El Cirineo

El Cirineo: El Edén de las promesas incumplidas

Aquella mañana amaneció de manera completamente diferente para el caballero del silencio. La luz tenue de los rayos de sol que atravesaban el cristal de la ventana de su cuarto poseía una luminosidad completamente distinta a la cotidiana. La realidad se había encargado de difuminar el pasado que configuraba el rosario de sus recuerdos de la manera más descarnada.

En la hoguera de la vanidad de quienes habían predicado confianza, humildad y paz durante meses de mentiras, ardía sin compasión el arcón de los sueños rotos, los forjados por su propia idiosincrasia y los que había aprendido, y guardaba como un tesoro, de quienes siempre habían rodeado su caminar junto a la Reina a la que su padre le había enseñado a amar sin límites ni contemplaciones.
Su primera mirada al espejo le hizo interrogarse sobre los motivos reales de lo ocurrido aquella tarde de infamia y de si realmente había algo que sustentase aquella dolorosa decisión que atormentaba sus entrañas clavándose como una daga en el fondo de su espíritu ultrajado… lentamente comenzó a asumir que no había razón alguna más allá de la vergonzosa necesidad de quienes quisieron hacer pagar con la traición las viejas facturas pendientes.
Una mirada furtiva a aquella foto de Ella que siempre estaba donde debía estar, fue la única concesión al sentimiento que su orgullo herido le permitió antes de comenzar aquella extraña jornada de explicaciones y comprensión sobrevenida, de silencios cómplices y de daño compartido. Una vez más tocaría ser el caballero que otros jamás fueron. Sabía que algunos esperarían de él un grito de justicia para poner en su sitio a los responsables de la cobardía de la que era protagonista, pero en el fondo de su alma, su conciencia no le permitía reaccionar de semejante modo por más que ciertos personajes mereciesen la reprobación y la censura.
Consultó su teléfono y contrastó el inmenso caudal de admiración y cariño verdadero que se arremolinaba a su alrededor, construido sobre cimientos de un respeto que ni se exige ni se compra con promesas baldías, mentiras ni casas de hermandad, se gana con el esfuerzo del día a día y con el trabajo callado y honrado por materializar la única verdad que le enseñaron sus mayores y que nada tenía que ver con el egocentrismo, el ansia de poder y relevancia y la necesidad de un cargo, aunque ello supusiese pisar a sus propios hermanos, machacar la herencia recibida y terminar de derruir lo que otros comenzaron a quebrar.
De poco servían ya los años de dedicación y labor humilde con el único objetivo de darle a Ella la gloria que merecía porque algunos se habían empeñado en borrar de un plumazo parte de la historia de aquello que decían defender. Los mismos que pregonaban sin descanso la falacia de que era desde fuera desde donde se hacía daño a la corporación mientras que desde dentro la defendían de sus enemigos, abriendo puertas que nadie fue capaz jamás de encontrar e ignorando que por más que una mentira se repita mil veces, ninguna varita mágica la convierte en verdad.
Aquello que un día fue una casa de hermandad, en la que crecieron pocos de los que ahora gobernaban el timón hacia el precipicio de la destrucción, se fue convirtiendo lentamente en un bunker exclusivo, en un club privado cada vez más vacío y con menos razón de ser. Mientras las paredes se preñaron de plata, el corazón de la casa fue agonizando, entre insultos y menosprecios y una bajeza y una ausencia de humanidad impropia de una entidad que pretende formar parte de la Iglesia de Cristo.
Los días pasarán y la calma irá recuperando el lugar que le corresponde, porque las aguas siempre vuelven a su cauce después de la tormenta, y el sol alumbrará a quienes fueron incapaces de entender lo que estaba a punto de acontecer cuando algunos lo advirtieron, pero puede que entonces sea demasiado tarde, porque el daño provocado quedará para siempre y los sueños rotos jamás tendrán reparación posible.
Cuando el frío de enero tome posesión de las noches de costal y martillo, el caballero del silencio estará lejos de donde muchos le querrían y los suyos, los de verdad, los que se visten por los pies, ocuparán su lugar bajo las andas de Ella, porque no existirá mejor forma de honrar la memoria de sus hechos que demostrar al mundo entero quiénes ondean la bandera de la honestidad sin necesidad de excusas baratas, paños calientes y palmeros vociferantes.
La próxima primavera, cuando la mesa de ensayo se convierta en palio de malla, su espíritu estará allí, le pese a quien le pese, rezando desde la distancia y entre la cera de la candelería, porque es imposible borrar la esencia del trabajo bien hecho con cuatro golpes de rencor y vergüenza. Porque por más que quieran robar lo que un día fue, lo fue, lo es y lo será… y la historia siempre conservará para el caballero del silencio ese lugar de privilegio que jamás podrán alcanzar quienes sembraron de odio el edén de las promesas incumplidas…
Guillermo Rodríguez

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