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Córdoba, El Cirineo, Opinión

Quien siembra vientos recoge tempestades

El refranero español es ese gran pozo de sabiduría capaz de albergar en sus entrañas las verdades del barquero mediante la utilización de frases hechas comúnmente utilizadas y difundidas, algunas de las cuales llevan empleándose siglos sin que el transcurso de los años haya mermado ni un ápice de su vigencia. “Quien siembra vientos recoge tempestades”, “otros vendrán que bueno te harán”, “entre todos la mataron y ella sola se murió”, “quien a hierro mata a hierro muere”, “a todo cerdo le llega su San Martín”… refranes todos ellos cargados de un profundo significado simbólico que el común de los mortales ha utilizado alguna vez en su vida y que son perfectamente aplicables a muchas situaciones reales de nuestra cotidianidad.

Por descontado, estas expresiones también pueden ser perfectamente usadas con gran tino para describir multitud de situaciones que con gran frecuencia se producen y desarrollan en el seno del universo cofrade. Todos conocemos más de una hermandad que ha sufrido una extraña metamorfosis convirtiéndose en cortijo particular de unos pocos. Coto privado de caza del que se ha ido expulsando paulatinamente a todos aquellos elementos incómodos para quienes mandan. Conversiones favorecidas y potenciadas por una multiplicidad de factores que cuando todos ellos confluyen son capaces de diluir como un azucarillo lo que antaño parecieron fuertes muros. Factores en ocasiones relacionados con el hastío y el hartazgo personal de quienes tienen cosas que hacer más importantes en la vida que dar codazos a diestra y siniestra por una silla o un carguillo, o responder con una ternura infantil que produce sonrojo en un muro de facebook. En otras ocasiones son otros elementos los que concurren para permitir esta indeseable metamorfosis. “Cada perrito que se lama su…” ya saben como sigue, no nos pongamos zafios. Cuestiones en cualquier caso derivadas del libre albedrío, de la libertad personal de quien decide salirse del camino, abandonar el redil y dejar de luchar en definitiva por algo que un día fue suyo, por un proyecto común del que en algún momento se sintió partícipe, de un techo bajo el que se cobijaba como si de su hogar se tratase y que hace mucho tiempo dejó de serlo.

Las menos de las veces el señalado, el disconforme, el criticado, adopta una posición divergente erigiéndose en exiliado o paria y decide igualmente, en el soberano y legítimo ejercicio de su libertad, levantar la voz para denunciar aquello que considera injusto, erróneo o sencillamente expresar alto y claro que no claudica con la imposición de unos cuantos, mayoría o no, y que está dispuesto a echarse al monte por defender aquello que merece ser defendido. Es entonces cuando desde el poder comienza a desarrollarse la etapa del desprestigio personal y del hostigamiento más canalla a través de la persecución, la amenaza y el insulto barriobajero que no hace más que materializar el famoso refrán que lo reduce todo a un infantil o estás conmigo o contra mí.

Es cierto que todo este tipo de comportamientos pueriles se alimentan de elementos accesorios como la animadversión manifiesta que llevada al extremo es capaz de mutar en odio puro y duro. Sentimientos profundamente enraizados en la esencia misma del ser humano que forman parte de su naturaleza, por lo que su concurrencia a nadie debería sorprender, de no ser porque estos episodios se desarrollan en el seno de entidades presuntamente adscritas a la iglesia católica – aunque a veces esta adscripción se reduce a una cuestión meramente formal y nominativa, lamentablemente – y se alcanzan niveles de cinismo tal que se afea a un hermano el hecho de no haber vestido túnica sin ni tan siquiera haber perdido un instante en intentar interesarse por los motivos que han provocado esa situación, evidenciando lo que realmente importan las personas, cuando su presencia no se materializa en adhesiones inquebrantables y votos que perpetúen gobiernos caciquiles. Al final todo se limita a eso; a un repugnante apego al poder, al ansia de notoriedad, a ser famosillo circunstancial, al afán de pasar a la historia como sea y contra quien sea, aplastando a quien sea menester, dejando cadáveres en el camino si es necesario con tal de perpetuarse en un miserable sillón lleno de incomprensibles beneficios para quienes asistimos estupefactos desde la distancia como hay quienes son capaces de destruir entidades y personas sin el más mínimo remordimiento, y desde luego vacío de cualquier atisbo de sentimiento cristiano y de del más mínimo amor al prójimo.

Y así seguimos, girando en una rueda infernal que hace tiempo desterró la paz social de algunas de nuestras hermandades, en las que el todo vale se instauró con una fuerza inusitada incluso para los más pesimistas y que ha matado el futuro para siempre, convirtiendo en corporaciones huecas, secuestradas por un puñado de matones prácticamente a sueldo, que solamente pueden ser consideradas hermandades porque en su título se incluye semejante sustantivo sin que ello implique significado derivado alguno, por más que se intente disfrazar la nada de proyectos faraónicos que a muy pocos interesan verdaderamente, porque en realidad desconocen su auténtico significado. La pregunta que a veces uno se hace es ¿qué obliga a seres humanos que no comprenden cómo puede desvirtuarse una corporación de este calado hasta alcanzar semejantes niveles a no cerrar las puertas para siempre y huir sin mirar atrás? Y créanme que la respuesta es muy compleja. Tanto que muchos somos incapaces de formularla. Puede que sea la costumbre, tal vez la negación o quizá un extraño sentido de la justicia o un “no me da la gana que se salgan con la suya”. Puede que todo un poco al mismo tiempo. Supongo que a fin de cuentas esta fase no es permanente y la consecuencia lógica, el horizonte que se halla al final del sendero sea el exilio definitivo.

No obstante, la opción por el exilio, no ha de menoscabar en modo alguno el ejercicio de la libertad de expresión, esa cuyo significado algunos desconocen y que ha reinar el compromiso ineludible de aquellos que se visten por los pies. Tal vez seamos pocos los que seguimos estando en el mismo lugar en el que siempre estuvimos porque jamás hemos sucumbido a la tentación de un puesto más o menos relevante ni al chantaje mafioso de quienes creen tener la sartén por el mango. El honor no se compra, la honradez tampoco, se tiene o no se tiene, y desde luego no se negocia. Quien tiene la verdad de su parte ha de defenderla contra viento y marea y nunca, nunca, dejarse avasallar por el temporal circunstancial. Tomen buena nota aquellos que pensaban en su infinita prepotencia y ridícula incompetencia, haber ganado la guerra cuando han demostrado ser incapaces de ganar una batalla, porque nada se gana cuando el castigo carece de importancia. Y por más que algunos infames personajillos jamás alcancen a comprenderlo, el amor y la devoción no se reduce a ser socio numerario de club alguno, permanecen para siempre, contra viento y marea, frente a las advertencias, las amenazas, los ataques furibundos y el odio más visceral y despreciable. Lo que de verdad importa siempre permanece inalterable, eternamente… en cambio los aspectos y las personas accesorias acaban formando parte del olvido, por más que haya quienes quieran pasar a la posteridad llenando de fotos el presente con el anhelo inconfesable y sonrojante de perpetuarse en la memoria colectiva futura. Porque quien llena de cadáveres su camino acaba recibiendo su misma medicina. No olviden lo que les decía al principio: quien siembra vientos, recoge tempestades.

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