El Capirote, Opinión

Normas no escritas

Partió la Salud desde San Gonzalo, sin diadema. Al igual que hicieran la Esperanza de Triana, la Estrella y la O cuando fueron coronadas, la titular de la corporación del Lunes Santo continúa una tradición que ya iniciaran las anteriores dolorosas camino de la catedral ― excepto la O, que fue coronada en el Altozano ―. Una costumbre que parecen seguir las imágenes marianas que son coronadas canónicamente y que llegan desde el viejo arrabal. Lo mismo sucede con la visita que el pregonero realiza a la capilla de las Aguas donde recoge el pañuelo de las manos de la Virgen Niña de Guadalupe, ya en su paso de palio, antes de torear poéticamente en el teatro de la Maestranza, en aquella mañana donde se anuncia que ya queda poco para que los capirotes blancos lleguen al parque de María Luisa.

En Sevilla, y sobre todo en lo relacionado con el mundo cofradiero, las tradiciones emergen y son guardadas con celo. Algunas acaban perdiéndose, a pesar de todo, otras son rescatadas antes de perecer, como sucedió con la llamada a las puertas de la parroquia de San Lorenzo cuando la Soledad entraba en su templo, en medio de una plaza abarrotada, de sentimientos y saetas encontradas. Hace décadas apenas los mayores solían despedirse hasta el próximo año tocando con los nudillos; hoy en día uno contempla cada noche de Sábado Santo cómo se abalanza una ingente multitud sobre la puerta.

Llega invierno a su ecuador y ya San Julián se convierte en el centro del primer Vía Crucis y en San Vicente se levantan los cirios conformando un quinario que es un clásico y un indicio de que la espera se acorta. Y se suman nuevas tradiciones, ¿quién no va a acercarse ahora a San Antonio para contemplar el buen hacer de la priostía que nos descubre imponentes montajes cuando pensábamos que ya todo estaba inventado? ¿Cómo no va a presentarse la Virgen de las Tristezas de hebrea con los cabellos parcialmente descubiertos? Ahora es impensable imaginarla de otro modo, que no sea el de su belleza potenciada por el buen hacer de su vestidor. ¿Cómo vamos a imaginar la Soledad de San Buenaventura sin que nos sorprenda desde que Grande de León recuperara de entre fotos antiguas y documentos una estampa de siglos pasados que cada Viernes Santo nos lleva a tiempos pretéritos?

La Virgen de la Salud se encontró con su barrio, sin corona, en esa norma no escrita que iniciara la Esperanza de Triana el 2 de junio de 1984. El año que viene será la Virgen de la Victoria de las Cigarreras quien cruce el puente camino de la catedral. ¿Irá sin corona? ¿Se convertirá entonces en una tradición no solamente de las dolorosas que viven en Triana sino de las que llegan del otro lado del río? Los días ya han comenzado a menguar, en un reloj que desde Los Remedios se mira en el río. Quién sabe. La historia de la Semana Santa es también la de las tradiciones que varían, menguan, vuelven a aparecer, pero nunca pierden su esencia.

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