Que la celebración del Corpus no atraviesa por su mejor momento no es algo que nos extrañe. Porque a pesar de intentar revitalizar una celebración centenaria con un nutrido programa de actos se ha conseguido apuntalar la noche anterior pero no así la radiante mañana del jueves. El público aprovecha el festivo del día siguiente para disfrutar de la víspera ofreciendo estampas con las calles llenas, que poca similitud guardan con las primeras horas de la mañana del jueves. Hay quienes afirman que con una reducción de representaciones o con el cambio al domingo siguiente la jornada se viviría con un considerable aumento, pero en una ciudad donde las tradiciones se guardan con celo cualquier modificación iría acarreada de una fuerte polémica.
Hoy nos resultaría extraño lo que sucedió en 1973, concretamente un 21 de junio de altas temperaturas. La decisión se tomó para favorecer una mayor asistencia de público, que arropara la procesión más importante de la ciudad. Pero no fue la única novedad, ya que se modificó el recorrido. Tras salir por la puerta de San Miguel, el cortejo tomó la Avenida, transitó por la Plaza Nueva y desembocó en la plaza de San Francisco por Granada. Una vez en la plaza, tanto el cortejo como los pasos esperaron hasta que llegara el Santísimo y se celebrase un acto litúrgico con baile de los seises incluido. El parón, más que considerable -los primeros participantes esperaron más de una hora- bastó para que las críticas arreciasen contra la organización.

Tanto el cabildo de la catedral como el ayuntamiento se implicaron en que esta nueva idea saliese fortalecida pero la realidad fue muy distinta. A las ocho de la tarde comenzó a discurrir el cortejo, bastante menos numeroso por entonces, lo que provocó que la Custodia saliese tan solo una hora más tarde. Pero el acto celebrado en la plaza de San Francisco demoró la vuelta de la procesión, accediendo al interior del templo el Santísimo sobre las diez y media de la noche tras recorrer Hernando Colón, Alemanes y Placentines.
Si ahora vemos a varios miembros atravesar el cortejo antes de que este finalice, en aquel lejano año de 1973 sucedió al principio. La llegada de algunos componentes más tarde de lo habitual propició que estos irrumpieran entre las filas buscando su lugar. Una estampa que no vio el cardenal Bueno Monreal, quien iba al final del cortejo. Sí fue consciente del poco éxito que tuvo el cambio, recogido en las crónicas de la época, tanto que al año siguiente se volvió a recuperar el acto por la mañana. Los años sucesivos prosiguieron mostrando una procesión que no daba síntomas de mejora, pero habían entendido que era peor lo malo conocido… El resurgimiento llegaría en los años ochenta, con una mayor implicación por parte de las hermandades, que se tradujo entre otras, en el exorno de los pasos y en un cortejo con mayor presencia.

Pero la historia de la celebración ha continuado sufriendo altibajos. LLeó Cañal afirmaba en 1992: «La decadencia de la fiesta en general y de la procesión en particular es un fenómeno de los últimos decenios: se ha ido eliminando, progresivamente el ornato del interior de la Catedral […] hasta acabar por no erigir el Monumento; se han ido perdiendo los decorados callejeros, las velas que cubrían la carrera, los adornos de los balcones, los arcos triunfales, etc.».
En los últimos años se ha vivido un resurgir de las vísperas. Los premios otorgados por el ayuntamiento así como una mejora de las cuantías se ha traducido en un mayor número de participantes, adornando las calles, escaparates y balcones con la consiguiente afluencia de público que se acerca al centro para ver los altares efímeros y disfrutar de las actividades. Sin embargo, el numeroso público todavía se echa en falta en uno de los jueves que relucen más que el sol, sobre todo durante la primera mitad de un acto que es todo un memorial de la ciudad.






