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El Capirote, Opinión, Sevilla

La feria de las vanidades

El petaíto de Montesión, el nazareno que se levanta el antifaz para hacerse un selfie con su novia, los costaleros que no se presentaron a la igualá por estar en contra del capataz… No poco son los capítulos que se suceden cada año. El último lo protagonizó hace una semana un vídeo sobre los costaleros de la hermandad del Museo. Más de cuarenta mil visitas que han sido testigos de en qué se está convirtiendo la Semana Santa.

Aunque pudiera parecer un hecho aislado, los capítulos que trascienden a la opinión pública nos hace pensar si se está viviendo una transformación de la Semana Santa o ya estamos inmersos en unos cambios que la han terminado de configurar, tan alejada ya del espíritu verdaderamente inmaterial que lo caracteriza. ¿Cuándo comenzó a cambiar la Semana Santa? ¿Quién tiene la culpa de que se haya ido convirtiendo en una semana donde se parece más a un homenaje a la vanidad? ¿Es la bulla? ¿Los flashes que impiden a uno meterse de lleno en el ambiente de las hermandades de ruan y sumergirse en una época que lo lleva a siglos atrás? ¿Es la culpable la falta de decoro en la vestimenta? ¿El poco respeto de quien cruza entre los cortejos? ¿O de quienes hacen lo mismo entre las bandas? ¿Quizás las sillitas que, a pesar de las indicaciones existentes, siguen poblando las calles? ¿O pudiera ser que la culpa recayera sobre los que dejan el suelo alfombrado de pipas en calles donde solo tendrían que estar los adoquines cubiertos de cera? ¿Y aquel grupo que comenzó a reírse en la calle Cuna cuando el Silencio estaba de vuelta y, a pesar de ser conscientes de ello y recordárselo varias personas allí presentes, continuaron haciendo caso omiso y hablando en voz alta? ¿Las carreritas? ¿Los que convierten la Madrugada en una local al aire libre donde se sirven de toda clase de bebidas alcohólicas?

Nadie podría afirmar con rotundidad quiénes son los principales actores de un cambio en el que ya estamos inmersos y que parece continuar hacia la debacle de una celebración centenaria. Quizá sea una consecución de episodios inesperados, o la abrumadora presencia de participantes, tan variopintos y diversos, que se han abalanzado sobre la Semana Santa y la han ido llenando de una capa superficial que va desde los propios hermanos de una corporación hasta quien porta el cirial.

Un mal endémico que nos aleja paulatinamente del origen de la celebración y sus raíces eminentemente cristianas. De su verdadera función, que termina deformada y transmitiéndose de generación en generación como quien lega sus bienes en una herencia, con la única intención de que no se pierdan. Y despojada de cual fundamento, mientras que nadie se atreve a pisar el freno ni a emprender un camino para depurar responsabilidades y limpiarlo de tanta maleza.

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