Cádiz, Mi luz interior, Opinión

Un castigo miserable

Hay noticias que leo, que cuando las leo, no salgo de mi asombro. La que se ha liado en Cádiz por un miserable cambio horario es de película. De película de miedo. Porque en lo que ha derivado el asunto del Perdón podría ser catalogado de muchas formas menos de noticia relacionada con la Semana Santa y muchísimo menos con la Iglesia, al menos lo que yo entiendo por Iglesia, o lo que yo creo que debería ser la Iglesia Católica. Aunque visto lo visto, y cómo se las gastan determinados curas, es más que probable que peque continuamente de ingenua.

Les prometo que no alcanzo a comprender como unos y otros han llegado a tensar la cuerda de manera tal que se haya roto por supuesto por el lugar más débil, como siempre. Mediré bien mis palabras, no me apetece una denuncia que provenga del Obispado de Cádiz, que viendo como se las gastan ciertos personajillos, yo no descartaría absolutamente nada. De entrada, modificar el horario de la hermandad, de una cofradía, no debería tener mayor trascendencia, si no fuese porque este horario está establecido en las reglas de la corporación. Reglas que son sagradas, que están aprobadas democrática y mayoritariamente por los hermanos de la Hermandad y que como tales, son normas de obligado cumplimiento. Y a partir de ahí, cualquier consideración que se quiera hacer al respecto está fuera de lugar.

Modificar unilateralmente las normas que los hermanos de una corporación se han dado, pasándose por el forro cualquier consideración democrática, en los tiempos que corren y en pleno siglo XXI es sencillamente increíble. Luego, podremos analizar si la hermandad podía o no haber puesto de su parte, intentando cierto diálogo y no enrocarse hasta alcanzar el punto de no retorno que se ha alcanzado. Es verdad que muchos hermanos del Perdón se habrán sentido ultrajados, vilipendiados menospreciados y habrán sentido en sus entrañas un montón de sentimientos similares pero aún así creo sinceramente, desde el respeto, que a todas las partes les ha podido la soberbia.

La decisión, de no salir a la calle la pasada madrugada fue, como les decía, un punto de no retorno, pero legítima y soberana, diga lo que diga el Obispado, cuyos responsables se han comportado como matones de taberna y no como miembros de la curia, ¡valiente ejemplo!. Cualquier hermandad, si así lo decide su máximo órgano de decisión, puede determinar salir o no salir a la calle, sólo faltaría que el clero pudiese obligar a salir a la calle, ¿verdad?… pues eso es exactamente lo que ha sucedido en Cádiz. Los hermanos del Perdón, mayoritariamente, sintieron que sus derechos habían sido agredidos y esgrimieron dos verdades que les amparaban, las reglas de la hermandad y su decisión democrática y soberana. Ambas han sido pisoteadas demanera humillante por el Obispado de Cádiz, que por no haber recibido la obediencia ciega por parte de quienes han rechazado comportarse como una panda de borregos, que al parecer es lo que se exige desde el Palacio Episcopal a los cristianos gaditanos, cofrades o no. Una vergüenza se mire como se mire.

La decisión adoptada por la mayoría de los hermanos de la cofradía gaditana fue quedarse en casa y la furibunda, soberbia, chulesca y prepotente respuesta del Obispado, más propia de un capo que de quienes debe pastorear al rebaño, un castigo infame por no obedecer de manera borreguil la exigencia de pasarse por el forro las propias reglas de la Hermandad, las normas de obligado cumplimiento, porque alguien, justificadamente o no, decidió que así debía ser. Un castigo que supone destruir las ilusiones de muchos gaditanos que vivirán esta innombrable acción, no como un pataleo o una rabieta de alguien a quien no le hacen caso, sino como un ataque despiadado a sus más íntimas creencias, a sus más hondos sentimientos, provocando un daño irreparable en la relación entre sacerdotes y fieles que ha quedado herida para siempre. Que les explique el mismísimo Obispo a todos los niños que forman parte de la cofradía que el año que viene no podrán salir “por sus santos bemoles”. Y el arguento de que este año tampoco han podido no me sirve, que unos hayan podido equivocarse o no, no concede derecho de pernada. ¿Dónde está el perdón y la caridad cristiana?. Un bochorno repugnante al que el resto de cofradías asiste impasible o peor aún acojonadas, olvidando que por mucha obediencia que se le deba a la más alta jerarquía, vale morir de pie que vivir cien años de rodillas.

