El Rincón de la Memoria, Sevilla

Las Aguas de San Jacinto o “El silencio de Triana”

El templo de los dominicos es hoy un espacio lúgubre donde reina la tranquilidad. Sin embargo, en otros tiempos, sus portentosos muros acogieron varias hermandades, entre las que se encontraba la de Las Aguas.

Medio siglo después de su establecimiento en Sevilla, los dominicos se trasladan a la reducida ermita de la Candelaria, en Triana. De la actual avenida de la Barzola a un sede que en 1673 acogía a las hermandades de Las Penas, la Candelaria y la Tentación. Como si de un presagio se tratara, las dos primeras terminarán marchándose al convento de la Victoria. La tercera acabaría extinguiéndose.

Tras ser derribada la ermita de la Candelaria comienza la construcción de un templo de grandes proporciones que es el que actualmente conocemos. En 1750 se funda la hermandad de Las Aguas, cuyo origen hay que situar tras una procesión que realizaron con un crucificado, hoy fuera de Sevilla, para pedir por el fin de una inundación que asolaba al barrio. Y las aguas frenaron su avance. Advocación para un Cristo que estaría unido desde entonces al Guadalquivir.

Durante este siglo era habitual peregrinar hasta los hospitales y conventos más alejados de la ciudad. Fue entonces cuando la hermandad decide tomar como titular mariana una imagen atribuida a Montes de Oca para que acompañase al Cristo durante el vía crucis que realizaban al monasterio de la Cartuja. Un año más tarde, y gracias a la colaboración de la hermandad de la Expiración y las Tres Caídas, realiza su primera estación de penitencia a Santa Ana. El discurrir de las hermandades por estas décadas era más que volátil. Si diez años después estrena pasos propios, de 1761 a 1778 solo hace estación de penitencia en cinco ocasiones. Dificultades a las que hay que añadir las Pragmáticas de Carlos III para regular las cofradías.

El siglo XIX estaría caracterizado por inesperados giros que acabarían afectando a las corporaciones. Tanto es así que se producen no pocas fusiones con hermandades. Una de gloria, radicada en el templo trianero, la Hermandad de Santa María de la Candelaria y el Santo Patriarca San José, se acaba uniendo a la de las Aguas para poder sobrevivir. La invasión francesa convertiría a San Jacinto en vaquería y la “Gloriosa” en oficinas municipales y escuelas. Entremedias, la desamortización que en 1836 provocaría la marcha de los dominicos. La hermandad entra en un letargo de varias generaciones, hasta que en 1876 es reabierto al culto el templo y en 1890 surge el afán por recuperar una inactiva cofradía. Allí, en San Jacinto, se encontraban la Estrella, que se había marchado del convento de la Victoria tras la desamortización, y la Esperanza de Triana, que había abandonado su sede tras el estallido de la “Septembrina”.

El diez de abril de 1892, más de un siglo después, la hermandad de Las Aguas cruza por vez primera el puente de Triana camino de la catedral. Lo hace en un solo paso, donde se encuentran todas las imágenes excepto María Magdalena, que todavía no formaba parte de la escena. “El silencio de Triana” se convertía en la primera corporación en abrir los cortejos en el viejo arrabal, cruzando el puente en la tarde del Domingo de Ramos. Desde la otra orilla del río se aproximaba un cortejo callado y sobrio.

El siglo XX y las desavenencias con los dominicos

Esta centuria será considerada como el siglo de oro de las cofradías. Sin embargo, la hermandad de Las Aguas no empezará con buen pie. Aunque la corporación hará estación de penitencia con dos pasos, yendo en el segundo la Virgen del Mayor Dolor bajo palio, un año después de la llegada de los dominicos al templo ― regresan en 1906 ―, lo hace en uno solo, donde se incorpora la efigie de María Magdalena. Para una mayor independencia, instala posteriormente una reja en la capilla.

Foto “Costalero de pellizco”

Diferencias también con la hermandad de la Estrella, que salía el Domingo de Ramos. Cambio de día al Lunes Santo en 1923, salida que no efectuaría por la lluvia. Esta década se caracterizaría por los enfrentamientos con los dominicos, que iban in crescendo. En esta ocasión por la titularidad del Cristo, pues la Orden de Predicadores argumentaba que era de su propiedad. Se encarga entonces la realización de una nueva imagen a Antonio Illanes en 1930.

La madrugada del 29 de octubre de 1942 tendría lugar un incendio debido a una vela que los dominicos dejaban encendida durante toda la noche en el altar donde se situaban los titulares de la corporación. Mientras afuera llovía copiosamente, en el interior las imágenes serían pasto de las llamas. Tras ser aprobado en cabildo y, teniendo en cuenta las malas relaciones con la comunidad dominica, las Aguas cambiaría de sede, recalando en Santiago. La realización de nuevas imágenes y el peregrinar por diversos templos, hasta instalarse en la capilla del Rosario, marcarán su hoja de ruta. En San Jacinto, las tiranteces entre la orden monástica y las hermandades afectarán también a la Esperanza de Triana, que se marchará en 1963 y a la Estrella, que hará lo propio en 1976. Adiós a las hermandades de penitencia. Ya solo quedaba en el interior el Rocío de Triana, que en 1982 abandonaría el templo.

La hermandad con orígenes trianeros regresaría al viejo arrabal para conmemorar el 250 aniversario de su fundación en 2001. Tras sus cultos en Santa Ana, realizaría una salida procesional el 11 de marzo desde la capilla de los Marineros. El Cristo de las Aguas y la Virgen del Mayor Dolor de nuevo cruzando el puente. Cada Lunes Santo, la banda de las Tres Caídas acompaña al primer paso de la hermandad, recordando la procedencia de una de las hermandades más señeras de la jornada.

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