa al público, que es a quien, no nos engañemos, debemos dirigir nuestras miradas -como hemos dicho en artículos anteriores, el objetivo de todo esto es catequizar y para ello tenemos que captar la atención- separando lo original y valioso de lo prescindible.

Situemos en el centro de todo lo que olvidamos sistemáticamente. Nos hemos dedicado a observar y reproducir lo más llamativo, lo más atractivo, lo que está en la superficie… los bordados, la música, las flores, la forma de andar…, olvidando para qué salimos a la calle cada luna de Nisán, y que la diversidad es riqueza y lo singular y específico señal de distinción, banalizando todo lo que rodea al movimiento cofrade.

Importamos lo externo, lo que más brilla y olvidamos la formación, la caridad y la evangelización, lo que de verdad importa. Privamos a nuestros cultos de la importancia que tienen; un magnífico pregonero de la Semana Santa de Sevilla, dijo una vez que cuando las cofradías seamos conscientes de que el día más importante del año no es el de salida sino el de la Fiesta de Regla, dejarán de hacerse tantas tonterías cuando la climatología aconseja no poner una Cruz de Guía en la calle.

Descubramos que decir que las hermandades se viven todo el año no es estar escuchando marchas o viendo vídeos de la Campana en Navidad. Y borremos de nuestras hermandades lo que jamás debimos importar, las disputas, las divisiones, los comentarios de barras de bar, los cotilleos en las redes sociales, la difusión de vídeos de dirigentes simulando crucificados, de fotos poco afortunadas de quienes acaban de ganar elecciones o de grabaciones vía whatsapp que sólo buscan hacer daño a los nos rodean y hace tiempo dejamos de llamar hermanos de forma sincera.

Centrémonos en limpiar lo que haya que limpiar y en construir, sólo así lograremos que la evolución impresionante que ha experimentado nuestra Semana Santa haya sido para bien.

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