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Crucifixión

Cuando llegaron al lugar llamado «del
Cráneo», lo crucificaron… Lc 23 33

Han posado en el calvario la cruz del cénit del
martirio para darte muerte clavado en ella. Una muerte que pretende ser humillante
y que mutará en símbolo para millones de almas. La crueldad es excesiva… cuatro
clavos perforan tu cuerpo maltratado para consumar la horrible tortura que
padeces. Y tu Madre derramando lágrimas de desolación acariciando con su
espíritu agonizante tus heridas, intentando sanarlas vanamente… pero no es
posible… tu destino está marcado. Abrazaste la cruz conociendo el final del
camino que iniciaste con tus hechos. Y asumiste con tu invencible valentía cada
golpe, cada dolor, cada menosprecio… Y aunque podrías con un gesto hacer que
todo esto pasara en un suspiro o simplemente que no sucediese, te ofreces como
cordero para cumplir la profecía y para alumbrar a toda la humanidad.

Y yo subo por el Bailío en busca del altar de piedra
de tu sacrificio, para postrarme a tus plantas y ofrecerte mi oración y el
sudario de mis entrañas con el que limpiar tu bendita sangre derramada… se
consuma el drama entre los ocho faroles de la fe de Córdoba entera, que te
sigue y te adora.
Cuatro
clavos de Martirio
para
tu piel destrozada.
Un
clavo por darte la espalda,
por
renegar de tu Palabra,
y
otro clavo por la bajeza
de
hallar dioses en otra barca,
lejos
del rumbo de tu caleta.
Un
clavo más por tantas guerras,
que
asolan el valle y la sierra
cebando
de odio las naciones,
ahogando
el fuego que la Tierra
siempre
mendiga en sus oraciones.
Y
un cuarto clavo por la indiferencia
de
ver morir a un chiquillo
y
ampararnos en promesas,
y
adentrarnos en un pasillo
lleno
absurdas creencias.
Guillermo Rodríguez
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