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Córdoba, Costal, Opinión

Mi Capataz, Rafael Muñoz Serrano

El próximo día 19 se cumplen cuatro años desde que me falta mi capataz. ¡Cuánto lo echo de menos! Fue mi guía, mi maestro, mi ejemplo. ¡Cuánto vivimos juntos! Mi meta fue que él se sintiera orgulloso de su aprendiz. Poco después de su muerte escribí este pequeño artículo, que me pidieron en la hermandad, como homenaje a su vida cofrade. Me apetece volverlo a mostrar porque no me cansaré de recordarle.

“Hacer lo que más te gusta allí donde has soñado quizá sea lo más parecido a la felicidad”.

Desde aquel día en que Fray Silvestre lo captara para formar parte de la familia cofrade junto con sus amiguillos del barrio, tal como él contaba, tuvo una idea fija, la de llevar a aquella Reina recién conocida, pero de la que se enamoró, entre flores de azahar, en un esplendoroso palio de plata, bajo un cielo fulgurante de estrellas y cantada por la más bella música entre multitudes que la aclamasen.

Y quiso Ella que así fuera y no una sino hasta 50 veces pudo acompañarla mirándole a la cara en un estado de felicidad contagiada a los incondicionales seguidores a ciegas que han sido sus “niños míos”, los costaleros.

Y no conforme con eso soñó con dejar una estela tras de sí y sus hijos y sus nietos le siguieron contagiados de su entusiasmo para darle más honra. Y lo vio durante muchos años.

Cumplió su objetivo de ser capataz a finales de los 50, despertó su solidaridad cofrade y su amplitud de miras y se entregó a su Señor y a su Madre fuera cual fuese su advocación para pasearlas con júbilo. Hasta 26 Imágenes de su querida Córdoba y provincia fueron dirigidas por su voz firme de cálida cercanía. En el año 61 ya dirigía a costaleros profesionales con las cuadrillas de D. José Gálvez, querido hermano de que fue su mentor en el arte del martillo.

Hubo de sacrificar muchas cosas y muchos momentos personales para entregar una vida entera a su ilusión cofrade, pero no le dolió prenda alguna porque estaba seguro de hacer una trascendente obra para una semana santa cordobesa agonizante en los años 60 – 70.

Rodeado de algunos valientes se embarcó en travesías casi solitarias para mantener viva su hermandad y además la Semana Santa de Córdoba. Y por fin consiguió poner las bases para que los hermanos jóvenes se convirtieran en portadores de sus imágenes convirtiendo un reto penitencial en la fuente que llenó de savia nueva nuestras hermandades para que llegara el esplendor que disfrutamos hoy.

Requerido por D. Rafael Zafra, amigo y hermano mayor de la Expiración preparó a la primera cuadrilla de costaleros hermanos en Córdoba ayudado por Ignacio Torronteras, segundo capataz de las cuadrillas de Rafael Muñoz. Yo que asistía a aquellos ensayos como contraguía que era, recuerdo la ilusión, el mimo y la disciplina con la que aquellos primeros costaleros realizaban meticulosos ensayos dentro de la Iglesia de San Pablo para conseguir un reto que se antojaba difícil y que superaron de manera sobresaliente en la salida procesional del Martes Santo de 1975 dirigidos en su salida por Ignacio Torronteras, ya que él debía sacar el Palio.

Después de esto vinieron a sumarse al movimiento cofrade-costalero y dirigidos por él, el Santo Entierro, La Paz, Desamparados de Santiago, Alegría, Buena Muerte y Reina de los Mártires, Caridad de San Andrés, Angustias, Santa Cena de Puente Genil… llegando a tener ensayos de costaleros todos los días de la semana desde Noviembre a Semana Santa, y colaborando con otras muchas hermandades de Córdoba y provincia.

Después de mucho camino, sus hermanos cofrades supieron ver en él un ejemplo y así se lo reconocieron con los nombramientos de Cofrade Ejemplar de la Agrupación de Cofradías y Hermano de Honor de su hermandad de la Paz. Se sintió orgulloso de ello, aunque cotidianamente lo que le alimentaba su orgullo vanidoso era el sentirse querido, siempre abordado en su deambular de cofradía en cofradía, de acto cofrade en acto cofrade, de reunión cofrade a tertulia. “Hombre Rafalito, tómate una copa con nosotros”. Y derramando sabiduría con olor a incienso crecía olvidando el tiempo, el descanso, y hasta lo más querido.

Como capataz no le faltó nunca esa inquietud siempre viva, esa seguridad en sus convicciones, esa creatividad improvisada, ese carisma y liderazgo que dejó detrás un remolino de capataces y costaleros embriagados de amor al mundo de la trabajadera. Lo mismo inventaba una levantá, que descubría que el varal suelto daba un movimiento armonioso y elegante para que todos le siguieran, o lo mismo hacía intrépidamente la maniobra más difícil e inimaginable, o convertía en superhombres una corta cuadrilla de jóvenes imberbes, y en otras tareas cofrades lo mismo diseñaba las medidas de un paso, que montaba un altar de cultos o colocaba la candelería del paso de su Paz…y en la intimidad hasta podía hacer alguna poesía.

Esto era lo soñado y lo que conformó su felicidad, llevar una vida cofrade plena y ver como su hermandad y nuestra Semana Santa se hacía grande. Su espíritu cofrade y cristiano convencido le habrá llevado a sentarse allí arriba muy cerquita de Ella y ver desde allí lo que hoy queremos decirle y a lo mejor nos faltó decirle en persona ¡cuánto nos has enseñado, gracias!

Gracias maestro, mi capataz, yo sólo pido consciente de la sombra alargada que has dejado haber sido y ser capaz de llevar tu apellido con la dignidad que tú te ganaste.

Tu hijo que te quiere.

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