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El Cirineo, Opinión

Una forma más hermosa de ser cofrades todo el año

Cuando yo era niño, la Navidad empezaba el día 22. Es cierto que los anuncios de la televisión ya impregnaban de sabor y colorido las semanas previas a ese día, que el alumbrado navideño iluminaba el centro desde la Inmaculada y que precisamente, desde ese puente, teníamos en casa puesto el Nacimiento y el árbol. Pero hasta que la cantinela de los niños del Colegio de San Ildefonso no llegaba a nuestros oídos esa mañana mágica, no era verdaderamente Navidad. Seguramente es normal que los seres humanos tiendan a bañarse en la nostalgia y que este sentimiento altere nuestros recuerdos haciéndonos creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero yo desde luego así lo siento cada vez que llega la Navidad. La que ahora vivimos no empieza el día de la lotería, ni siquiera el de la Inmaculada (que ya era adelantarse). Ahora tenemos villancicos en los grandes almacenes a finales de Noviembre y felicitaciones navideñas circulando por internet desde el día de la “purísima constitución”. Es lo que tiene el imperialismo yankee supongo. Y el mimetismo.

Para los que vivíamos cerca de una cofradía o directamente en ella, aquellas eran navidades de hermandad pero no eran navidades cofrades tal y como lo entiende hoy el común de los mortales. Separábamos temporalmente el tiempo de Cuaresma del de las fiestas de primavera y éstas de la época de los mantecados y los turrones. Se trataba de ir viviendo secuencialmente cada época del año pero sin mezclarlas. No digo que eso sea malo necesariamente. No pasa nada por escuchar marchas en diciembre a pesar de que a nadie se le ocurre poner villancicos en verano, pero afortunadamente, la libertad está entre otras cosas para eso, para escuchar la música que a cada cual le apetezca sin que nadie venga a decirte lo que debes oír o no.

Ni siquiera los que disparan desde una posición de superioridad moral agazapados en capillas virtuales, sin el más mínimo respeto a que cada cual escuche la música que quiera, olvidando que los tiempos de censura musical de Jueves Santo ya terminaron a poco de morir la dictadura. En muchas cofradías, esos coros rocieros que tanto le repelen a los que sientan cátedra sin que nadie les haya dado carnet de “experto en tradiciones verdaderas” son el germen de lo que hoy son los grupos jóvenes que tanto se alaban en la actualidad. Pero hoy no vengo a hablarles de los que quieren imponer su gusto a todo el pueblo cofrade, de modo que retomemos, que nos vamos por los cerros de Úbeda.

Nuestra realidad cofrade actual hace que muchos vivamos entre marchas, incienso, fotografías y vídeos todo el año. Ya he dicho que no hay ningún elemento nocivo en ello, en mi humilde opinión, siempre que ello no suponga olvidarse del resto de tradiciones que acompañan nuestra cultura. Cuando se termine el nuevo CD de Tres Caídas de Triana, pongamos el de Villancicos de Virgen de los Reyes… y luego uno del Coro de Almonte, o Adeste Fideles o El Tamborilero de Raphael… Aprendamos a darle su sitio a cada época del año y así saborearemos cada instante con más intensidad.

Vivimos en una permanente Cuaresma de segunda división, como si ser cofrade se redujese a vídeos de palios en Campana y discos de cornetas en el coche y en casa cada día del año y olvidamos lo que de verdad importa, lo que de verdad debería significar ser cofrade y ser cristiano todo el año. La caridad navideña es maravillosa, pero no podemos olvidar que las personas comen y se visten todos los días. Y es nuestra obligación como cofrades y cristianos tenerlo muy presente. La caridad en esta época es de alabar, pero las hermandades tienen la obligación de hacer mucho más. Nunca perdamos de vista que esa debe ser nuestra mayor motivación, nuestro más elevado objetivo. Lo de las bandas, bordados y demás es importante, no seamos demagogos, pero la solidaridad lo es mucho más; es lo más importante. Y no podemos quedarnos en recoger alimentos un par de veces al año.

Sin ánimo de generar polémica ni personalizar, una hermandad que puede bordar un palio en un año, no puede limitar su acción social a la recogida de alimentos. Y si hay hermandades que individualmente carecen del potencial para asumir empresas de mayor envergadura asóciense por días de salida, barrios o parroquias, que en este asunto no se trata de ponerse medallas sino de ayudar al que lo necesita. Es nuestra obligación hacer mucho más. A lo mejor así descubrimos una forma más hermosa de ser cofrades todo el año.

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