Córdoba, Doñana, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Las mentiras del Rocío

Dice el refrán que “no hay peor cuña que la de la misma madera”. Y a fe que esta máxima se cumple a rajatabla entre aquellos que forman parte del Universo Cofrade. Si usted desea encontrar a quien atice despiadadamente a las cofradías, no tiene más que buscar entre cofrades para hallar los ataques más furibundos a aquello que presuntamente aman. No les hablo de la legítima crítica constructiva sino el insulto por el insulto, el odio enmascarado en retórica barata y la permanente búsqueda de basura debajo de las alfombras cuyo descubrimiento logre eliminar al enemigo.

Si este fenómeno ocurre entre cofrades, que más o menos hablan el mismo idioma y sienten de manera parecida, ¿qué podemos esperar cuando en un extremo de la cuerda situamos a un capillita y en el otro a un rociero? Ya sé lo que me van a decir. Muchos cofrades abandonan el incensario cuando se acerca Pentecostés para volver a recuperarlo pocas horas después de que la Virgen se haya recogido a orillas de marisma, o en su caso cuando regresan a su lugar de origen. Es cierto, y con estos, entre los cuales me encuentro, no es preciso invertir energía, son perfectamente conscientes de que Semana Santa y Rocío son las dos caras de la misma moneda, de esta forma única, personal e intransferible en que se vive la religiosidad popular en esta bendita y al mismo tiempo cainita Andalucía.

Sin embargo, lamentablemente es desde el ámbito cofrade desde donde se generan las críticas más injustas y radicales hacia todo lo que huele a Rocío, curiosamente rara vez en sentido contrario. Críticas que se alimentan de la ignorancia de quienes las perpetran amparados en una suerte de ridículo etnocentrismo que pretende evaluar un hecho religioso trufado de un indiscutible componente social y cultural desde unos parámetros de exclusividad que solamente se pueden defender desde el desconocimiento. Es exactamente lo mismo que ocurre cuando se pretende valorar la Semana Santa de una ciudad distinta a la nuestra o de un pueblo determinado con la visión excluyente de quien piensa que solamente cierta estética es admisible en el mundo cofrade porque se adecua a los parámetros de las cofradías más universales de Andalucía Occidental – léase Sevilla – despreciando sistemáticamente todo lo que se aleja de este cliché. Lo que viene siendo un rechazo a la diversidad y un menosprecio ocultos tras una pretendida defensa de “lo rancio” que en realidad no es más que un ejemplo más de esa prepotencia que tanto daño nos hace a nosotros mismos.

Con el fenómeno rociero – valga la expresión – ocurre otro tanto. “Difama que algo queda” dice otro refrán. Y este refrán se ha aplicado hasta la saciedad cuando lo que se ha pretendido es dañar al Rocío, y a los rocieros. Leyendo muchos comentarios, escuchando muchas sandeces, en ocasiones da la sensación de que los caminos se llenan de discoburdeles ambulantes en los que reprimidos católicos con olor a cuadra y por supuesto muy pero que muy fachas, dan rienda suelta a sus más bajos instintos durante unos días. Lo de la Virgen no es más que una anécdota.

Este tipo de improperios, curiosamente, suelen provenir de los mismos que, engalanados con su mejor traje o con costal o corneta en mano – en ocasiones hasta cirio -, peregrinan de bar en bar catando todo tipo de licores desde el Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección, contribuyendo con su gesta desinteresada a mantener un sector muy concreto de la economía de nuestras ciudades. Conducta perfectamente asumible y enmarcada dentro de los usos y costumbres perfectamente aceptados por el kofrade medio. “Sí pero luego hacemos estación de penitencia”, “nadie puede dudar de mi sentimiento bajo la trabajadera”, “nosotros rezamos con un pentagrama”… son algunas de las frases que justifican su peregrinar de bar en bar. Nadie les exige que no lo hagan, ni siquiera cuando aprovechan para hacerlo entre relevo y relevo o descanso y descanso, porque forma parte, repito, de los usos y costumbres generalmente aceptados.

