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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

La dictadura de los necios

Hay cosas que uno jamás llego a pensar que podría presenciar, sucesos que sorprenderían al más retorcido de los guionistas de Hollywood, movimientos generadores de potenciales noticias que harían las delicias de todos aquellos que sistemáticamente rebuscan basura alrededor o en las mismísimas entrañas de todo lo que huele a incienso para dañar al universo cofrade aireando sus miserias y minimizando sus logros.

Algunos comportamientos, que rayan en lo mafioso, se producen lamentablemente en el seno de alguna de nuestras cofradías, que se hallan en manos, sucias generalmente, de un puñado de personajillos. Lo más triste, lo más repugnante, lo más sangrante, es que algunos de los dirigentes que sobre sus hombros tienen la responsabilidad de guiar los destinos de algunas corporaciones, lejos de poner los medios para atajar el problema, impidiendo que el cáncer se extienda, amputando si es preciso donde haya que amputar, dedican su presuntamente precioso tiempo en construir un castillo de naipes en forma de judicialización de nuestra realidad cofrade, intentando matar al mensajero que denuncia los excesos que ciertos individuos llevan años perpetrando en el interior de algunas de nuestras hermandades, que siguen siéndolo porque así se denominan en sus reglas y no porque funcionen como auténticas hermandades, habida cuenta de que el amor fraternal hace años que fue expulsado de su seno.

Pensará ingenuamente más de un dirigente que las amenazas surtirán efecto. Nada más lejos de la realidad. Cuando la verdad, la honradez y la honorabilidad son la bandera inexcusable de quien pregona a los cuatro vientos las verdades del barquero, la podredumbre que asola algunas de nuestras cofradías, de nada sirve intentar acabar con la libertad de expresión. Ni siquiera un ridículo e infantil pataleo epistolar, más propio de un alumno de secundaria, sin más base jurídica que el odio visceral latente y la rabieta más pueril.

La realidad es la que es. Hay hermandades cuyos dirigentes hace tiempo que se plegaron al capricho inmoral de un grupo de individuos que maneja algunas cofradías como vergonzosos cortijos. Sujetos que llevan años expulsando literalmente a todo aquél que le molesta de la institución a la que llegaron hace cuatro días y de la que se han apropiado como si de una peña se tratase. Insultos a través del océano incontrolable de las redes sociales, amenazas veladas, advertencias a diestra y siniestra, menosprecios a quienes no piensan como ellos ni toleran sus desmanes… todo vale con tal de imponer la dictadura de los necios acallando toda voz crítica, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Hoy puede ser el turno de quién maneja un martillo, mañana del líder supremo o cualquiera de sus plañideras, ¿quién sabe?. Todo es posible en corporaciones con gobernantes con pies de barro sometidos a la voluntad de quienes realmente mandan, tal vez un grupo perfectamente definido de la Junta de Gobierno o quizá unos cuantos costaleros cuyo poder ha crecido de manera exponencial a costa de destruir todo lo que construyeron generaciones enteras de hermanos que estuvieron ahí mucho antes de que algunos ni siquiera hubiesen nacido.

Cuando este tipo de situaciones se alcanzan, cuando una hermandad se encuentra literalmente muerta, socialmente hablando, no hay forma humana de reavivarla, salvo haciendo una limpia integral. De nada sirven los fuegos artificiales de cara a la galería si el Espíritu agoniza. El tiempo es el juez inmisericorde que a cada cual da su sitio, que nadie lo dude. Algunos que llegaron matando empiezan a notar cómo de afilada está la guillotina. Más tarde serán otros los que caigan, porque San Martín llega, siempre llega. Y cuando se construye un imperio sobre los cadáveres de quienes compartieron el camino, antes o después se recibe la misma medicina. Esto no ha hecho más que comenzar. Para algunos llegará el rechinar de dientes mucho antes de lo que imaginan y otros se sentarán a ver pasar más de un difunto – en sentido figurado, no se me irriten – por las puertas de su paciencia.

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