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El Capirote, Opinión, Sevilla

Tiempo de lobbies

Bastante se está hablando de los lobbies o grupos de presión, que sería lo propio en un país donde el español es el idioma oficial. Surgen grupos de personas que tienen una importante capacidad en lo que respecta a la hora de tomar decisiones políticas y económicas. En la Semana Santa también tenemos una serie de lobbies que intervienen desde la trastienda, aunque a algunos les cueste reconocerlo. Pueden encontrarse por colores, jornadas o barrios. No es nada extraño, pues aunque la palabra anglosajona nos suene ahora a modernidad, siempre han existido grupos que han intentado impulsar sus iniciativas presionando a quienes se han encontrado comandando el barco.

Obra perteneciente a la exposición “Que se me paren los pulsos”, del artista sevillano Juan Saldaña.

Lo más sorprendente es que, quienes forman parte de la Semana Santa, conscientes de lo que supone ejercer una presión, prefieran mirar para otro lado, porque consideran que ir en contra de ellos supondría un mal que dañaría la imagen de la Semana Santa. De unos años a esta parte se hablaba de los cangrejeros, pero a ver quién les dice que se aparten del paso, sobre todo después de que desde un primer momento no te atajase un panorama al que incluso se le dio alas desde dentro de algunas hermandades. Y ahora nos encontramos con toda una caterva a la que nadie se atreve a decirles ni tan siquiera que levanten los pies porque detrás hay un adoquín sobresaliendo que puede causarles una caída.

Durante las pasadas fiestas navideñas también se ha hablado bastante del lobby gay, pero no encontrarán en la prensa un artículo que hable de ellos, aunque en medios de según qué ideología sería hasta lo lógico si se mira desde la óptica de la línea del medio. No lo harán, no porque teman los comentarios de las redes sociales ― suelen lanzar dardos más envenenados ―, sino porque supondría enfrascarse en una batalla en la que tienen todas las de perder. Algunos lo comentan en sus círculos ― Sevilla no es Nueva York ―, y aunque muchos desconfían e incluso creen que los gays son un círculo organizado como si fuera una policía secreta, no pueden gritarlo a voces porque también podrían acabar rebelándose contra ellos personas de esta orientación que tienen entre su grupo de amigos.

Desde esta sección de opinión yo me propongo lanzarle un reto a todo este tropel que se reúne de etiqueta en conocidos restaurantes del centro a que sean capaces de decir lo mismo que comentan cuando están devorando la carne como si no hubiera un mañana y largando más culebras que sapos sobre lo que consideran grupos de presión. Si no lo hacen por temor a las represalias, ¿por qué lo gritan a los cuatro vientos en una sala que además está repleta de público? Vuelvo a repetir, Sevilla no es Nueva York. Por este motivo, situaciones como estas son de inconmensurable atención y pronto llegan a oídos de más gente de la que debiera enterarse. Del mismo modo que, aunque muchos se escuden en sus marcas y parezcan ser una piña, luego cada uno campe a sus anchas. Como sucede con los lobbies. ¿Sería mejor hablar menos de que hay grupos que presionan para beneficiarse de ciertos cambios y centrarse en resolver las luchas intestinas que hay en el seno de algunas hermandades?

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