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Halloween ha llegado a las cofradías

Cada año, cuando llega a nuestras vidas esta fiesta pagana anglosajona – o lo que sea – que responde al nombre de Halloween, y que en nuestra tierra no fue nunca más que la víspera de Todos los Santos, en este pequeño rincón de libertad hemos hecho un alegato en defensa de “lo nuestro” – no confundir con Canal Sur que, dicho sea de paso y viendo cómo se las gastan en la TV3 es un dechado de pluralidad –, es decir, de nuestras más íntimas tradiciones, en la creencia de que los cristianos y particularmente los cofrades, compartirían nuestra opinión. Es verdad que esta fiesta, al menos en Andalucía, no deja de ser más que un pequeño carnaval que solamente dura un día, y que sirve fundamentalmente para que los niños se disfracen de vampiro u hombre lobo en lugar de Batman o Spiderman, como lo es que, para sorpresa de propios y extraños, el “rollo Familia Adams” va calando en los grupos sociales más insospechados.

Solo hay que darse una vuelta estos días por las redes sociales para ser consciente de hasta qué punto, toda la parafernalia asociada a esta “diabólica” fiesta – apréciese la ironía –, esta estética “crepuscular”, se ha abierto hueco en el imaginario colectivo de los sectores presuntamente menos proclives a que así sea. Revisen, con toda la paciencia del mundo, como algunos vestidores, presuntos aprendices de artista sublime y perpetradores de espantos varios, han disfrazado a las imágenes marianas que tienen la responsabilidad de vestir. Una responsabilidad que ejercen con toda la irresponsabilidad de la que son capaces y que les permiten las respectivas juntas de gobierno que, carentes de personas con el más mínimo criterio artístico para discernir entre lo correcto y la barbaridad más bárbara, como decía Miliki, ese gran filósofo de nuestra infancia, permiten barrabasadas que solamente son explicables si quienes las ejecutan – nunca mejor dicho – han consumido previamente alguna sustancia alucinógena.

Estoy convencido, bromas aparte, de que los “autores” de las “creaciones” que ilustran este artículo no se han tomado nada de nada, lo aclaro para que nadie pierda el tiempo en consultar con un abogado. Y eso lo hace mucho más triste, porque demuestra que, al igual que ocurre con muchas otros “artistas” que dañan la vista en estas fechas – incluso a lo largo del año -, mezclando, en una suerte de fusión cósmica, creatividad, imaginación y cachondeo, en un bucle perfectamente demencial, cuya incidencia presenta una alarmante y creciente progresión geométrica en los últimos años, las personas que han perpetrado semejantes “cosas”, al parecer no tienen ni la más remota idea de lo que supone vestir a una imagen sagrada, a la Madre de Dios – y si lo saben, lo disimulan perfectamente – y que su única motivación es llamar la atención, “hacer algo nuevo”, “innovar” diría un snob… lo que viene siendo cometer un atentado estético en toda regla que debería estar penado por la ley. Y no me vengan con que le falto el respeto a la imagen. Quien se lo está faltando son quienes la visten de semejante modo y quienes lo permiten. Si algunas de estas escenas fuesen portada de Mongolia, la liaríamos parda.

La cuestión es que, con la excusa de que ha llegado el mes de los difuntos, en los últimos años se multiplican escenas que están mucho más cercanas a una fiesta de Halloween que a un templo cristiano. Velos tapando caras, manos dispuestas de manera imposible, tocados indefinibles… configurando escenas “chocantes” – por decirlo de un modo fino –, haciendo gala de un tenebrismo muy kitsch, cuanto más pretencioso y tétrico mejor, olvidando que se trata de vestir a la Virgen de luto, no de fantoche – ¿para cuando una calabaza? – y obviando que, como bien dice mi admirado Julio Dominguez Arjona, del que les hablo de vez en cuando, en cofradías está todo inventado y algunos siguen sin querer enterarse.

Afortunadamente, siempre nos quedarán los grandes vestidores, me permitirán que no dé nombres en esta ocasión, entre otras cosas porque no hace falta, seguro que la gran mayoría de los lectores los tienen perfectamente presentes. Los que no experimentan con una imagen devocional ni juegan a las muñecas. Los que no utilizan a la Virgen como si fuese un burdo maniquí para parir un modelo al estilo de Dolce y Gabbana o de la Ágata Ruiz de la Prada más fúnebre del mundo mundial. Los que embelesan los sentidos con cada nueva creación efímera, basando su arte en conceptos clásicos sin necesidad de recurrir a fuegos de artificio que sólo aplauden los que reducen el “hecho cofrade” a una mera manifestación estética y cultural, olvidando o negando su dimensión trascendental. Es algo así como lo que ocurre con la cartelería; están quienes ejercen esta rama de la pintura religiosa, y quienes se pasan la vida haciendo collages y produciendo marketing en lugar de arte.

La diferencia es que una cosa es realizar “pruebas de laboratorio” sobre un lienzo y otra muy distinta, utilizar como conejillo de indias a una imagen devocional bendecida, una representación de la divinidad, de la Madre de Dios. Esto son palabras mayores, y más allá de que determinadas “creaciones” puedan ser objeto de mayor o menor choteo, rankings incluidos, bien haríamos en tomarnos muy en serio la deriva en la que hace años que hemos entrado. Hay cosas que sencillamente no son admisibles, y si los presuntos “artistas” que perpetran semejantes burradas no tienen el más mínimo reparo en reducir una imagen religiosa a la categoría de NancyBarbie para los más jóvenes – alguien debe poner pie en pared de manera urgente.

Deberían ser las juntas de gobierno, claro, pero para eso, uno o varios de sus integrantes deberían estar dotados de unos mínimos conocimientos artísticos y estéticos para ser capaces de distinguir entre el polvo y la paja, y no permitir que estos personajillos que juegan a ser Picasso y no alcanzan a ser ni “Manolo” ni “Benito”, conviertan nuestras iglesias en una ridícula y vulgar fiesta de Halloween. Y si las juntas son incapaces de ejercer esta labor de control, que alguna autoridad eclesiástica tome cartas en el asunto para, no ya limitar, sino erradicar determinas escenas cochambrosas y acojonantes – desde el punto de vista de la carcajada y del gore – que asolan al universo cofrade en los últimos años, por obra y gracia de una panda de iluminados que deberían estar en su puñetera casa.

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