El Cirineo

El Cirineo: Justificar lo injustificable

Es la nueva táctica que se extiende como una mancha de aceite por todos y cada uno de los recovecos en los que se desenvuelve la sociedad que nos ha tocado vivir. ¿Que unos delincuentes agrupados en torno a una banda terrorista llamada Daesh asesinan cobardemente a 130 inocentes en el centro de Europa o en Turquía, o venden cada semana a mujeres y niños como esclavos en el mercado de Raqqa?… inmediatamente saltarán a la palestra los impresentables buenistas giliprogres y justificalotodos a pregonar a los cuatro vientos que los responsables no son una piara de mafiosos que han decidido atacar nuestra libertad por dinero, en nombre de un Dios al que ni aman ni conocen, sino la propia Europa que les compra el petróleo (basta revisar las cifras para comprobar la falacia del argumento), el socorrido imperialismo yanki o arrastrándonos un poco más por el fango de la tergiversación histórica, el recurrente colonialismo europeo. ¿Que un grupo de sinvergüenzas disfrazados de políticos engañan a media población enfrentándola a la otra mitad “en aquél país pequeñito de allá arriba” como diría aquel vendeburras barato que con la mano izquierda reparte consignas a quienes se dejan engañar mientras pone la derecha para cobrar de un banco con presuntos vínculos con el Opus Dei?… la culpa es del Estado que no les ha concedido el cariño debido en forma de impuesto revolucionario. 