Sin embargo, trasladen la copa – en sus más variopintas alternativas – a un sendero de arena camino de una aldea situada en un rincón junto a la marisma y la cosa cambia radicalmente. Aquí no hay mesura en el ataque. “Van bebiendo todo el tiempo… y en la oscuridad de la noche… ni te imaginas… todo el mundo sabe lo del polvo del camino…” como todo el mundo sabe que los cofrades hacen una vida monacal durante toda la cuaresma y nadie, absolutamente nadie, dedica su tiempo libre a otra cosa que no sea rezar desde que la primera cruz de guía de vísperas se pone en la calle. Llama poderosamente la atención esta doble vara de medir, este doble rasero con el que algunos se empeñan sistemáticamente en denostar aquello que desconocen.

¿Cuántas veces habremos escuchado eso de cómo se puede mover una Virgen con semejante alegría cuando su Hijo está sufriendo la Pasión? ¿Y cuántas de esas veces nos hemos mirado entre cofrades con condescendencia, pensando y comentando lo ignorantes que son aquellos que pregonan semejantes sandeces? ¿Y cuántas le hemos exigido a alguien que comprendan que todo es fruto de nuestra particular idiosincrasia y que hay que conocer antes de opinar? ¿Por qué no se aplica exactamente la misma teoría a todo lo que envuelve el Rocío? El año pasado el apocalíptico clima se encargó de callar muchas bocas y demostrar las verdades del Rocío, esas que muchos se empeñan en destruir y ocultar bajo determinados estereotipos que llevan años dañando la manifestación de religiosidad popular más importante e universal del mundo. Miles de personas, soportaron un camino terrible, en las condiciones más extremas, para llegar a las plantas de la Reina de las Marismas, y eso solamente puede explicarse desde la fe, la fe verdadera y sin aditivos, esa que se asienta en esa relación singular entre el creyente y la Madre de Dios, que solamente se entiende en este rincón del universo.

Claro que el número de rocieros se redujo, muchos porque las condiciones no permitían viajar como habitualmente se peregrina – ¿cuántos se quedaron con los niños pequeños en casa a la vista de la tempestad que asoló el camino de ida? – pero también faltaron todos aquellos, que los hay y muchos, a los que solamente les interesa el Rocío por la juerga y la jarana. Como son muchos los que solamente tienen interés por la Semana Santa porque es una semana de fiesta, de compadreo, de bares y de relaciones sociales – en el más amplio sentido de la expresión – y no por ello nos dedicamos a meter a todos los protagonistas de la Semana Santa en el mismo saco.

El Rocío tiene sus modos. Formas de hacer y de sentir que tienen su origen en una tradición ancestral que nadie tiene el derecho de intentar cambiar más que sus auténticos propietarios, los almonteños, que ofrecen generosamente al mundo a su joya más preciada en la confianza y la esperanza de que siempre se respetará su manera de querer a la Virgen. A nadie se le ocurriría imponer a los cofrades de la Esperanza de Triana otra forma de sentir su religiosidad popular, ¿por qué hay quienes se empeñan en hacerlo con El Rocío? Y por extensión, las hermandades que peregrinan a la Aldea Prometida tienen su particular seña de identidad, sus propias peculiaridades, su manera de entender su fe, algunas llevan siglos haciéndolo de un modo concreto, y es innegable que su forma de hacer y de sentir ha logrado difundir la semilla rociera – es decir el amor a la Madre de Dios – por todo el orbe. Algo habrán hecho bien, más allá de los famosillos que tantas veces hemos sufrido protagonizando escenas bochornosas en ciertos programas del corazón que, dicho sea de paso, jamás han ido a buscarlos en una caseta de feria para contrastar lo que hacían o dejaban de hacer.

Que los rocieros no son monjes, resulta una obviedad y que el camino del Rocío y en la propia aldea se come y se bebe, una verdad indiscutible. ¿Qué malo hay en ello? ¿Dónde está escrito que para ir a encontrarse con la Madre de Dios haya que hacer abstinencia de nada? Para el rociero encontrarse con su Madre es una fiesta y como una fiesta ha de vivirse. Porque los mismos que critican estos elementos que solamente les chirrían durante El Rocío, jamás mencionan el rezo del Ángelus, la Misa en la pará o las decenas de rosarios que se rezan durante la peregrinación, probablemente por ignorancia, porque ni sepan que ocurren. De modo que, háganme un favor, y de paso háganselo a sí mismos. Vayan, conozcan y luego opinen, que la ignorancia es muy osada. Y si después de haber vivido de verdad El Rocío, siguen pensando lo mismo, respetaré su opinión. Mientras tanto, tendrá el mismo valor que tiene el camino que hacen los que sólo van por el cachondeo y la Virgen les importa poco; absolutamente nada.

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