El candelabro | ¿Delante de un palio, todo vale?

Hay imágenes que se esperan durante meses. Palios que despiertan una devoción que atraviesa generaciones. Vírgenes que, cuando se asoman a la calle, convierten una tarde cualquiera en una jornada para el recuerdo. Córdoba lo ha vuelto a vivir este octubre con las salidas extraordinarias de Nuestra Señora de la Alegría y Santa María de la Merced.

Pero, una vez apagados los ecos de las marchas y cuando las imágenes regresan a sus templos, queda una pregunta que no deberíamos esquivar: ¿estamos a la altura de aquello que decimos sentir?

La polémica generada en torno a las bullas delante de los palios nos invita a reflexionar. Y hacerlo no significa ir contra las bullas, contra las extraordinarias ni contra quienes sienten pasión por nuestras cofradías. Significa algo mucho más sencillo, aunque quizá más incómodo: practicar la autocrítica.

Porque una cosa es emocionarse con una Virgen en la calle y otra muy distinta convertir ese momento en una carrera por conseguir el mejor sitio, la fotografía perfecta o el vídeo que después compartiremos en nuestras redes sociales. Una cosa es acompañar a María y otra olvidar que hay más personas alrededor, que existe un cortejo que merece respeto y que la devoción no nos concede privilegios por encima de nadie.

A veces parece que, delante de un palio, todo está permitido. Que la pasión justifica cualquier comportamiento, que la aglomeración es inevitable y que quien se atreve a cuestionar determinadas actitudes está atacando a la Semana Santa. Y no. Precisamente porque amamos nuestras cofradías, debemos ser capaces de reconocer aquello que podemos mejorar.

Quizá el problema no sea la bulla que se forma delante de un palio, sino que, en medio de tanto ruido, terminemos olvidando a quién hemos salido a ver.

Y conviene aclararlo: no se trata de pedir calles vacías, de censurar la emoción popular ni de pretender que las procesiones sean acontecimientos silenciosos y perfectamente ordenados. La Semana Santa también es alegría, encuentro, bullicio y vida. Las imágenes pertenecen a la memoria sentimental de nuestros barrios y ciudades, y es hermoso comprobar cómo despiertan el cariño de tantas personas.

Pero la emoción no puede convertirse en una excusa para todo.

El respeto al cortejo, a los nazarenos, a los acólitos, a los costaleros y a quienes caminan junto a los pasos debe formar parte de nuestra manera de vivir las cofradías. También el respeto a los demás espectadores, a los vecinos y a quienes, sencillamente, quieren contemplar a una imagen sin tener que abrirse paso entre empujones, invasiones del espacio del cortejo o comportamientos que desdibujan el sentido de lo que estamos viviendo.

Y aquí no vale mirar únicamente hacia la calle. También debemos preguntarnos si estamos preparados para organizar acontecimientos de esta magnitud, si los espacios están bien gestionados y si las medidas adoptadas son suficientes para que la expectación no termine condicionando el desarrollo de una procesión. La responsabilidad debe ser compartida, sin buscar culpables fáciles ni convertir una situación compleja en un enfrentamiento entre cofrades.

Las salidas extraordinarias tienen algo especial. No son una procesión más en el calendario. Conmemoran aniversarios, celebran devociones y permiten contemplar imágenes fuera de sus recorridos habituales. Precisamente por eso, deberían ser también una oportunidad para mostrar lo mejor de nuestras hermandades y de nuestra ciudad.

Y lo mejor de Córdoba no se mide solamente por la cantidad de personas que se agolpan en una calle, por el número de vídeos que circulan después o por la expectación que despierta un paso. Se mide también por la capacidad de acompañar con respeto, de ceder el sitio a quien lo necesita, de comprender que nadie es dueño de una esquina y de recordar que una procesión es mucho más que una estampa bonita.

Porque podemos conocer todas las marchas, distinguir cada detalle de un bordado, reconocer al instante una candelería o discutir durante horas sobre el andar de una cuadrilla. Podemos saber de horarios, recorridos y estrenos. Todo eso forma parte de nuestra cultura cofrade. Pero hay una lección que nunca deberíamos dejar de aprender: la devoción también se demuestra en la manera en que nos comportamos delante de aquello que veneramos.

Y quizá esa sea la autocrítica que nos falta. No la que señala al de enfrente mientras nos coloca a nosotros mismos a salvo de cualquier reproche, sino la que empieza por preguntarnos qué hacemos cada uno para que nuestras cofradías sean mejores.

¿Nos acercamos a una Virgen para contemplarla o para demostrar que hemos estado allí? ¿Queremos acompañarla o necesitamos ocupar el lugar desde el que mejor se ve? ¿Nos importa que los demás puedan disfrutar de ese momento o solamente nos preocupa conservar nuestro sitio?

No son preguntas dirigidas a una hermandad concreta ni a un grupo determinado de personas. Son preguntas para todos. Para quienes vivimos las cofradías desde dentro y para quienes las contemplan desde fuera. Porque la responsabilidad de cuidar nuestras tradiciones no termina cuando nos quitamos el hábito, dejamos el costal o abandonamos la última calle del recorrido.

Al contrario, empieza mucho antes y continúa mucho después.

Ojalá que la próxima vez que nos situemos delante de un palio recordemos que la mejor fotografía no siempre es la que llevamos en el teléfono, sino la que conservamos en la memoria. Que el mejor sitio no siempre es el que conseguimos ocupar, sino aquel desde el que dejamos disfrutar también a los demás. Y que ninguna bulla, por multitudinaria que sea, debería hacernos olvidar lo esencial.

Porque, al final, la cuestión no es si delante de un palio puede haber una bulla. La cuestión es si somos capaces de vivirla sin perder el respeto, la medida y el sentido de nuestra propia devoción.

Que nunca tengamos que apartar la mirada de la Virgen para comprobar hasta dónde hemos llegado nosotros.

Hasta la próxima. Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras Cofradías desde la luz de la Cera.