Córdoba, El Rincón de la Memoria, España

La Semana Santa cordobesa de 1978

“La Semana Santa de 1978 se nos presenta en un nuevo marco político y podríamos afirmar que también social”. Con esas palabras comenzaba Juan Ojeda un artículo redactado en las páginas del Alto Guadalquivir del referido año. El panorama era sustancialmente diferente con respecto a lo vivido en tiempos anteriores, pues para entonces ya era la nuestra “una sociedad democrática y pluralista, con unos cauces de participación política encuadrados en sus líneas generales dentro de los esquemas del mundo occidental, lo cual hace un año no ocurría, porque haciendo un poco de memoria es muy fácil recordar que el Partido Comunista de España fue legalizado precisamente durante la Semana Santa. Posteriormente, las elecciones legislativas del 15 de junio configuraron una representación parlamentaria y vinieron a darnos una idea aproximada de la auténtica influencia de las fuerzas políticas, todo ello con muchas matizaciones, claro está, pero que no importan para el objetivo de este artículo, que no tiene un carácter político”.

Una situación, sin duda, digna de mención, con una influencia incuestionable en el contexto cofrade, puesto que en determinados círculos se temía que nuestra querida Semana Santa se viese afectada en su supervivencia al no ser sino una fiel proyección del sentimiento religioso colectivo. No obstante y al margen de esa intranquilidad que no fue otra cosa que miedo a lo desconocido, el fervor general se acrecentó e intensificó tras no haber encontrado obstáculo alguno para la práctica de la Semana Mayor.

Tampoco la izquierda, que tantas suspicacias levantaba, significó un impedimento, ya que “muchos militantes de partidos de izquierda son católicos practicantes, la Semana Santa o, mejor dicho, nuestra forma de celebrar la Semana Santa, forma parte de nuestro acervo cultural con más amplio consenso popular, porque es el pueblo el que sale a la calle a acompañar los desfiles procesionales, es el pueblo el que se vista las túnicas y el que se mete debajo de los pasos”.

Por aquellos años, el pensamiento – más próximo a la derecha o a la izquierda – no era inconveniente ni determinante a la hora de asumir un papel dentro de la Semana Santa, tal y como afirmaba Ojeda, que afirmaba que “buena parte de los costaleros no profesionales militan en organizaciones juveniles de izquierda, lo cual demuestra que, en la práctica, se compaginan posturas que sobre el papel pueden parecer antagónicas. Pero, aparte de esto, que no tiene más trascendencia que la anecdótica, es la izquierda la que más preocupación ha demostrado, y sigue demostrando, por conservar y acrecentar la cultura popular, independientemente de las motivaciones religiosas que incidan en ella”.

Junto a dicho artículo, un álbum fotográfico en el que se adivinaban las ganas de las cofradías cordobesas tras el momento político y social que vivía España. Unas ganas que se desprendían de imágenes como la que da pie a estas líneas y en las que se puede apreciar a la sonriente Virgen de la Alegría, que llegase a la Hermandad del Resucitado unas tres décadas atrás. La corporación de Santa Marina por su parte, que había encargado en el mismo instante de la hechura de la imagen la realización del paso sobre el que habría de procesionar la talla de María Santísima Reina de Nuestra Alegría, el cual, como podemos comprobar, no incorporaba palio aún en 1978.

Fue concretamente en el año 1970 cuando el entonces hermano mayor de la hermandad, Francisco Villegas García llevaba a cabo el nuevo proyecto de realizar la candelería de plata cincelada para la Virgen de la Alegría, con el que se pretendía mejorar sustancialmente la estética que rodeaba a la hermosa imagen en sus salidas procesionales. Así y todo, el esperado estreno del palio o llegaría al fin en 1983, según algunos testimonios “resultado aún más agraciada la imagen que tallara en 1944 Juan Martínez Cerrillo”. El para muchos olvidado palio y para otros sencillamente desconocido, era de un llamativo color azul marino, máxime si tenemos cuenta el actual, realizado en malla y por lo tanto de gran luminosidad.

Por su lado, Nuestro Padre Jesús de las Penas aún caminaba por las calles de la ciudad califal sobre el célebre paso de guadamecíes combinados con la esencial madera que Martínez Cerrillo talló para el titular cristífero de la Esperanza, costeado en 1959 y tan recordado por la Córdoba Cofrade a pesar del paso de los años. Un paso que la Hermandad ha mantenido hasta ahora custodiado en el Convento de Santa Isabel y que a consecuencia del cierre del recinto, debía trasladarse a la casa hermandad de la calle Escañuela.

Eran muchos los detalles que hacían de este paso una obra singular e irrepetible, carente de respiraderos y realizada a base de tablas de madera recubiertas con los mencionados guadamecíes, policromados y con distintas representaciones. Quedaba el característico paso completado con los faldones rojos y los, en ocasiones, aún presentes ángeles, sujetando los inimitables faroles, ubicados a sendos lados de la peana sobre la que se alzaba Jesús de las Penas.

La Hermandad de la Expiración había abordado una novedad de altura con la adquisición de un palio de línea sevillana en el año 1970 bajo el que pasaría a procesionar María Santísima del Silencio y de cuyo estreno tuvimos constancia en anteriores ocasiones gracias a la fotografía realizada durante la estación de penitencia de ese mismo año.

No hubo mucho tiempo para acostumbrarse a esta ahora inédita imagen puesto que cierto encargo solicitado al insigne Luis Álvarez Duarte, daba lugar a la primera aparición de Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos en la Semana Santa de Córdoba de 1974, trayendo consigo la notable ausencia de María Santísima del Silencio hasta su posterior reincorporación en el paso de Cristo tan solo un año más tarde. Así, la hermosa Virgen del Rosario, ya llevaría cuatro años ocupando el segundo palio de la hermandad de San Pablo, un palio de altura que, en la fotografía que adjuntamos, aún no contaba con los fabulosos bordados diseñados por fray Ricardo de Córdoba y en la que la titular todavía lucía la corona con la que solía procesionar antes de su Coronación Canónica.

 

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