El columnista de Gente de Paz pronuncia una emotiva defensa de la tradición en una exaltación de altos vuelos
La noche cofrade vivida este sábado, 7 de marzo, ha quedado marcada por la exaltación al costal viejo pronunciada por Antonio Alcántara Zafra, pregonero de la Semana Santa de Santa Cruz 2026, columnista de Gente de Paz y una amplia trayectoria cofrade y en el mundo del costal, bajo la trabajadera y con terno negro, en un acto que culminó posteriormente con la presentación del IV Cartel de Cuaresma.
Ante un auditorio atento y profundamente conmovido, Alcántara ofreció una intervención de fuerte carga literaria y espiritual, no exenta de dosis de humor, en la que situó el centro de su discurso no en el brillo externo de la Semana Santa, sino en la dimensión silenciosa y sacrificada del costalero. Desde las primeras palabras dejó clara la intención de su alocución: «No vengo a hablar de lo que brilla. Ni de lo que suena. Ni de lo que se fotografía. Vengo a hablar de lo que calla. De lo que sostiene».
El exaltador quiso dedicar su intervención a las prendas humildes que forman parte del universo costalero, aquellas que raramente ocupan titulares o imágenes, pero que sostienen la esencia de la tradición. «Hoy no vengo a exaltar la plata ni el oro, ni la música; vengo a exaltar la tela gastada, la que no brilla ni se ve, pero sin la cual el Señor no andaría», proclamó con solemnidad.

Un recorrido simbólico por las ropas del costalero
La exaltación avanzó como una profunda reflexión sobre cada uno de los elementos que conforman la indumentaria del costalero, transformados en símbolos de fe, humildad y sacrificio. Alcántara evocó con especial intensidad las alpargatas, a las que definió como el primer gesto de humildad del costalero.
«Las alpargatas no brillan, no presumen, no anuncian nada… pero lo dicen todo», afirmó, antes de explicar que al calzarlas el costalero comprende que está entrando en terreno sagrado. Para el exaltador, ese gesto sencillo simboliza el abandono del orgullo y la incorporación a una historia colectiva que ha atravesado generaciones.
La reflexión continuó con la faja, que definió como un verdadero compromiso interior. «La faja no es una prenda, es un juramento», expresó. En su discurso, cada vuelta de la faja alrededor de la cintura se convierte en una promesa silenciosa del costalero al Señor, un recordatorio de que bajo el paso no se acude a lucirse, sino a servir.
También ocupó un lugar destacado la morcilla, descrita como el límite entre el dolor físico y la voluntad del alma. «Es la frontera entre el límite del cuerpo y la decisión del alma», señaló, subrayando que esa pieza humilde ha sido transmitida en muchas ocasiones de padres a hijos como una herencia silenciosa.
El costal como lugar sagrado del anonimato
Uno de los momentos más intensos de la exaltación llegó cuando Alcántara centró su mirada en el costal, al que otorgó un significado casi sacramental. «El costal no es una prenda, es un lugar. El lugar donde el hombre deja de ser visible y empieza a ser necesario», afirmó.
Para el exaltador, cada costal guarda la memoria de quienes lo llevaron antes, convirtiéndose en un auténtico “evangelio sin letras” donde se escribe la historia de las cuadrillas. «Cada arruga es un versículo y cada mancha una oración», proclamó, evocando así el peso simbólico de estas piezas que han acompañado generaciones de costaleros.
En esa misma línea recordó la dimensión hereditaria de esta tradición, afirmando que los verdaderos relevos en las cuadrillas no son rupturas, sino continuaciones. «Hay relevos que no son relevos, son la fe negándose a morir», sostuvo.

El barrio, cuna del costalero
Otro de los ejes fundamentales de la exaltación fue la relación entre el costalero y el barrio, descrito como el espacio donde nace la vocación. «Un costalero no nace cuando se mete debajo del paso; nace mucho antes, cuando aprende a mirar, a callar y a esperar», expresó.
En su evocación aparecieron las calles encaladas, las ventanas abiertas y los niños que sueñan con ocupar algún día el lugar de los mayores, recordando así que la tradición costalera se transmite más por ejemplo que por enseñanza formal.
Alcántara dedicó también palabras de profundo reconocimiento a las mujeres que sostienen esta tradición desde la discreción, recordando a madres, esposas y abuelas que preparan la ropa, esperan en silencio y acompañan con su fe la entrega de los costaleros. «Ellas no visten el costal, pero visten el alma del costalero», afirmó.
Una defensa de la hermandad como comunidad viva
La exaltación se convirtió igualmente en una reflexión sobre el sentido de la hermandad, entendida como una comunidad humana y espiritual que trasciende lo meramente devocional.
«Una hermandad no se sostiene solo con imágenes, pasos o música; se sostiene con nombres», recordó, aludiendo a aquellos hombres anónimos que cargaron cuando hacerlo era oficio, necesidad o sacrificio cotidiano.
En ese mismo sentido defendió que el costalero no es un atleta ni un protagonista, sino un hombre del pueblo que ofrece su esfuerzo como expresión de fe. «Hay un peso que no pesa: el peso de la fe, el peso de la promesa, el peso del agradecimiento», afirmó en uno de los pasajes más celebrados.

Un final marcado por el martillo simbólico
La exaltación concluyó con un cierre de fuerte intensidad emocional, en el que el orador quiso recrear el sonido simbólico del martillo que convoca a los costaleros. Ante el auditorio evocó esa llamada que transforma a los hombres en cuadrilla y que convierte el esfuerzo colectivo en un acto de fe.
«¿Quién sostiene al Rescatado? ¿El costal? ¿La trabajadera? No. Lo sostiene la fe», proclamó antes de concluir con la llamada que resonó como una auténtica declaración de principios:
«¡A esta es!
Que Dios nos dé fuerza.
Que el Rescatado nos acompañe.
Que la Amargura nos sostenga.
Recordad siempre:
Cada alpargata es humildad.
Cada morcilla es abrazo.
Cada costal es evangelio.
Mientras haya un costal doblado en una silla,
mientras haya una alpargata gastada,
mientras haya una morcilla remendada,
mientras haya un hombro dispuesto y un corazón bien fajado…
habrá Rescatado que camine y Amargura que consuele.
Y cuando un día mis manos no puedan…
cuando mis fuerzas se apaguen…
cuando mi costal descanse para siempre…
solo le pediré una cosa al cielo:
—Señor…
Guarda mi ropa y déjame seguir siendo tu costalero».
Con esa invocación final, Antonio Alcántara cerró una exaltación profundamente emotiva, en la que la memoria de los costaleros, la tradición del barrio y la fe transmitida de generación en generación se entrelazaron para reivindicar la dignidad silenciosa de quienes caminan bajo el paso sin buscar reconocimiento, pero sosteniendo el milagro de cada procesión.