Muchos han sido los ejemplos en los que miembros de la alta jerarquía eclesiástica, algunos de los cuales parece que desconocen el Concilio Vaticano II, han aborchornado y avergonzado a los cristianos de a pié. Que le pregunten a los que durante décadas soportaron el silencio, el rechazo y en el peor de los casos el odio infrahumano de parte del clero vasco proetarra o a los españoles que viven en Cataluña bajo una iglesia que ampara el independentismo excluyente contra una parte de la población, por no hablar de personajillos tóxicos como la monja jartible que rebuznan por doquier sin que desde el Vaticano se diga ni mu.

La propia iglesia gaditana ha perpetrado un buen número de atropellos contra las cofradías y los cofrades. Recuerden cómo llegó Nuestro Padre Jesús del Silencio a Córdoba, sin ir más lejos, o las cofradías cuyas cúpulas de un modo u otro han sido destituídas castigando a los hermanos de la corporación sin hacer Estación de Penitencia, es decir sin dar culto al Santísimo Sacramento del Altar, en virtud del inconcebible artículo 82 de los Estatutos Diocesanos que establece que “Cuando por cualquier motivo sea cesada o renuncie la Junta de Gobierno, durante el periodo transitorio, hasta la celebración del nuevo cabildo, corresponderá la administración ordinaria de la Hermandad o Cofradía a un Comisario, nombrado por el Delegado Episcopal, oído el Director Espiritual, el Consejo Local y el Secretariado Diocesano, quien designará a su Junta Gestora que deberá ser ratificada por el Delegado Episcopal para las Hermandades y Cofradías, limitándose su actuación a celebrar los actos de culto interno y suspendiéndose todos los actos de culto externo y sociales”. Seguro que a quienes concibieron semejante burrada, que han sufrido el Huerto y la Salud de Tarifa o el Perdón de La Línea, no se les ocurrirá que durante ese tiempo las hermandades dejen de aportar al Fondo Diocesano Común, también llamado impuesto revolucionario por una prima mía, o de poner en práctica su impagable labor social las cofradías que se vean impunemente mancilladas de este modo. Porque claro, una cosa es pisotear vil e impunemente los derechos de los cofrades y otra muy distinta que dejen de pagar o tener que hacer lo que las cofradías hacen todos los días por los demás.

Y lo peor de todo, como les decía, el servilismo, el borreguismo y el adocenamiento del resto de hermandades gaditanas, cómplices silenciosas de este despreciable atropello ante el que deberían levantarse todas juntas, a voz en grito para exigir que el respeto que merecen. Suspendiendo, todas, su salida procesional mientras no se haga justicia con el Perdón, por poner un ejemplo, a ver si son capaces de explicar a los gaditanos desde Palacio que por su infinita soberbia Cádiz se queda sin Semana Santa, logrando, dicho sea de paso, lo que ni Podemos algunos decían que pretendía, por solidaridad, por respeto a sí mismos y por una simple cuestión de supervivencia. Ha quedado claro que la única opción que les queda a las hermandades de Cádiz es arrastrarse por el fango cuando así lo ordenen desde el Obispado, sin rechistar, sin cuestionar. “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar”, dice el refrán. Pues aplíquense el cuento, cofrades de Cádiz, pueblo de Cádiz… Este es el momento de ser valiente o guardar un humillante silencio por los siglos de los siglos. 

He dicho

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