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Costal

De capataces y costaleros: Historia de un oficio (I)

En no pocas ocasiones se ha
hablado, no siempre de manera acertada, de quiénes eran y cómo trabajaban los
antiguos costaleros profesionales o faeneros, como se les conocía en Córdoba a
partir de la llegada de la cuadrilla de Antonio Sáez Pozuelo. Sin embargo es
habitual no pasar en dichas referencias de su oficio en las lonjas o de los
salarios, raramente bien entendidos, por su trabajo bajo las trabajaderas.
Por ello y a través de las
próximas entradas haremos un recorrido por aquellas personas que se atrevieron
a realizar un trabajo tan ingrato y desagradecido como necesario para nuestra
Semana Santa, intentándolo hacer acercándonos a su perspectiva más personal, y
tal vez menos conocida.
Es a partir del Concilio de
Trento (1545-1563), y concretamente de su sesión XXV (3 y 4 de diciembre de
1563) cuando la Iglesia Católica decide dotar de una renovada importancia a las
imágenes, estableciéndose que: “se deben tener y conservar, principalmente en
los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros
santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración”

Con anterioridad a Trento las
imágenes eran portadas directamente sobre los hombros, en el caso de algunos
crucificados, o sobre pequeñas parihuelas de entre cuatro y ocho personas,
llegándose incluso a procesionar reliquias o incluso cuadros; costumbre ésta
hoy tristemente desaparecida.
Estas pequeñas parihuelas
carecían de zancos, utilizándose durante las paradas horquillas o guizques, de
cuyo coste de adquisición o mantenimiento dan testimonio las actas de algunas
hermandades cordobesas. Parihuelas portadas siempre en estos primeros años por
cofrades de la propia hermandad, los cuales formaban unas pequeñas cuadrillas,
si se me permite esta denominación, que debido al poco peso que representaban
estas primeras andas trabajaban sin relevos.
Sin embargo es precisamente a
partir del concilio cuando las andas irán creciendo en tamaño para por un lado
albergar imágenes de un tamaño cada vez mayor y por otro permitir un mayor
adorno, tanto en cera como en flores. Todo ello sin perjuicio de su morfología,
que permanecerá constante durante los siguientes siglos.
Este incremento provocará ciertos
problemas que hoy se consideran «de actualidad», pero que como
veremos cuentan con varios siglos de existencia. Uno de ellos es el tan temido
problema del número de costaleros (o cargadores en este primera época), el cual
se dio, por ejemplo, en la Hermandad del Nazareno en 1756, dado que fue
imposible encontrar los suficientes cofrades, recordamos que era requisito
imprescindible, de la misma altura como para poder sacar en procesión la imagen
de la Magdalena. Como es conocido por todos esta hermandad tenía un carácter
nobiliario muy estricto, lo que dificultaba la entrada de nuevos cofrades y por
tanto la posibilidad de encontrar suficientes cargadores en su nómina de
hermanos; problema que no encontraron en la imagen de San Juan, propiedad
igualmente de la hermandad, por encargarse de sus andas los miembros del gremio
de escribanos públicos.
En este ambiente el trabajo de
cargador se encuentra muy reconocido, tanto personalmente como «profesionalmente»;
personalmente se convierte en un privilegio poder ir tan cerca de la imagen,
mientra que profesionalmente es una labor agradecida por las hermandades con
vino, dulces, etc. Reconocimiento, no obstante, que no paliará el tremendo esfuerzo
que supone esta labor, toda vez que las imágenes serán portadas en andas cada
vez mayores y dada la necesidad de ser miembro de la hermandad, por un número
siempre limitado de éstos; a lo que habría que añadir una forma de cargar,
sobre un hombro, completamente asimétrica y por tanto más  penosa para los cofrades. Y muestra de todo
lo anterior es el adelanto del horario al que se llega en ciertas cofradías
cordobesas con el fin de evitar las horas de mayor calor.
Una consecuencia directa y lógica
a todos los cambios descritos es la necesidad de buscar cargadores fuera de la
propia cofradía, encontrando ejemplos tan curiosos como el ocurrido en 1786 en
la Hermandad del Nazareno o en 1817 en la Hermandad de las Angustias. En ambos
casos fueron miembros de la tropa los que portaron las imágenes de San Juan en
el primer caso, o Cruz y la Santísima Virgen en el segundo.
 David Simón Pinto Sáez
Recordatorio El Niño Muñoz









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