El Capirote, Opinión, Sevilla

La suerte del pregonero

La madrugá solemos comenzarla acudiendo a la basílica de la Resolana. Allí vamos cada año para ver salir la Sentencia y la Macarena en medio del fervor de sus devotos. Después, cuando la Esperanza alcanza Omnium Sanctorum, proseguimos con la ruta en una noche que desgraciadamente este año tuvimos que terminar antes de lo previsto.

Estaba con unos amigos, quienes son además hermanos de la Macarena, en una de las calles que desembocan en Feria, cuando detrás del palio iba Alberto García Reyes, periodista que este año había logrado que los principales diarios de la ciudad aplaudieran unánimemente un pregón que despertó más variedad de opiniones en las redes sociales, ― ya saben, el espacio virtual a quien hay que temer más que al redactor jefe ―.

― No sé qué hace ahí una persona que, por ser pregonero y que lleva menos de un año de hermano, va detrás de la Virgen. ― exclamó uno de ellos ―.
― Es que dan ganas de quitarse de la nómina, vamos. Llevo de hermano toda la vida y ya me gustaría a mí poder ir detrás de Ella. ― comentó indignado el otro ―.

Prosiguió la conversación hasta que una saeta horrorosa dañó los tímpanos de los presentes, precisamente proveniente de un señor que no había dejado terminar a otro que estaba bordando este cante tan nuestro ― como tan nuestro parece ser no dejar terminar al otro ―. Las críticas no quedaron ahí. Que si había personas que habían hecho mucho más por la hermandad y contemplaban el palio desde el balcón de su casa, que qué hace allí el otro, ese que se aferra al palio cada año y no lo suelta, etc.

Un detalle que habría pasado percibido para otros, también para mí, se convirtió en uno de los temas de la noche. Mis amigos son devotos de la Esperanza, tanto que su admiración hacia la Señora de San Gil les hace tenerla presente casi en cada conversación que tenemos de ámbito cofradiero. Cada momento es idóneo para pisar la basílica y rezar ante Ella. Está presente en cada casa, en el almanaque, en la medalla, en el fondo de móvil, en el perfil de Whatsapp… Todavía recuerdo aquel año de lluvia donde acompañé a uno de ellos a realizar la estación de penitencia y, a pesar de la que estaba cayendo, quería estar allí por si al final el tiempo amainaba.

Probablemente mis amigos tuvieran razón básicamente porque querrían ser ellos quienes fueran tras el palio. No habría mejor regalo. Pero también recuerdo a Alberto García Reyes, a quien me he cruzado escasas veces por la ciudad, pero que aquella noche tenía un brillo en los ojos como el de un niño que corretea por la rampa del Salvador aquellas tardes de primavera que anuncian los días grandes. ¿Quién no iba a aceptar ir detrás de la Esperanza?

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