Candelabro de cola

Candelabro de cola: Cofradías y elecciones

Les iba yo a
contar… que me dejó muy sorprendido el resultado que arrojaron los comicios a
Hermano Mayor en la Hermandad de las Angustias celebradas el pasado domingo. Y
es que el único candidato salvó los muebles por solamente 14 votos: 63 votos a
favor frente a 49 en contra, 2 abstenciones y 2 nulos. A la vista está que ya
uno no puede tener unas elecciones tranquilas ni presentándose en solitario.

Resulta
paradójico el mundo de las Cofradías también en el terreno de la celebración de
sus elecciones. Y es que, lo que en un principio pudiera parecer lo más
positivo para la Hermandad de turno, esto es, la concurrencia de dos o más
candidaturas para dirigir la corporación, la aparición en escena de varios
candidatos acaba -en la mayoría de los casos- por levantar ampollas en el seno
de la misma. Tristemente parece que hubiéramos heredado lo peor de la política
civil en algunos procesos electorales e incluso en lo que viene en la
celebración de elecciones y, por supuesto, después de ellas.
Los programas
de las candidaturas brillan generalmente por su ausencia. En la mayor parte de
los casos, los postulantes al cargo de Hermano Mayor articulan propuestas aisladas,
con la ausencia de un hilo conductor que dé lógica y coherencia a las mismas.
Las promesas, cuando las hay, resultan en la mayor parte de los casos,
inalcanzables. Y vale que las metas de un proyecto cofrade sean ambiciosas, que
tienen que serlo, pero también es necesario que resulten realizables,
alcanzables. Yo puedo prometer realizar una casa de hermandad para mi Cofradía.
Pero esto, sin una explicación de qué tipo de casa de hermandad me propongo
realizar, sin concretar una ubicación aproximada de la misma, sin especificar
los usos que concibo darle y, sobre todo, sin un plan de financiación, no es
nada. Así se explica que el personal caiga fascinado con pasmosa facilidad ante
la venta de castillos en el aire… Lamentablemente el tiempo y la realidad
acaban por hacer que las promesas nacidas en el periodo electoral acaben bien
por dormir el sueño de los justos bien en culminar en proyectos descabellados
realizados de modo chapucero que, para colmo de males, suelen cargar a la
Hermandad con un lastre económico que puede poner en serio peligro su propia
existencia.
También es
frecuente encontrar candidaturas que tienen como único leitmotiv que el resto
de pretendientes a la vara dorada no se hagan con la misma. El motivo: los
demás son malos para la Hermandad y hay que hacer el esfuerzo y el sacrificio
por el bien de la corporación. No hay más. El sentido de las mismas, a todas
luces, está vacío. Así los periodos electorales se llenan de ataques entre las
distintas candidaturas, porque una manzana acaba por pudrir al resto, y,
finalmente, generan una división difícilmente salvable entre muchos
hermanos.  Y esto, en el seno de una
Hermandad, queda poco decoroso.
El número de
hermanos que participan activamente en el día a día de la Hermandad, salvo casos
contados, es muy limitado. Que los mismos acaben divididos ante la presentación
de varias candidaturas de las que solamente una se alza con la victoria genera,
en demasiadas ocasiones, que los derrotados acaben excluidos (o autoexcluidos)
de manera casi irremediable de los actos organizados por la Cofradía. ¿Quién
pierde? Todos. Los que ganan porque se ven faltos de cooperación en una labor
ardua e ingrata. Los que pierden porque se ven excluidos de actividades en las
que, en el fondo, les gusta colaborar. En definitiva, la Hermandad, que ve
reducida la cooperación entre sus hermanos y depauperada su vida lo que,
tristemente, la puede obligar a reducir o eliminar algunos proyectos a
acometer.
Así pues,
visto lo visto, mejor una única candidatura para regir una Hermandad. Oiga, ¿y
si el candidato utiliza el argumento de que nadie más quería presentarse para
hacer lo que le da la gana y venderse como salvador de la Cofradía? Pues qué quiere usted que le diga, para algo
están los Cabildos Generales de Hermanos. En cualquier caso parece que ese
tiene que ser el mal menor que nos vemos obligados a asumir por el bien de la
Hermandad.
Marcos Fernán Caballero




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