Córdoba, 📷 Galerias

Causa de nuestra Alegría

Plomiza se desperezaba la mañana a orillas del Guadalquivir, sin haberse recuperado completamente de la incertidumbre en la que se ha visto envuelta la ciudad en los últimos días. Una ciudad con reminiscencias de olor a incienso, azahar y cera derretida, en la que ya comienza a instalarse esa nostalgia que acompañe inevitablemente al cofrade cuando el palio de la Reina de la Alegría atraviesa las Puertas de Santa Marina para dar por concluida una nueva Semana Santa.

Temprano amanecía a las puertas del templo fernandino que albergaba en sus entrañas todos los detalles precisos para certificar la culminación de una Semana Santa que deja tras de sí un halo de insatisfacción por las ausencias, pese a que la mayor parte de las presencias han deparado una elevada calificación. La luz incontestable propia de la radiante festividad que siempre destila la corporación santamarinera, cuando la Cruz de Guía y los impolutos nazarenos del cortejo del Resucitado se adentraban en el bosque de columnas de la antigua Mezquita Aljama, hoy Santa Iglesia Catedral, moleste a quien moleste, servía de contrapunto imprescindible a la ausencia de azul en el firmamento y del astro rey que parecía pedir una prórroga de cortesía pese a asomar tímidamente de cuando en cuando.

Sabor de barrio torero en todos y cada uno de los tramos del cortejo de la cofradía y poderío indiscutible en la cuadrilla del Señor Resucitado que volvió a evidenciar la fuerza arrolladora de sus costaleros y, sobre todo, la maestría incostestable de quien ha marcado una época en el mundo del costal de la ciudad de San Rafael, algo con lo que otros ni siquiera se atreven a soñar. Juan Berrocal mantiene intacto el carisma irresistible que siempre tuvo y que es capaz, con su forma de mandar, de despertar entre quienes contemplan el transitar del paso del misterio que representa el pasaje más importante de la Semana Santa, el deseo irrefrenable de coger un costal y ocupar un lugar de privilegio en la trabajadera de Dios. Un paso que ha logrado una conjunción de alto calibre con la Agrupación Musical Cristo de Gracia, que se adapta como un guante al estilo de la cofradía.

Tras el Señor Resucitado, la Virgen de la eterna sonrisa, radiante, exultante, derrochando esa Alegría infinita que sólo Ella es capaz de derrochar. Inundando cada rincón de Córdoba de la felicidad de que el Hijo de Dios ha vencido a la muerte y al mismo tiempo de la satisfacción de haber vivido una Semana Santa cargada de detalles para el recuerdo. Todo ello acompañada de la excelente Banda de Mairena, que ha dejado nuevamente el pabellón muy alto, con un repertorio perfectamente adecuado y una interpretación notable. Imagen sobresaliente la del espectacular techo de palio de Santa Marina que, junto con la magnífica bambalina estrenada el pasado año, diseñada por Rafael de Rueda y elaborada en los talleres de Jesús Rosado, es la día frente a la noche que se ha dejado atrás. Una auténtica realidad para el altar itinerante de la Reina de los Piconeros, que será una maravilla completa cuando el conjunto entero esté completamente culminado. El paso, que estrenaba además faldones ejecutados por el taller de costura de la cofradía, desafió en los últimos metros de la procesión el feísimo cielo ennegrecido en que había mutado la tarde, gotas esporádicas incluidas, aunque sin claudicar en la empresa, con la firme intención que todo culminase como debía.

La Semana Santa de Córdoba concluye, consolidando lo mucho bueno que hemos ido desgranando, crónica a crónica, y perfeccionando algunas de sus carencias, si bien algunas de ellas quedan pendientes de resolver para aspirar al nivel que merece Córdoba – opiniones habrá en un sentido y otro que irán aflorando en las próximas fechas -. Un ciclo que concluye con un gran suspenso cosechado por la Agrupación de Cofradías, por la nula política de comunicación, – hasta el Viernes Santo, el organismo que representa a las hermandades cordobesas no hizo uso alguno de las redes sociales salvo un mensaje huérfano el día 15 -, y por la gestión de las sucesivas crisis derivadas de la inestabilidad climatológica, manejando una información meteorológica sencillamente ridícula – igual algún día desvelamos qué clase de tercermundista información de esta índole proporcionó el organismo que preside Francisco Gómez Sanmiguel a las respectivas juntas de gobierno para que tomasen una decisión tan arriesgada como echarse a la calle con riesgo de precipitaciones -, una presión y unas prisas a quienes debían adoptar una decisión, absolutamente fuerza de lugar, y una ausencia de flexibilidad palpable. El tiempo deberá juzgar también este tipo de actuaciones, a la hora de recordar méritos de unos y otros.

Sea como sea, con mejor o peor sabor de boca, en función de como le ha ido a cada cual la película, y con mejor o peor nota cosechada por unos y otros, una cosa queda meridianamente clara, una verdad incontestable e irrefutable. Una realidad que a muchos llena de ilusión ahora que el vació inunda nuestros corazones: quedan 349 días para el próximo Domingo de Ramos… ahí queó.

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