Córdoba, Mi luz interior, Opinión

La perfección más absoluta

Hoy quiero hablarles del momento más maravilloso que viví la pasada Semana Santa. Ocurrió cuando el palio de la Virgen de la Paz atravesó la Puerta del Puente tras comenzar su discurrir por la Carrera Oficial. Un instante que no fue sino el punto culminante de un conglomerado de elementos cuya conjunción alcanzó la perfección más absoluta. La perfección sin matices. Jamás había sido testigo de una cofradía tan maravillosamente dispuesta, iba a decir con una puesta en escena tan excelsa, pero como sé que lo de puesta en escena es un concepto impropio y que jamás debe ser utilizado para referirse a una cofradía no la utilizaré. Desde la cruz de guía hasta el último nazareno, la Paz fue un ejemplo de lo que debe ser una cofradía perfectamente plantada. La forma impecable de llevar apoyada la cruz de guía del nazareno que la portaba, el maravilloso colorido de las túnicas, incluso aquellos nazarenos que se apoyaban en las vallas que encauzaban el itinerario común, elementos todos ellos que se convierten, aunque pudiera parecer un contrasentido, en esencia misma de lo que debe ser una hermandad de barrio, de capa, de bulla en toda la extensión de la palabra. Una bulla que alcanzó su punto culminante en determinada parte del recorrido en la que los vítores espontáneos del pueblo glosaron las maravillas de la Reina de la Paz… “Paz y Esperaaanzaaaa… ¡Guapa!, respondían al unísono los fieles enfervorizados. ¡Qué emoción incontenible!, ¡qué lujo para los sentidos!, ¡qué hermosura y finura solamente igualada por el perfecto caminar del paso de palio que dirige con una maestría inigualable Antonio Morales, ese capataz que Córdoba ha tenido la suerte de descubrir gracias a la magnífica gestión que está desarrollando Enrique Aguilar al frente de esta hermandad, que por fin ha alcanzado el lugar que le corresponde a resultas del camino emprendido por el inolvidable Manuel Quirós, probablemente el mejor hermano mayor que jamás ha visto la Córdoba Cofrade, un ser dotado de una especial sensibilidad que puso los cimientos de lo que hoy por hoy es la cofradía de la Paz, una auténtica gozada.

Sin embargo, si de matrícula de honor puede catalogarse la época dorada de Quirós del Pino, la gestión desarrollada por Aguilar al frente de la hermandad no tiene parangón. Es imposible de igualar por ningún otro dirigente. La extraordinaria vitalidad social y la conversión de las típicas controversias que inevitablemente concurren en ocasiones en el seno de algunas corporaciones en una balsa de aceite en la que todos los hermanos caminan al unísono en pos de los objetivos marcados con una maestría y elegancia fuera de toda duda por la excelente junta de gobierno que genialmente ha diseñado el hermano mayor de la Paz, cuyos miembros desempeñan su labor sin mácula y cuya gestión impecable se traslada como no podía ser de otro modo al Miércoles Santo, día en el que toda la cofradía funciona como un reloj suizo. El cortejo perfectamente agrupado, los hábitos impecables, la seriedad de los nazarenos, la gestión perfecta del Diputado Mayor de Gobierno, la majestuosa forma de andar que ha logrado imprimir ese enorme capataz que se llama Vicente Mengual, que ha dotado a la cuadrilla de Humildad y Paciencia de una personalidad que solamente él ha logrado alcanzar con su incuestionable sabiduría únicamente al alcance de los mejores capataces de la historia, ayudado por un equipo de un altísimo nivel. Un equipo de capataces que demuestra su nivel estratosférico en cada levantá, en cada revirá… cómo olvidar el paso del Misterio por la Trinidad o su espectacular entrada en Carrera Oficial, cuando el pueblo que se arremolinaba en la Puerta del Puente se vino abajo, metafóricamente hablando, embelesado por el caminar inconfundible de una cuadrilla cuyo líder indiscutible ha hecho crecer merced a su infinita sabiduría y a su incontestable capacidad técnica. Y si de simbiosis perfecta hablamos, ¿qué decir tiene la conjunción perfecta que ha logrado alcanzar la cuadrilla del Rey de Capuchinos con esa extraordinaria banda que tenemos la fortuna de poder disfrutar cada Miércoles Santo tras su paso de misterio?, probablemente una de las mejores bandas de cornetas y tambores que jamás ha pisado las calles cordobesas cuyo repertorio se adapta como un guante a la manera de andar de los cirineos del Señor y a la idiosincrasia de la hermandad que ha permanecido inalterable a los cambios como exige la madurez de una institución inmune a los caprichos del dirigente de turno. La entrada de Humildad y Paciencia en Carrera Oficial fue sencillamente perfecta, mágica, indescriptible.

