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Costal

De capataces y costaleros: Historia de un oficio (II)

Tan sólo 3 años más tarde, el
Decreto Trevilla acaba con las aspiraciones de consolidar las labores de carga
en nuestra ciudad, reduciendo los pasos con permiso para participar en la única
procesión autorizada a los de la Oración del Huerto, Jesús atado a la Columna,
Jesús Nazareno, Jesús Crucificado, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la
Soledad. Y para colmo de males algunas hermandades como El Huerto ayudan a esta
situación solicitando que sean los seminaristas los que carguen con su imagen
titular durante la procesión de 1864, aún desde la parroquial de San Nicolás y
San Eulogio, lo cual le es denegado.
Sin embargo la práctica
desaparición de las procesiones provoca un retroceso en el número de hermanos
de la mayoría de hermandades cordobesas, por no hablar de la desaparición
oficial de muchas de ellas, y cuyos únicos ingresos provienen de las limosnas recibidas
en sus sedes canónicas, lejos de cuotas de hermanos o de rentas por herencias
de las que disfrutaban en algunas ocasiones y que se perdieron por el camino de
las desamortizaciones de mediados del siglo XIX.
Las que permanecieron con cierta
actividad deben hacer frente a la necesidad cada vez mayor de cargadores
durante las procesión oficial del Viernes Santo, como es el caso de la
Hermandad del Nazareno que cuenta en 1850 con dos cuadrillas de 8 hombres,
número que se duplicará tan sólo un año después (contando con dos cuadrillas de
cofrades y otras tantas de sacerdotes); número similar al utilizado por
hermandades como la de Jesús Caído o Nuestra Señora de los Dolores en la década
de 1860.

Y por si todo esto fuera poco
recordamos que la Hermandad del Nazareno hará «doblete» en 1858, año
en el que procesionará primero durante la madrugá (a partir de las seis de la
mañana) y posteriormente en la procesión oficial del Viernes Santo, con tan
sólo un par de horas de descanso entre ambas. O cómo en 1860 llega a formar un
cortejo con los cinco pasos de Jesús Nazareno, la Dolorosa, San Juan, la
Magnalena y la Verónica; con el consiguiente coste en «hombres» que
dichos cortejos supondrían.
Llegados a este punto, algunas
hermandades deciden recurrir para cubrir estas labores de carga a los
«gallegos», hombres de cuerda o de cordel, como es el caso de la
Hermandad de los Dolores, cuyo gasto registrado en 1876, por señalar un
ejemplo, alcanza los 160 reales.
Esta contratación externa a la
propia hermandad, en detrimento de los propios cofrades, conlleva una cierta
regularización del «trabajo» en perjuicio de cierta espontaneidad
anterior, si bien es cierto que implica algunos puntos positivos como la
regularización del montante a cobrar; incluso en los años en lo que por motivos
de lluvia se pudiera suspender la procesión. Un ejemplo lo encontramos en el
año 1864, en el que la hermandad pagó tan sólo 36 de los 57 reales estipulados,
debido a la suspensión de la procesión por lluvia a la altura de la Catedral.
Por cierto, nótese el incremento de presupuesto para las labores de carga entre
1864 y 1876.

Estos cambios provocan la
práctica profesionalización de las labores de carga, y no sólo por recibir un
jornal por dichas labores, sino por estar desarrolladas por profesionales en
las labores de carga y descarga y con independencia de las relaciones
devocionales que cada cargador mantuviera con la imagen; a diferencia de los
cofrades cargadores “utilizados” por las hermandades en los siglos anteriores.
Ante ello es fácil entender que las necesidades económicas de las hermandades
son cada vez mayores, supliéndose éstas, en gran medida, con la subvención
oficial concedida por la comisión organizadora perteneciente al Ayuntamiento de
Córdoba.
David Simón Pinto Sáez







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