La desconocida hermandad de Nuestra Señora del Socorro y Ánimas Benditas del Purgatorio, establecida en el convento de San Benito, es una de las corporaciones letíficas más desconocidas de cuantas han existido en Sevilla. Precisamente es esta una hermandad de las que podemos tener conocimiento gracias a la Biblioteca Nacional de España, donde se conserva en sus fondos la Regla y Constituciones de la Hermandad de Nuestra Señora del Socorro y Ánimas Benditas del Purgatorio en el Real Convento de N. P. S. Benito de esta ciudad de Sevilla. La descripción que recoge estos fondos digitalizados nos cuentan además que fue impresa por la viuda de Nicolás Rodríguez en el año de 1673.

En la portada podemos observar a la virgen del Socorro, con el Niño Jesús en su mano izquierda, y bajo ella las Ánimas Benditas del Purgatorio, todo ello enmarcado en un óvalo rodeado de imágenes de santos. Dado que se encontraba radicada en un convento benedictino, se encuentra San Benito, San Bernardo y San Ildefonso, entre otros. Un grabado, realizado por el pintor y grabador Matías de Arteaga, que recoge además la fecha de impresión, en este caso en 1682.
Según recogen las Reglas, los cofrades debían defender la purísima concepción de la Virgen, y tenían que asistir a dos comuniones generales. Uno de ellos era el segundo domingo de pascua de resurrección, cuando esta corporación celebraba la festividad de la Virgen del Socorro, mientras que otro estaba establecido el día 13 de octubre, en el que se llevaban a cabo las honras por el sufragio de los hermanos difuntos. Una de las curiosidades estriba en que los hermanos ya fallecidos podrían ser inscritos, celebrándose dos misas en su honor mientras viviese quien los había inscrito en la nómina de la hermandad.
Otras de las curiosidades está relacionada con la junta de gobierno, que estaba conformada por el hermano mayor, que un año tenía que ser sacerdote regular, sacerdote secular y luego un seglar. Por su parte, el secretario tenía que llevar un libro de asiento donde se recogiesen los nombres de los hermanos, divididos por collaciones. Precisamente estas Reglas llevan en su última página el número de los cincuenta y cinco hermanos que la aprobaron, donde se encuentra el nombre del hermano mayor, Juan de Ocaña y Lugo, el abad de San Benito, fray Pedro de Bernuy, y el secretario, fray Juan de Legazpi.
Pero lo más llamativo es que la corporación no realizaba culto externo, ya fuera con la imagen de la Virgen o procesión de Ánimas que, aunque sorprenda al lector, era habitual en la mayoría de las hermandades que se fundaron en el citado siglo. Hoy, tanto esta peculiaridad como el hecho de poder admitir a hermanos difuntos en su nómina, nos resultaría más que sorprendente. Datos que nos indican la singularidad de una hermandad de la que se conoce tan poco que incluso no sabemos si rendía culto a una escultura o lienzo con la representación de la Virgen y el Niño Jesús en su regazo, y que viene a ser un reflejo del gran número de corporaciones que se fundaron y de las que todavía queda mucho por conocer.