Tras la impecable presentación del inconfundible caminar del paso de misterio de Humildad y Paciencia, que lució especialmente gracias a la valiente y decidida decisión de eliminar la figura de las manigueteras, cuya presencia perjudicaba gravemente la integridad patrimonial del altar itinerante que porta al Hijo de Dios, que al fin luce con el tono adecuado, gracias a que la formación litúrgica al fin ha llegado al seno de la corporación capuchina, y que colabora a configurar una imagen perfecta, especialmente cuando cae la noche, continuó avanzando el cortejo impoluto de la cofradía franciscana, ejemplo de distinción y espejo en el que se miran a buen seguro el resto de cofradías cordobesas, incrementando el dulce regusto del paladar del público enfervorizado hasta que la llegada de la joya bajo la que camina entronizada la Reina de Capuchinos hizo acto de presencia. Una joya perfecta, una obra que ya ha pasado a la posteridad como una de las mejores que jamás haya visto el ser humano, el magnífico palio de la Paz, cuyo sublime diseño está a la altura de los más grandes genios de la creación artística con mayúsculas puesto al servicio de las cofradías. Pocos han sido capaces de dotar a una dolorosa de una pieza con una personalidad tan evidente, que refleja la esencia más profunda de una cofradía, como quienes diseñaron esta obra inigualable. ¡¿Y qué decir de su capataz y el sello majestuoso con el que ha sido capaz de aportar a una cuadrilla que se desenvuelve de un modo impecable por cada calle que pisa?! Observar detenidamente el perfecto movimiento de las bambalinas es un deleite para los sentidos. Y la elegancia de movimientos que destila cada chicotá acercarnos un poco más al cielo. Un cielo que se alcanzó de manera incontestable cuando se hizo el silencio y conjugando el momento más maravilloso que viví la pasada Semana Santa, sonaron esas voces aterciopeladas de la escolanía, otra de las impagables aportaciones del añorado Quirós del Pino para la historia de nuestras cofradías en general y de la Paz en particular cuyos hermanos jamás olvidarán, felizmente recuperada por Enrique Aguilar para mayor gloria de una gestión incomparable que ya está escrita con letras de oro en la historia de la hermandad de la Paz y que tendrá sus dos próximos hitos con la coronación canónica de la Virgen, que llega en el momento ideal, con una hermandad que es una verdadera piña fruto del amor sincero y sin matices entre todos los que forman parte del patrimonio humano de la corporación y la casa hermandad de la cofradía, que visto lo visto, promete edificarse en una verdadera obra de ingeniería económica que muchos estamos deseando ver cómo se materializa.

En suma, ante mi incredulidad por estar siendo testigo de la perfección más absoluta, el Miércoles Santo que tantas veces había soñado, el que sin duda sus hermanos merecen, se hizo realidad ante mis propios ojos, y ante cuya visión, solamente pude balbucear de manera casi imperceptible, gracias Dios Mío, por haberme permitido coincidir en el tiempo con todos estos seres maravillosos que han convertido la cofradía que veía de niña discurrir ante mi mirada, en este derroche de fantasía e indiscutible perfección en la que la han convertido.

He dicho

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