El grito de Córdoba retumbó bajo el cielo del Rocío

La Hermandad del Rocío de Córdoba ha vivido este sábado una de las citas más intensas y emotivas de cuantas se desarrollan a lo largo de la Romería de Nuestra Señora del Rocío, la presentación ante la Reina de las Marismas. A lo largo de toda la jornada las hermandades filiales que atesoran mayor tradición histórica fueron acercándose a las puertas del Santuario de Santa Maria de las Rocinas para presentarle sus respetos y rendirle pleitesía mostrando su elegancia y derramando su devoción. 

Bajo un intenso calor de las postrimerías del mes de mayo que se convirtió en inesperado protagonista en la aldea prometida hasta que mutó en reconfortarme lluvia que atemperó el bochorno, acontecieron decenas de instantes cargados de una especial intensidad que se fueron desgranando como las cuentas de un rosario de fe a medida que la jornada se fue viviendo. Especialmente emotiva fue la presentación hermandades como Triana, Huelva, Gines, Dos Hermanas y Sevilla que acudieron a reflejarse en las pupilas de la Madre de Dios con un nutrido grupo de romeros acompañando a sus respectivos simpecados, dejando multitud de escenas para el recuerdo. 

A medida que el sol comenzó a buscar paulatinamente su merecido descanso en el horizonte, hermandades como Lucena, la Línea y Córdoba comenzaron a preparar sus mejores galas mimando hasta el último detalle para que todo saliera el mejor modo. Pasadas las seis de la tarde una multitud se congregaba a las puertas de la casa hermandad que los rocieros cordobeses convierten en su hogar con la llegada de Pentecostés. Una mezcla de emoción contenida, alegría insustituible y nervios a flor de piel se palpaban en el ambiente en los instantes previos en que el boyero colocase en la yunta a los animales. 

A media tarde, el numeroso cortejo comenzó a caminar con el Santuario por destino. «Este año viene más gente, se nota que además de Moratalaz y Jamilena, viene Montoro», decía una joven rociera con el cordón de la medalla de los arcos de la Mezquita al cuello. Y es que las cintas doradas o amarillas con el nombre de Córdoba se entremezclaban en un maravilloso conglomerado de fe incondicional con las rojas de Moratalaz, las verdes de Jamilena y las azules de Montoro. Un conglomerado convertido en un único caudal de amor, sediento de encontrarse cara a cara con la Blanca Paloma. Hasta el añorado padre González de Quevedo quiso estar de algún modo presente en medio de tanta inmensidad. «Por Córdoba pasa el río pa’ la marisma cantando…». Varias veces sonó su inolvidable sevillana camino del hogar  de la Reina de Almonte, que esperaba impaciente a aquellos de los que San Rafael tantas veces le habla. 

El instante fue ganando en intensidad a medida que se respiraba la cercanía de la Madre de Dios, multiplicándose las oraciones cantadas, incrementándose la expectación por encontrarse con Ella. En la calle Moguer la emoción estalló definitivamente. El momento se acercaba y las rumbas y las sevillanas comenzaron a reproducirse con mayor fluidez. Y entonces ocurrió, unos metros más sobre la arena del Rocío y Córdoba entera se encontró en el mismísimo paraíso. Se precipitaron las oraciones, se multiplicaron las promesas y un grito a compás con la palabra Córdoba comenzó a retumbar bajo el cielo de la marisma. Córdoba había reclamado su sitio a las plantas de la Virgen del Rocío y Ella esbozó una sonrisa de sincera satisfacción al tener frente a frente a sus hijos. El sueño se había cumplido. Un sueño que es el preámbulo de lo que ha de venir cuando Ella devuelva amorosamente la visita a todas sus hermandades y el Rocío vuelva a convertirse en el Cielo.