Podríamos continuar aportando ejemplos hasta el infinito para demostrar que se trata de una tendencia que se ha implementado en nuestra realidad idiosincrásica. Hoy, cualquier barbaridad, cualquier error, por grande que pueda ser, es justificado sin rubor alguno, trasladando la responsabilidad de los desmanes cometidos a terceros, pretendiendo salir airosos, impunes, frente a la crítica legítima, la opinión diversa o la necesaria oposición que todo dirigente ha de tener. Si esta es la realidad que nos asola, ¿cómo vamos a extrañarnos de que esta tendencia viciosa de justificar lo injustificable se haya instalado también en nuestras hermandades?
Basta con poner oídos por las esquinas de nuestra miserable actualidad para comprobar que el norte se ha perdido hace tiempo. Se justifican manifestaciones en contra de un párroco, como si de protestas sindicales o antisistema se tratasen, con la excusa barata de una presunta injusticia, que deriva de que quien debe determinar, legal y jurídicamente hablando, si una serie de aspirantes cumplen con las condiciones necesarias para convertirse en candidatos, ha decidido en negativo. Se inundan de basura los rincones de las redes sociales dañando lo que se pregona amar, aplicando una política de tierra quemada, que a punto está de provocar que más de una hermandad se quede en casa una primavera de estas, confundiendo la crítica legítima con el ataque furibundo. Y se justifica en aras de la presunta libertad individual, en base a que un hermano tiene todo el derecho a montar un circo y a posicionarse públicamente aunque ostente un cargo representativo, olvidando que el daño a la hermandad y a la institución a la que representa, en particular con la que está cayendo, no hace sino regalar carnaza a los que nos odian y buscan nuestra desaparición, y se hace curiosamente al mismo tiempo que se despedaza a otros por ejercer su libertad en forma de opinión constructiva. Lo sensato sería sentarse, dialogar, negociar y acordar un proyecto común en privado, pero para alcanzar este punto es imprescindible la cordura y la generosidad de todas las partes antagonistas implicadas y no enrocarse en posiciones inmovilistas que únicamente conducen a la ruptura y el fracaso. En un conflicto la culpa debe ser asumida por todas las partes y mientras unos y otros sean incapaces de alcanzar conciencia de ello, será imposible una solución pacífica y responsable. Y no es tolerable justificar lo injustificable. No se puede conceder la aprobación a una lamentable protesta pública con grotescas consignas de patio de vecinos, pancartas incluidas, porque la otra parte se haya negado en rotundo a dialogar. Siempre existen métodos alternativos antes que abandonarse en los brazos de “la lucha armada”, y todos tenemos la obligación de explorarlos.
La justificación de lo injustificable está lamentablemente instaurada en nuestras cofradías en todos los niveles, no importa lo reprobables que sean determinadas actitudes o lo absurdas que sean ciertas decisiones.
Hay periodistas que justifican reventar una táctica programada por determinados dirigentes con la excusa de la deseada primicia. Es cierto que no está de más lograr alguna de vez en cuando (“una vez al año no hace daño”), sobre todo cuando se lleva tanto tiempo a la estela de los “despreciables aficionados que ejercen el intrusismo” pero no se puede atentar impunemente contra los intereses de todos los cofrades por ser los primeros en publicar una noticia que deja con el culo al aire a quien debía negociar, una noticia que, dicho sea de paso, tampoco era para tanto y era conocida por otros que no quisieron airear la información porque entendieron que hacerlo dañaba el interés común. Mención aparte merecen los filtradores que, con sotana o sin ella, han podido propiciar el final de un sueño o al menos su posible dilación sine die. También estos justifican sus miserables acciones aunque en este caso deberían ser ellos mismos los que hiciesen públicos sus motivos, si la vergüenza y la cobardía les permitiesen asumir en público los pecados cometidos en privado.
Como digo, hoy todo admite justificación con tal de evitar la asunción de responsabilidades, reconocer errores y evolucionar en positivo, acercar posturas y tomar decisiones, por dolorosas que estas puedan ser; se defienden destituciones porque quienes tienen el poder se sienten desafiados, sin alcanzar a comprender que es la propia inseguridad derivada de su ignorancia e incompetencia lo que provoca ese frustrante sentimiento y no la amenaza externa; se justifica que un nazareno se dirija a un capataz a voz en grito en plena calle por “algún sacrilegio” cometido por la cuadrilla en lugar de destituir fulminantemente de su cargo al impresentable que ha profanado el hábito con la actitud infantil e inmunda de quien no tiene ni la más remota idea de lo que significa vestir una túnica y pretende jugar a los pasitos, poniendo y quitando personas, y ejerciendo una labor para la que no tiene formación ni capacidad alguna; se justifican altares incomprensibles en el que se rinde culto a quien no se debe, en base a antiguas “pruebas gráficas” que todos conocemos (que parece que alguno ha descubierto la rueda) olvidando que haber sido un necio en el pasado no justifica serlo en la actualidad, que hoy se exige bastante más (no es suficiente con que cierto plumilla se ponga de rodillas buscando cariño en época de vacas flacas) y que si quiere jugar en primera división, se debe asumir un mayor nivel de autocrítica. Justificar lo que se haga hoy en base a lo que se hizo en el pasado podría conducirnos a un callejón sin salida. ¿Vestimos a los capataces con túnica o reproducimos la bochornosa imagen de enchaquetados con guantes blancos en un cortejo cualquiera porque esto también se hizo antaño?
Llevados al extremo de la pusilánime justificación y la huida hacia adelante, hay quien llega a obviar el pecado cometido por el amigo cercano, cargando las tintas contra quienes han pedido explicaciones por la inepta tropelía perpetrada por quien debe guardar las formas en base al cargo que desempeña o en su caso asumir los excesos del pasado. Les voy a poner un ejemplo figurado. Imaginen por un momento que pululase un repugnante vídeo por ciertos mentideros, que muchos asegurasen haber visto, en la que cierto cargo público de una de nuestras hermandades se mostrase en una actitud manifiestamente mejorable. Imaginen por un momento que la “prueba” hubiese sido difundida hasta el infinito y que los comentarios derivados crecido exponencialmente hasta un nivel insoportable de ridículo. Supongan por un instante que algunos hermanos, preocupados por la escena presenciada acudiesen a su director espiritual para manifestar su tristeza, desolación e inquietud por la imagen que de la hermandad a la que pertenecen se estaría dando por foros, corrillos y rincones. En esta hipotética tesitura, agarrar el toro por los cuernos, implicaría destituir de su cargo de manera inmediata a quien hubiese cometido el descuido de hacer lo que no debía, donde no debía y como no debía. ¿Recuerdan aquél hermano mayor que dimitió tras unas cruces de mayo por un vídeo impropio?… pues lo mismo, salvando las distancias. Sin embargo en la vergonzosa realidad de justificar lo injustificable en la que nos hayamos inmersos, a nadie extrañaría que quienes tienen la obligación de tomar decisiones, en lugar de poner en su sitio al errado por el daño causado a la institución que aseguran defender, atacasen con fiereza a quienes, con todo el derecho del mundo, acudieren a trasladar su preocupación al responsable espiritual de la hermandad, acusándoles de difundir ilegalmente, presuntamente claro, la “prueba del delito” y amenazándoles con un expediente que solamente debería avergonzar a quien se atreviese ni siquiera a mencionarlo en una situación tan desagradable como esa, en lugar de finiquitar el origen de la hipótesis, verdadera causa del escándalo figurado.
Todo esto no es más que una situación inventada desde luego, pero ¿cómo creen que actuarían hoy determinados dirigentes?, ¿asumirían que uno de los suyos se ha equivocado gravemente y obrarían en consecuencia, o por el contrarío se revolverían como gato panza arriba contra quienes denunciasen una conducta despreciable, justificando lo injustificable? Respondan ustedes mismos y determinen si tenemos o no un problema de imposible solución. 
Yo, desde luego, tengo mi propia opinión al respecto. El cáncer se ha desarrollado hasta alcanzar tal nivel de expansión, que la única forma posible de evitar que el enfermo fallezca pasa por la extirpación inmediata de todos aquellos que creen que las hermandades son un cortijo de su propiedad y justifican lo injustificable contra viento y marea aunque ello signifique destruir impunemente el legado heredado… es necesario extirpar, antes de que el paciente entre en un coma de carácter irreversible.
Guillermo Rodríguez




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