Córdoba, El Cirineo

El Cirineo: Incapacidad manifiesta

Resulta agotador, creánme, cuando una misma persona o institución, por la razón que sea, se convierte en objetivo de críticas recurrentes por parte de un opinador. Al principio puede tener cierta gracia escudriñar en sus declaraciones (algunos en sus redes sociales) para contrastar lo que dicen con lo que dijeron, o en su caso denunciar alguna barbaridad que de su incontinencia twitera  pudo derivar un día. No obstante la gracia se va perdiendo con la reiteración hasta alcanzar un grado considerable de aburrimiento. Cierto es que algunos personajes parecen no aprender nunca bien por su persistencia en el mensaje contra viento y marea, lo cual en el fondo les honra (al menos coherentes), bien por absoluta incompetencia, siendo en este caso de urgencia democrática el cese fulminante de sus cargos por negligencia manifiesta, trasladándose en caso contrario la responsabilidad de mantenerles en sus puestos a su superior jerárquico si no se opta por una solución quirúrgica, como sucede con el presidente que se empecina en no echar al mal entrenador.

Esto ocurre en prácticamente todos los niveles de la responsabilidad pública y se manifiesta por igual en dirigentes políticos y cofrades. No sería la primera vez que desde este humilde espacio de libertad se denuncia la nula capacidad para desempeñar el cargo para el que fueron elegidos de determinados poseedores de varas doradas, o en su caso ciertas decisiones que en la humilde opinión de quien les habla se antojaban profundamente erróneas. Generalmente la crítica provoca una reacción perfectamente definida de la que ya les hemos hablado en más de una ocasión. Según el criticado y sus plañideras, la crítica deriva de un odio irracional a la hermandad, a la cuadrilla o la banda dirigida por el criticado y en su caso a los Titulares, si la crítica va dirigida a la corporación de la que el opinador es hermano o incluso de un presunto ansia de poder que hasta quienes se autodenominaban amigos utilizan como excusa barata para arrojarse en brazos de aquél de quien se espera sacar mayor rédito. El final del camino suele derivar en desenlaces igualmente predeterminados. El final menos común es el enrocamiento en su posición por parte de quien no tolera la más mínima crítica a su gestión que, rodeado de su guardia pretoriana, emprende una campaña de respuesta que suele terminar en un remedo de ruptura de relaciones (a veces con ridículo comunicado de por medio) perfectamente inútil, porque en un mundo como el cofrade es imposible que un medio de comunicación que medianamente haga bien su trabajo no maneje la información precisa para satisfacer a sus lectores, y a las pruebas me remito, y es que hay mucha gente alrededor de cada hermandad y es imposible ponerle puertas al campo. Sin embargo, en muchas ocasiones la sangre no llega al río y la situación termina por reconducirse en base a la inteligencia del criticado o a veces de alguien que le rodea, que termina comprendiendo que la crítica no es personal sino derivada de acciones concretas, que su labor como personaje público es susceptible de juicio y llegado el caso que, en beneficio de la entidad a la que representa, carece de sentido entablar una guerra con un medio de comunicación a resultas de una crítica, sencillamente porque no ha gustado un artículo censurando determinada decisión adoptada.
La inteligencia del dirigente es una cualidad en peligro de extinción, es cierto, probablemente porque en los tiempos que corren quien más quien menos, tiene ocupaciones más importantes a las que destinar su tiempo libre que jugar a los presidentes al frente de una hermandad, y en esta tesitura, salvando la existencia de héroes al frente de ciertas corporaciones, que los hay, en multitud de ocasiones terminan por hacerse con la vara dorada, bien hermanos con la preparación necesaria y con un trabajo que les permita tener mucho tiempo libre, bien individuos con nula preparación en casi todo, que tienen tiempo libre porque su capacidad laboral y su desarrollo derivado es sencillamente inexistente, y que se acaban convirtiendo en inútiles con cargo intentando destacar en algo a lo largo de sus grises vidas habitualmente sin conseguirlo. Suelen ser estos últimos los que terminan rompiendo relaciones con el «medio enemigo» y ganando alguna que otra batalla para terminar perdiendo una guerra que, en base a su negligencia manifiesta, son incapaces de ganar. Algunos llegan a amenazar con impedir a fotógrafos el acceso al templo en el que sus hermandades tienen la sede canónica demostrando una vez más su ignorancia y ridiculez al creer y pretender hacer creer que una parroquia en un coto privado, como si de una capilla propia se tratase.
Sin embargo, a veces, muy de cuando en cuando, nos encontramos con dirigentes que reaccionan en positivo, que bien por propia iniciativa o, como les decía, por influencia de terceros, acaban entendiendo que hay guerras que no llevan a ninguna parte y que la crítica es crítica en tanto en cuanto se persevera en unas posiciones, en la toma de una orientación concreta en la toma de decisiones, que el opinador, que por supuesto puede estar equivocado, considera erróneas. Entonces prevalece la cordura y la relación se recompone y alcanza la normalidad, en la creencia de que es positivo para la entidad que se preside que la conexión con los medios sea lo más fluida posible y asumiendo, más vale tarde que nunca, que las críticas recibidas son consecuencia del desempeño de una labor y en ningún caso una cuestión derivada de cualquier animadversión personal.
Suelen contarse con los dedos de una mano aquellas situaciones en las que un hermano mayor, un directivo o un presidente es capaz de llegar a entender como funcionan las cosas, pero cuando esto ocurre, se hace imprescindible por parte de quien tiene la responsabilidad de dar su visión sobre lo que acontece a su alrededor de pregonar públicamente el acierto del dirigente, sea quien sea, con toda la objetividad que la subjetividad permita, por su capacidad de entender que no es más que una figura de paso y que por encima de sus filias y sus fobias está el bien de la entidad que encabeza o representa. 
Bien es verdad que la capacidad de asumir el tributo derivado de un cargo es una cualidad que no está al alcance de cualquier dirigente, y saber estar donde hay que estar y cuando hay que estar tampoco. Que se lo pregunten a quienes compartieron espacio físico el pasado sábado en el Gran Teatro con buena parte de la clase política de nuestra ciudad. Unas demostraron ser auténticas profesionales de esto, acudiendo a un evento en el que no jugaban precisamente en casa, como hace un Ministro de Cultura cualquiera del PP en una Gala cualquiera de los Goya, llevando la procesión por dentro (nunca mejor dicho) y soportando con deportividad las embestidas recibidas, con una sonrisa y aplaudiendo cuando tocaba, mientras otros, desde el asiento de atrás, dejaban muestras inequívocas de ser meros aficionados advenedizos sin preparación alguna para desempeñar el cargo que gozan, más allá de haberse arrimado al ascua adecuada. 
Por eso toca aplaudir a quienes estuvieron donde debían y como debían sin dejarse influir por los sectarios antitodo (los odiadores oficiales del Reino) que creían manejar a una marioneta y se han encontrado con que les están dado el timo del tocomocho y censurar la escasez de talento de quien acudió para hacer una vez más el ridículo, como hiciera al paso de aquella procesión de septiembre o en la vergonzosa rueda de prensa de la pérdida de papeles de hace unas semanas. Su incapacidad para desempeñar su cargo se ha tornado manifiesta, fuera de toda duda, evidente. Ahora toca que quien deba ponerle de patitas en la calle lo haga antes de que termine teniendo que asumir como propias las taras de sus subordinados. Ya saben… más vale tarde que nunca…
Guillermo Rodríguez

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