El Rincón de Costal Hero, Opinión, Sevilla

O las autoridades nos ayudan a salvar nuestra Semana Santa o lo haremos los sevillanos

¡Tos por igual valientes!. ¡A esta es!

Hoy no toca hablar de incienso, ni de música, ni de flores, ni de chicotás imposibles, ni de bambalinas acariciando los balcones. Hoy no toca hacer poesía ni chascarrillos. Hoy toca dejar la broma a un lado y coger el toro por los cuernos. He estado en silencio, leyendo, escuchando… pensando sobre todo lo acontecido la pasada Madrugá. Ya es suficientemente triste, mi arma, que tengamos que hablar de eso y no de las múltiples escenas maravillosas que podemos echarnos a la memoria para construir un nuevo altar de recuerdos. Y todo por culpa de una piara de malnacidos, cuatro o cuarenta. Yo, desde luego no pienso que hayan sido cuatro. Me parece imposible que en una ciudad como la nuestra cuatro niñatos, por más que sean cuatro terroristas, sean capaces de destruir toda una Semana Santa y que nadie sea capaz de partirles la cara. Esto, y no lo digo solamente yo, obedece a otro origen. No me toca a mí descubrir lo ocurrido, pero desde luego no me van a hacer nadie comulgar con ruedas de molino. Hechos coordinados, organizados, de desconexión nada de nada, lo diga Agamenón o su porquero. Hay una acción concebida por unos sinvergüenzas que con tal de destruir aquello que odian, han puesto en riesgo la integridad física de muchas personas, niños incluidos. Hay muchas imágenes que no se me borran de aquella noche. Y entre las más dolorosas están las caras de esas criaturitas que salían por primera vez a ver o a participar en una Madrugá, muertos de miedo, llorando, abrazados a sus papás y a sus mamás porque un grupo de animales ha decidido que quiere reventar nuestra historia. Un grupo de terroristas, que han podido causar una auténtica tragedia. Imaginen si un niño se cae al suelo y es arrollado por la multitud.

Luego vendrán los análisis sesudos, políticos, psicológicos o sociológicos… echarle la culpa a la educación, a la sociedad o a los puñeteros o tal vez pobres padres de esta gentuza. Pero el origen del problema tal vez estuvimos a tiempo de abordarlo y solucionarlo en el 2000, cuando desde las más altas esferas se decidió callar lo sucedido porque dañaba la imagen de la ciudad. Entonces no se actuó con contundencia, mejor dicho, no se hizo nada… y de aquellos polvos han venido estos lodos. La única solución posible, a estas alturas de la película pasa por blindar las calles, pero de verdad. Y mano dura. Porque si la respuesta de la sociedad es poner una multa de 480 euros al bastardo que gritó Alá es grande para provocar el miedo y una estampida, la próxima vez lo normal será que algún sevillano, con lo que hay que tener, en vez de llamar a policía le eche los dientes abajo de un ciriazo de manera inmediata, al menos mientras los recoge no le quedarán ganas de seguir rebuznando. Lo dijo ayer el alcalde que, por una vez, y sin que sirva de precedente, me gustó. Queremos saber. Los sevillanos queremos saber. Toda la verdad, sea cual sea y caiga quien caiga. Y medidas contundentes. Lo de los 480 es una puñetera broma. Porque los sevillanos estamos hartos, muy calientes, muy quemados… y o las autoridades nos ayudan a salvar nuestra Semana Santa o lo haremos nosotros, el pueblo, los sevillanos.

¡Ahí queó!

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