El Cirineo

El Cirineo: Auténticos Cofrades

Con la celebración litúrgica del bautizo de Jesús el pasado domingo terminó la Navidad, ahora sí, no cuando lo dicta el Corte Inglés. Y con su finalización, se inicia una nueva etapa, esa que tanto necesitan muchos cofrades y cuya llegada llevan deseando desde hace semanas.

Un amigo decía el otro día que «acaba de nacer y ya tengo ganas de clavarlo en la cruz»… y es que los cofrades a veces somos un poco excesivos. Bromas aparte, el mismo día de Reyes ya inundaban las redes sociales los típicos chistes gráficos de la cruz de guía «acosando» la carroza de Baltasar y comentarios que dejaban claro el ansía latente en muchos capillitas porque llegue el tiempo de las igualás y los ensayos costaleros.

Lejos de pretender abanderar cruzada alguna contra kofrades, diré de antemano que no me parece en absoluto mal que los jóvenes cofrades se manifiesten en este sentido. Me parece completamente normal que pregonen las ganas de que comience todo eso que acabará derivando en la semana más bonita del año.
Pero no es menos cierto que echo en falta que todo este deseo no se complemente con otros elementos que se me antojan fundamentales para vivir el universo cofrade en toda su plenitud.
Soy absolutamente consciente de que al ascua de las cofradías se arriman muchos que lo hacen únicamente por el componente cultural y estético que indudablemente tienen. Sin embargo estos no son cofrades. Los que lo somos, por encima de cofrades somos católicos, cristianos, vaya; y por ello hemos de alimentar nuestras vivencias con otros componentes adicionales a una reducción exclusiva de cornetas, tambores y costales.
La responsabilidad de que un joven cofrade –y no tan joven– sea consciente de que sin el elementeo religioso nada de esto tiene sentido no descansa solamente en ellos desde luego. La mayor responsabilidad debería recaer, en mi opinión, en aquellos que tienen la obligación de ayudarles a caminar en este mundillo de las hermandades, las propias corporaciones y los organismos que las representan por un lado y los consiliarios y la jerarquía eclesiástica por otro.
La formación en el seno de nuestras hermandades, salvando honrosas excepciones, es escasa por no decir nula. Y cuando hablo de formación no estoy hablando solamente de una charla tipo con lectura de evangelio y homilía más o menos formal. Este tipo de formación es necesaria pero no suficiente. Es precisa también una formación más integral, más cofrade, que abarque desde cómo se monta un palio o se pone una candelería al significado del incienso o la cruz de guía. Sin esta formación es imposible que los jóvenes cofrades sean conscientes de la importancia que deben tener los cultos o por qué una hermandad no sacramental no puede llevar cirio rojo.

Claro está que la cosa se complica cuando hasta hermanos mayores de hermandades potentes en todos los sentidos, les niegan por desidia o ignorancia la importancia debida a los cultos. Ya comenté en cierta ocasión una frase maravillosa que leí a un excelente pregonero y que venía a decir que cuando los cofrades seamos consciente de que el día más importante del año no es el de la salida sino el de la Fiesta de Regla, dejaremos de hacer tantas tonterías cuando el riesgo de lluvia aconseja no poner una cruz de guía en la calle. Por eso la formación es fundamental, y no sólo para los más jóvenes, porque nuestras corporaciones están repletitas de personas, muchas de ellas con cargos importantes, que no tienen ni la más remota idea de qué va esto y circunscriben la actividad de la hermandad a una «salida procesional», una cruz de mayo y a la venta de lotería… o un Setenta y cinco aniversario a una Salida Extraordinaria…

Si tenemos que contar como ensayo de una cuadrilla la asistencia al Vía Crucis del Señor, es que algo estamos haciendo mal. Si la presencia en los cultos se va reduciendo paulatinamente es que el rumbo no es el correcto. Si la asistencia a los Cabildos no alcanza ni de lejos el 10% de los hermanos con derecho a voto es que tenemos que cambiar muchas cosas, y no sirve echarle la culpa al que no asiste, sino a quienes los convirtieron en una farsa de adoración a un líder rodeado de sus incondicionales, algunos de ellos trufados entre el auditorio para aplaudir o censurar cuando convenga, en los que ni se debate ni se decide nada que no esté determinado con anterioridad.
Analicemos la realidad y seamos críticos con ella para desgranar qué es lo que debemos cambiar. Seamos valientes y ambiciosos con los objetivos y no estoy hablando de bordar un palio, eso –en uno o en diez años– lo hace cualquiera, pero ser capaces de construir verdaderos cofrades está al alcance sólo de los que de verdad quieren hacer hermandad
Es magnífico que las redes sociales se llenen de comentarios del estilo de «ahora empieza lo bueno», pero hasta que no seamos capaces de ver que «lo bueno» es el comienzo de los ensayos y el reencuentro con aquellos a los que vemos sólo en esta fase del año, pero también la celebración de los cultos y el reencuentro con Dios, no viviremos plenamente como miembros de una hermandad.
Llega el tiempo de la preparación para la Semana Santa, física y espiritual. Aprovechemos y disfrutemos de cada instante, seamos capaces de extraer la sustancia de todo lo que rodea a las hermandades, desde la reunión con los amigos tras el ensayo de costaleros, hasta la belleza de un altar de Quinario exquisitamente presentado o el estar un ratito en silencio frente a Ella cuando llegue su besamanos. Hagamos todos –individuos, dirigentes y corporaciones– el esfuerzo preciso e imprescindible para enriquecer nuestra vida de hermandad y comenzaremos a emprender el camino para dejar de ser simples capillitas para convertirnos en auténticos cofrades.
Guillermo Rodríguez

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