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Córdoba, El Cirineo, Opinión

La Federación de Asociaciones Vecinales de Córdoba Al-Zahara critica la ocupación de la Judería por parte del Carnaval. Que no, que es broma

Pues eso, que es broma. Que no han dicho ni mu. Como ya es tradición, la Federación de extrema izquierda, que dice representar a la ciudadanía cordobesa y que generalmente no representa a nadie, ha vuelto a cerrar la boca ante la evidente ocupación del casco histórico de Córdoba que fue perpetrada por la friolera de tres centenares de cordobeses –y cordobesas- por obra y gracia del dios Momo y el pasacalles que salió desde el entorno de la Calahorra y atravesó el Puente Romano para adentrarse en la Judería. No se enfaden por el tono, me limito a reproducir sus expresiones cuando llega Semana Santa. Este domingo no había vecinos que tuvieran dificultades para acceder a sus domicilios ni a nadie le molestó el gasto público en forma de subvención regalada a entidades que generan exactamente cero euros a las arcas de la ciudad y sus ciudadanos, o en forma de gasto público derivado del coste de la dotación policial excepcional que la fiesta que unos trescientos cordobeses –y cordobesas- celebraron ante el asombro de algunos turistas que pasaban por allí, y la indiferencia de la mayor parte de la población que, año tras año, pasa olímpicamente de una fiesta sin tradición alguna en esta ciudad, por más que se empeñen determinados sectores sociales, ciertos políticos, la prensa de izquierdas y la de extrema izquierda.

Y que nadie me malinterprete, yo soy un amante del carnaval. Devoro con fruición el concurso que cada año inunda de arte el Gran Teatro Falla, incluso con agrupaciones cordobesas, pregúntense por qué. Sin ir más lejos, la madrugada del viernes al sábado me acosté pasadas las 8 de la mañana, justo después de que la maravillosa comparsa de Antonio Martínez Ares volviese a demostrar que está muy por encima del resto, con premio o sin él. Por favor, que nadie se altere porque reconozca que muero con el carnaval de Cádiz y por el contrario diga que desconozco profundamente lo que se cuece entre los carnavaleros cordobeses, a cada uno le gusta lo que le gusta. Puede que parte de mi desinterés por el carnaval de Córdoba sea culpa mía, lo reconozco, pero de lo que sí estoy seguro es de que vivo de espaldas a él por el miserable sesgo ideológico que demuestran muchos de los que intentan crear una fiesta que no tiene tradición alguna en esta ciudad –iba a decir levantar, pero no se puede levantar lo que jamás ha existido realmente-. No hablo de los cordobeses que la aman, a los que respeto profundamente, aunque no se lo crean, sino a polítiquillos y pseudoperiodistas que llevan décadas intentando construirla contra una parte de población a la que odian, los católicos y los cofrades. Han sido años de colocar estratégicamente la cabalgata a ver de qué manera se podía fastidiar de algún modo a los cofrades: ¿que el Vía Crucis es el sábado? la ponemos el sábado; ¿el domingo por la mañana? lo mismo… infantil juego del gato y del ratón que ya parece que se han olvidado, afortunadamente.

Si hubiese habido altura de miras en esta ciudad, se hubiese comprendido que somos muchos los cofrades a los que nos gusta el carnaval. El problema es cuando te hacen ver que no eres bienvenido. Entonces, lo normal es que se haga mutis por el foro. En Cádiz, esa ciudad en la que hay carnaval de verdad, pero también en Málaga o Isla Cristina, por poner ejemplos que conozco, quienes sustentan la fiesta suelen ser los mismos que cogen el cirio y el costal inmediatamente después de quitarse el disfraz. En Córdoba, en cambio, son muchos los que han querido enfrentar ambos universos, con el resultado que todos conocen. El carnaval agoniza, como tantas otras cosas en esta muy cainita ciudad. ¿Que si me molesta que se destine dinero público a celebrar el carnaval? En absoluto. Lo que me molesta es que a uno lo tomen por imbécil y que los mismos que se rasgan las vestiduras porque las cofradías sean destinatarias de subvenciones cada año –limosnas que representan un porcentaje irrisorio de los gastos que soportan, obra social incluida, inexistente en otros grupos sociales- o porque en Semana Santa “se ocupe” la Judería –me voy a ahorrar la comparativa entre lo que genera económicamente una y otra fiesta, básicamente para no ruborizar a nadie- sean los mismos que aplauden con satisfacción que este domingo se hiciera lo propio, disfrazado de lo que sea, o se tire a un pozo sin fondo el dinero de todos, que no crece en los árboles sino de los impuestos que a usted y a mí nos detraen mes a mes. Que aplauden con satisfacción o, en su defecto, guardan un vergonzante silencio, directamente proporcional a la ideología que profesan. Exactamente igual que vociferan rabiosos contra las procesiones infantiles que se celebran por parte de algunos colegios en Cuaresma y en cambio consideran perfectamente legítima una fiesta, también infantil, organizada en carnaval por las ludotecas municipales.

Para que queda meridianamente claro: a mí me parece magnífico que se gaste dinero público en una fiesta para la ciudad. Aunque no genere absolutamente nada de riqueza. Y como me parece bien, lo único que pido es que cuando las calles se inunden de nazarenos y olor a incienso, y miles, repito, miles de visitantes lleguen a la ciudad a dejarse los cuartos para satisfacción de hosteleros y hoteleros –algunos curiosamente alineados entre los que atacan sistemáticamente a las cofradías, a pesar de que se lo llevan calentito gracias a ellas-, los de siempre cierren la boca igualmente. Que sean consecuentes y, si se callan ahora, que hagan lo propio cuando llegue Semana Santa. Pero no lo harán. Y no lo harán por la sencilla razón de que odian lo que representan las cofradías, y lo que es aún peor, odian a quienes formamos parte de ellas. Y ese odio les hace ladrar cada vez que cabalgamos. E intentar construir una sociedad ficticia en la que los católicos y los cofrades no existamos o nos veamos obligados a vivir nuestra religiosidad en privado, y no como nos dé la gana. Una sociedad sectaria construida contra una parte de la población. En nuestra mano está no permitirlo, pregonando en voz alta lo que somos y defendiendo nuestra libertad. Que vivan lo que quieran y como quieran. Y luego, que nos dejen vivir a nosotros en paz.

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