El Cirineo

El Cirineo: Derecho a la vida

Hoy el Cirineo no les va a hablar de bandas, ni de salidas extraordinarias, ni de costaleros, ni de cortejos, ni de hermanos mayores… aunque quisiera hacerlo, me resultaría imposible.

Hace una semana pudimos asistir a uno de los episodios más lamentables, corrupción incluida, de las sucedidas en la política reciente de este país. «Rajoy dejó caer al ministro Gallardón en busca del centro político”. Con esta deleznable muestra de cinismo periodístico se despachaba y congratulaba El País el pasado 23 de septiembre en uno de esos artículos de noticias-opinión-ficción a que nos tienen acostumbrados los medios de prensa tradicional.

A lo que  el “diario independiente de la mañana” se refería con semejante titular era al hecho de que el Gobierno de España, del Partido Popular, había engañado a su electorado al retirar la reforma de la deleznable ley del aborto aprobada en tiempos del Gobierno presidido por el imposible de olvidar Rodríguez Zapatero, incumpliendo su programa electoral y dejando con el culo al aire a muchos de los votantes que posibilitaron su holgadísima victoria. A eso llama El País «buscar el centro».

No voy a hacer ni un alegato, ni un análisis político, ni ético, porque ni me corresponde (doctores tiene la Iglesia) ni GdP es el lugar adecuado para realizarlos. Pero no puedo dejar de referirme a la reacción que la decisión del Gobierno ha provocado en nuestro Universo Cofrade y que, con carácter general, podríamos resumir en una sola palabra… NINGUNA. Salvando honrosas excepciones, como las de la Hermandad de San Isidoro, que emitió un comunicado mostrando su pesar, y de algún que otro posicionamiento individual similar del que no he tenido constancia a pesar de buscarlo y por cuya omisión, caso de existir pido disculpas, los cofrades, con nuestros dirigentes a la cabeza, hemos perdido una oportunidad de oro para demostrarle a la sociedad que las hermandades están para algo más que para sacar pasos a la calle para celebrar cualquier cosa, jugar a ser Florentino Pérez fichando bandas o capataces o para que sus componentes se saquen los ojos en público o en privado.

Estamos habituados en los últimos tiempos a leer comunicados que se emiten a diestra y siniestra para abordar cualquier payasada, y cuando ocurre un asunto trascendente los cofrades guardamos un repugnante silencio. Quiero creer que el silencio obedece a una falta de organización y a la incompetencia de quienes dirigen nuestras corporaciones y no porque quienes han perpetrado los hechos lo han hecho bajo el símbolo de la gaviota, que tantos afectos provoca en ciertos ambientes cofrades, o al hecho de querer conservar amigos en los círculos de poder.

Ni el Consejo de Sevilla, ni la Agrupación de Córdoba, ni la de Málaga, ni prácticamente ninguna Hermandad se ha pronunciado al respecto (salvo las excepciones ya mencionadas), al menos hasta la fecha. Ojalá todos ellos me dejen por mentiroso, nada me dejaría más satisfecho, pueden estar seguros de ello, y empiecen a brotar comunicados como setas en otoño. Con franqueza, este silencio es uno de los que más vergüenza me ha provocado desde que tengo uso de razón. Las hermandades tienen una obligación social y moral que va mucho más allá de hacer procesiones o convocar cultos y si los que las dirigen todavía no lo han comprendido, que se vayan, que dimitan inmediatamente porque carecen de la formación mínima necesaria para desempeñar los cargos que ostentan. Esta cuestión exigía y exige una respuesta única, clara y contundente de todo el Universo Cofrade, colegiada o separadamente. No podemos permitir que se atente impunemente contra la vida de inocentes en nombre del “derecho de las mujeres”, rásguense las vestiduras o llámenme «facha», «machista» «demagogo» los que quieran. Los derechos de las mujeres no pueden quedar jamás por encima del derecho a la vida, que es el más sagrado de los derechos. Y no, no todas las ideas pueden ser defendidas en democracia, por mucha mayoría que se tenga. Una mayoría social jamás podría convertir en legítimas cuestiones como el genocidio, la segregación social, racial o sexual, o la esclavitud, por mucho que llegado el caso estas abominables ideas gozasen del respaldo mayoritario de una población. La vida es, tiene que ser, lo primero. Una sociedad que no defiende la vida del más indefenso de los seres, es una sociedad enferma y ningún derecho, ninguno, puede estar por encima de éste. Luego podrán venir las matizaciones que sean precisas, hablar de malformaciones o lo que se quiera, pero este principio general debería ser incuestionable para cualquiera, al menos para cualquiera que se llame a si mismo cristiano, civilizado… o ser humano.

Me resulta incomprensible que en nuestras cofradías casi nadie haga ni diga nada, aunque sea patalear y dejarle claro al Gobierno que así no, que no se nos puede mentir con esta despreciable impunidad, que en esto no vamos a poner la otra mejilla y que nuestro voto no puede ser cómplice de más de 100.000 abortos al año. Las cofradías son asociaciones de fieles adscritas a la Iglesia Católica, que nadie lo olvide y por ende, tienen la obligación moral de pronunciarse en asuntos de este calado.

Luego vendrá la moral individual y la decisión libre de cada cual para obrar como considere oportuno porque al contrario de lo que ciertos poderes fácticos, generalmente anticlericales, predican, la Iglesia no impone nada, sino que expresa su pensamiento moral que los cristianos ponen en práctica o no. ¿O es que no utilizamos anticonceptivos los católicos? ¿Acaso ponemos la otra mejilla cuando nos atizan? ¿Abrazamos a nuestro enemigo? Los cristianos contemporáneos tenemos la libertad de obrar según nuestro propio criterio al contrario de las imposiciones fundamentalistas de otros credos o del mismo cristianismo de tiempos pretéritos, no seguimos a rajatabla los mandatos de la Iglesia, a veces para bien y a veces no.

Y desde luego esa libertad debe aplicarse también a la hora de ejercer el derecho al voto. En lo que a mí respecta, me reafirmo en lo que decía Julio Domínguez Arjona hace justo una semana, «visto lo visto, la única urna que me interesa, es la del Santo Entierro».

Lo más triste de todo esto es que podríamos estar hablando o divagando horas enteras, días, siglos sobre el asunto y siempre encontraremos vociferando a quienes quieren «alejar los rosarios de sus ovarios» y a todos sus palmeros justificando lo injustificable, de manera que en lugar de cerrar con una frase el artículo de esta semana, prefiero terminarlo con una fotografía, porque, en ocasiones, una imagen vale más que mil palabras.

Decía el otro día en su página de Facebook el periodista Antonio Varo, «que alguien diga que lo que se ve en la foto no es un ser humano. Que lo diga abiertamente, por favor, si cree que su muerte se ha debido al ejercicio de un derecho de alguien.» Jamás he estado más de acuerdo con él. Nada más que añadir a sus palabras, salvo rogar reflexión… y humanidad.

Guillermo Rodríguez

Fuente Fotográfica

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