El Cirineo, Opinión

La hora de la madurez

Ojalá que el resto de hermandades, las que llevan más de un siglo copiando a la Macarena, se decidan a abandonar la adolescencia copiando lo verdaderamente importante y no la parafernalia barata y carente de sustancia. ¿Quién se atreve a seguir el ejemplo?

Vivimos los cofrades tiempos difíciles. Cofradías politizadas y verborrea barata que condiciona votos y pone y quita hermanos mayores. Grupos de presión – bandas, costaleros y otros grupúsculos similares – que mandan más de lo que deben y sitúan al frente de muchas corporaciones a perfectos incompetentes que prometen, prometen y prometen a sabiendas, o mucho peor, sin ser conscientes, de que dirigen a las hermandades que gestionan – es un decir – camino del abismo, en medio de una zozobra que expulsa a hermanos de toda la vida de la tierra prometida, prostituida y convertida en un coto privado para mayor gloria de un grupo de advenedizos cuya preparación para dirigir una hermandad se reduce a conocer cuatro marchas – o cuarenta – y la coreografía completa de cuadrillas que hace años sustituyeron el andar por el baile de salón. Individuos que prometen – y en el peor de los casos cumplen – decenas de proyectos que implican una inseguridad económica, cuando no una potencial ruina a poco que determinadas circunstancias se tuerzan, que se perpetúan en el poder por la memez imperante entre sus correligionarios y la repugnante pasividad de quienes se quedan en su casa, observando desde la distancia, cómplices del desastre que se quejan en privado sin tener lo que hay que tener para abrir la boca en público, como se destruyen hermandades que otrora fueron grandes y ahora se despeñan por el precipicio del más bochornoso de los ridículos, siendo el hazmerreir de cualquiera que tenga algo de materia gris en el cerebro.

Por eso, náufragos como nos hallamos en este proceloso océano de perdición y desesperanza, resulta extremadamente sorprendente, al menos visto de fuera, que la madurez se imponga en un proceso electoral. Así ha ocurrido en la Macarena, cuya asamblea de hermanos se ha debatido entre dos proyectos claramente diferenciados, en lo personal y en lo material. Un proyecto que ha abogado por la sensatez, sin vender humo, carente de propuestas de cara a la galería y alejado de inventos dotados de más brillo que necesidad, que implicaban embarcar a la hermandad en gastos que probablemente no sean imprescindibles – o al menos no todos y no ahora – y el de Santiago Álvarez. Y para sorpresa de algunos que hemos contemplado desde la distancia, los macarenos se han decantado por el primero de los candidatos, el que no ha prometido una salida extraordinaria, ni un columbario que, tal cual, no se sabía si se podría materializar, ni incurrir en gastos o realizar ciertas declaraciones que tenían como objetivo último granjearse a determinados colectivos dentro de la hermandad, que representan un importante número de hermanos, ni proyectos patrimoniales que se antojan auténticos caramelos a cambio de votos. Propuestas respetables, qué duda cabe, y que le hubiese reportado a su defensor una victoria garantizada en casi cualquier hermandad del universo cofrade. pero no en la Macarena. Asumo que mi creencia y mi sorpresa derivan de mi profundo desconocimiento sobre los entresijos de la hermandad más grande del mundo, aderezado por mi desencanto generalizado con las cofradías, del que últimamente les vengo hablando, curiosamente desde que he comenzado a conocer sus secretos y podredumbres. Lo digo porque mi amiga Raquel, hermana de la Macarena, ya me advirtió que ganaría Cabrero y no la creí.

La victoria de Fernández Cabrero, más allá de las capacidades de ambos candidatos, que en ningún caso pongo en duda, – ya quisiera mi hermandad tener a representantes que tuvieran la milésima parte de la preparación, formación y conocimientos que tienen Cabrero y Álvarez – demuestra, por un lado, que no todo está perdido, que existe un rayo de esperanza que induce a pensar que no todos los cofrades son gilipollas y otorgan su voto por una banda, una salida extraordinaria o una obra cualquiera que convierta el bar chico en bar grande. Y por otro, evidencian lo que desde determinados foros hemos demandado en multitud de ocasiones: cuando los votantes en unas elecciones a hermano mayor, no se reducen a costaleros y bandas, cuando son los hermanos y no colectivos orientados y condicionados por un capataz o un director buscando un trozo de pastel, los que determinan quién ha de ser la persona que dirija los destinos de la corporación, la decisión final suele observar con mayor probabilidad el bien común y no el beneficio particular de los grupos que generalmente conceden la vara dorada. A mayor porcentaje de votantes, mayor democracia y a mayor democracia, mayor es el nivel exigido a los contendientes legítimos, porque mayor es el número de miradas que evaluarán la credibilidad, trazabilidad y fiabilidad de un programa y fiscalizarán a posteriori la gestión de quien debe tener, obligatoriamente, la preparación necesaria para detentar el cargo y la capacidad de no destruir lo que la confianza de sus hermanos, ha depositado en sus manos.

El nuevo hermano mayor de la Macarena ha advertido que tendrá que hablar con el capataz para ajustar determinados detalles, no ha prometido incurrir en un gasto de proporciones siderales para ampliar la nómina de Armaos, ha defendido que en el asunto de Queipo se hará lo que marque la ley, ha asegurado que si hay que tirar por la Alfalfa se tira y no ha vendido una salida extraordinaria para ganar votos y, sobre todo, ha puesto sobre la mesa que la hermandad y sus obligaciones formativas, asistenciales y evangelizadoras, están muy por encima de la cofradía, el chim chim pum y lo que más brilla. Ha puesto el énfasis en lo que de verdad importa. Cuestiones todas ellas que podrían haber supuesto su derrota en cualquier hermandad inmadura. En cambio, ha obtenido el respaldo mayoritario de sus hermanos, con un resultado ajustado, es cierto, pero superando la barrera de los 2000 votos a favor de su proyecto. Y eso demuestra la madurez de una corporación como la Macarena. Hace tan sólo una semana, me preguntaba en esta misma columna ¿Quo Vadis, Macarena?, cuestionándome por el rumbo que iba a emprender la hermandad más importante de Sevilla y el mundo. Y los macarenos me han respondido.

Es verdad que algunas declaraciones puntuales de Cabrero me han parecido prescindibles, pero también es cierto que mi opinión sobre cuál era el hermano mayor apropiado para dirigir semejante trasatlántico quedaba meridianamente claro entonces. La Macarena – sus hermanos – ha decidido emprender un sendero de mesura y sensatez que muchos reclamamos desde hace años para todo el universo cofrade. Siendo como es, ejemplo y espejo en el que se miran buena parte de la hermandades de toda la geografía cofrade, resulta alentadora la decisión adoptada por la asamblea de hermanos. Una decisión que ahora tendrá que completarse con una gestión seria y consecuente y sobre todo sanadora de las inevitables heridas que genera todo proceso de estas características, en una corporación dividida – más de 1700 votos de Álvarez así lo atestiguan – que hay que volver a unir, sí o sí. Y ojalá que a partir de ahí, el resto de hermandades, las que llevan más de un siglo copiando a la Macarena – alguna con memeces como decir que “mi hermandad es la Macarena de (pongan aquí la ciudad o pueblo que deseen)”, se decidan a abandonar la adolescencia y adentrarse en ese complejo y a la par maravilloso mundo de la madurez, copiando lo verdaderamente importante y no la parafernalia barata y carente de sustancia. ¿Quién se atreve a seguir el ejemplo?

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