Candelabro de cola, Opinión

La mala educación

No podemos pretender que personas que no saben comportarse durante los trescientos sesenta y cinco días del año lo hagan durante siete. Es una perogrullada. Y, sin embargo, parece escapársenos cuando analizamos el comportamiento de la gente cuando se congrega en las calles para observar la estación de penitencia de las cofradías. O, sin ir más lejos, el de los propios integrantes de los cortejos.

Hace ya tiempo que a nuestra juventud (que, no nos engañemos, son los que mayoritariamente componen las filas nazarenas de nuestras hermandades) no hay Dios que les haga entrar en cintura. No es de extrañar no ya que se obvien las órdenes de los encargados de organizar los cortejos, sino que incluso haya quienes les contesten y se encaren con los mismos… No me lo han contado: lo he llegado a ver con mis propios ojos. ¿Que cómo hemos llegado a este punto? Sencillo. Los padres de hoy prefieren claudicar ante los caprichos de sus hijos antes que discutir con ellos. ¿La educación? Que se la dé el sufrido profesor en el colegio, que para eso se le paga, ¿no? Pero, ¡oh, señores! Los profesores solamente están condenados a aguantar a los hijos de unos unos cuantos años en el peor de los casos. La criatura en cuestión es suya per saecula saeculorum.

Los padres han desertado de sus labores educativas desde hace ya bastantes años y con tal de no soportar a su prole, como si se van a pedir cera a Fernando Po, a incordiar a nazarenos de cofradías de negro intentando apagarles sus cirios o a arrancarles la cera de los mismos sin encomendarse a Dios o al diablo. Y así todo: los costaleros no saben que pasar por medio de su cortejo está mal, que ir fumando o bebiendo junto al paso no corresponde ni hace bonito o, que en el caso de los nazarenos no es necesario que su madre, su novia, sus hijos o sus primos les escolten, les hagan fotos o les sujeten el cirio durante horas mientras les dan conversación. De la nazarena del Descendimiento o de la del Cerro prefiero no hablar, pues con su actitud, tristemente, ya consiguió lo que perseguía: salir en los medios. Craso error por nuestra parte, a mi parecer.

¿Y esto cómo lo arreglamos? Difícilmente, porque esto no es una tarea a conseguir en siete días. Los peores hábitos se pegan como los piojos: el “usted por aquí no pasa porque yo llevo aquí veinte minutos” sigue con nosotros a pesar de que lo “inventó” alguien hace más de veinte años. La mala educación es cosa del hogar. Y si en el hogar no se ponen las pilas, mal vamos.

 

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