Córdoba, El Cirineo, Opinión

Nunca el tiempo es perdido

Dijo una vez un sabio que “la vida es una sucesión de momentos que, secuencialmente dispuestos, configuran nuestro devenir cotidiano”. Ocasionalmente estos instantes ocupan un recoveco de nuestra memoria, convirtiéndose en recuerdos. Y es que como escribió el gran Manolo García, que lo es pese a su deriva podemita, “nunca el tiempo es perdido, es sólo un recodo más en nuestra ilusión ávida de olvido”. Los recuerdos permanecen, por más que quisiéramos tachar en ocasiones algunos detalles que los envuelven.  

Hay muchas teorías que difieren a la hora de determinar qué es lo que provoca que esta conversión de vivencias en recuerdos se produzca. Algunos dicen que penalizamos aquello que nos produce dolor o rechazo y que tendemos a recordar únicamente los momentos positivos que nos afectan. Desde luego ésto no es del todo cierto. Si así fuera el baúl de nuestros tesoros solamente conservaría recuerdos gratos y en cambio, muchos de los que desearíamos olvidar para siempre, ocupan un hueco en nuestra memoria. No obstante es evidente que la mayoría de los recuerdos que conservamos cuando evocamos nuestras vivencias con las personas que han compartido sueños a nuestro lado suelen ser positivos.

Probablemente el paso del tiempo hace que nosotros mismos inconscientemente tergiversemos estos recuerdos y lo que ahora nos parece maravilloso, en realidad no lo fuera tanto en el momento en que los vivimos. Pero la mente humana es así, complicada. Cualquiera que haya vivido una hermandad, que haya vivido en una hermandad, que casi se haya criado en una, atesora múltiples pedacitos de vida entre olor a cera derretida y nubes de incienso. Algunos de estos pedacitos implican un gran significado para todos y otros solamente son importantes para uno mismo. Resulta curioso que al relacionar mentalmente estos recuerdos, muchos de los que conservo con más cariño sean de este último grupo, de los que podrían resultar más o menos insignificantes.

Hoy, y os pido perdón de antemano, os quiero hablar de esos recuerdos insignificantes que tanto significan para mí.

Mi memoria se pierde en la lejanía de la infancia e irremediablemente aparece ligada a muchos de los que compartieron mis pasos. Recuerdo cuando llegaba cada final de enero el Día de la Paz, con Capuchinos repleto, los bancos por supuesto y los laterales a rebosar. Recuerdo que era uno de los días más especiales del año. Y la comida de hermandad al terminar la misa, a la que siempre acudíamos los mismos, en familia, cuando éramos una familia.

Recuerdo el día en el que el Palio de la Reina se montó completamente en Capuchinos y cómo se hizo primavera aquél veinticuatro de enero y cómo un sonido ancestral de flauta y tamboril inundó mi barrio y la Blanca Paloma quedó entronizada en el corazón de la candelería de la Paloma de Capuchinos, y cómo al toque del llamador sus bambalinas se mecieron entre los muros de la que era nuestra casa.

Recuerdo una noche en pleno montaje de Cuaresma, siendo un niño; alguien nos dijo “id a la Iglesia y traed…” algo, no recuerdo qué… que se había quedado olvidado. Recuerdo que Capuchinos estaba casi a oscuras y que cuando recogimos lo que habíamos ido a buscar miramos al Señor; no recuerdo quién de los dos lo hizo antes y quién aviso al otro. El efecto óptico nos hizo ver que Él estaba moviendo las manos. Ahora sabemos que fue un efecto provocado por la diferencia de luminosidad entre la Casa Hermandad y la Iglesia semioscura, pero entonces… salimos corriendo sin mirar atrás hasta refugiarnos en la seguridad de la compañía de los adultos. Probablemente mi acompañante, con quien perdí mi relación por las cosas de la vida, a pesar de compartir nuestro esfuerzo bajo las trabajaderas, y a quien muchos situaron al frente de un proyecto suicida lo haya olvidado, pero yo lo recuerdo como si lo hubiese vivido ayer.

Y aquellas misas de nazarenos con Capuchinos teñido de blanco inmaculado, y aquél empujar -literalmente- nazarenos a la calle cuando el cortejo aún salía del templo, mientras muchos se escondían por el Convento para salir los últimos y ser de los afortunados que alumbrasen con el cirio el brillo de Su Mirada.

Y aquella madrugada con Gregorio, mientras Fernando Morillo colocaba cuidadosa y milimétricamente la candelería del palio de Nuestra Madre; y aquella Salve del maestro Rafael Castro, olvidada por el tiempo, que fue germen de lo que hoy es el Coro Paz y Esperanza. Y aquellos ensayos de carpetas azules los jueves por la noche con Mari Carmen, Ramón, Tere, Carmen Mari, Miguel, Jesús, José Ignacio…, cómo te hemos echado de menos José Ignacio… cómo os echo de menos a todos… y cuando llegaron Juan Jesús y Paco y Justo y Morales… y Carmen y Ana y Mercedes y Juan Tinahones… y tú que compartes con tu sonrisa mi vida… y tantos otros que sería imposible nombrarlos a todos.

Nunca olvidaré aquella mañana de Viernes Santo sevillano, cuando nos despertaste a Juan Jesús y a mi con un “me voy para Triana”, y cómo nos metimos a cangrejear los tres delante de la Reina de la Pureza, desde Pagés del Corro hasta su misma puerta… ni olvidaré a aquella gitana mirándola a la cara y diciendo en voz alta, “mírala qué carita de cansada trae… claro, si te han tenido paseando por Sevilla toda la noche…”; nunca olvidaré que con ese sencillo gesto me enseñaste a quererla también a Ella…

Y recuerdo todas las papeletas de sitio desperdigadas por el salón de mi casa, para ordenarlas con mi padre por orden alfabético, una a una… Y bajar túnicas desde el altillo y los repartos con Diego Luque y Manolo Jiménez, y a Diego Almirón buscando cajas de equipos de nazarenos…

Recuerdo las primeras misas del gallo y cómo se fue llenando Capuchinos poquito a poco, año a año, y la limpieza de “aquella manera” de piezas de candelería, cuando no existía tanta fuente de la que beber, y a Fernando y Angelita cuando eran novios y a Salvador Hurtado con su fila cero y a Fray Ricardo, con sus cosas, por supuesto, pero inolvidable para todos. ¡Cuánto te debe la Paz, hermano, y qué ingrata es la memoria!

Son tantos recuerdos, que ahora, cuando uno ya peina canas y piensa en el presente, se pregunta con el sentimiento a flor de piel, cómo hemos llegado a donde hemos llegado. Cómo es posible que olvidemos lo que de verdad importa por cuestiones a veces políticas, a veces pueriles. Cómo somos capaces de perder el contacto los que soñamos las mismas cosas, muchas veces sin saber el motivo o sabiéndolo, sin ser capaces de valorar más los maravillosos momentos vividos que los que nos hayan separado…

Imagino que es la vida la que quiere robarnos inútilmente el tesoro de lo vivido, como si tuviésemos que demostrar a estas alturas nada a nadie, y que los seres humanos somos así, pero resulta inevitable que en ocasiones, la melancolía me inunde y me asalte la tristeza y es entonces, en la penumbra de la noche, mientras viene a buscarme Morfeo para llevarme al mundo de los sueños, cuando un pensamiento agita mi alma… ¡Ojalá pudiese desandar esos caminos que han alejado mis pasos de los que caminaron conmigo!

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