El Cirineo

El Cirineo: La bulla ¿un problema sin solución?

Hay quienes piensan que los cofrades nacemos en una bulla y por lo tanto tenemos la capacidad innata, genética, de movernos dentro de ellas. Otros opinan que las bullas son entes con vida propia que se crean y destruyen solas (al contrario de lo que decían de la energía en el cole… siempre he tenido mis dudas…), y a imagen de lo que sucede con los planteamientos ultraliberales en economía se ajustan de manera natural y automática a los cambios, de modo que jamás ha pasado ni pasará nada en ninguna de las enormes masificaciones que se generan en nuestra Semana Santa. 

Estando bastante de acuerdo en que tradicionalmente nunca ha sucedido nada grave, más allá de la tristemente famosa Madrugá del Pánico de 2000, y en que es un ente vivo, mi opinión se ha ido modificando a medida que he ido cumpliendo años. No sabría decir si mis crecientes dudas serán directamente proporcionales al hecho de alejarme cada vez más de los años de juventud que por definición implican una mayor inconsciencia o es que al ser algo vivo y cambiante, porque está formada por personas, la composición de las bullas se ha ido modificando en las últimas décadas cuantitativa y cualitativamente hablando.
Cualquiera que se haya criado en Deanes, en los Jardines de la Merced o en Bailío al paso de una Cofradía, es consciente de que el número de personas que la componen se ha incrementado extraordinariamente, nada tienen que ver las calles cordobesas en la Semana Santa de los ochenta con las actuales. Adicionalmente se detectan otros factores cuya aparición ha alterado cualitativamente la composición de las bullas y sus elementos accesorios. Sin ánimo de ser exhaustivo, sólo ejemplificar, podemos mencionar algunos de ellos. 
En los últimos años y a medida que se ha ido multiplicando el fenómeno del «cangrejeo», ha proliferado proporcionalmente la concurrencia de personajes delante de los pasos indicando a diestra y a siniestra al público que se vaya de ahí, que molesta, alterando ese orden natural que la bulla, por definición, siempre ha tenido. Más allá de consideraciones estéticas, las personas que se ponen delante de un paso suelen ser cofrades que saben lo que hacen, generalmente mejor que los propios acosadores. Empujar a los lados, atosigar con incensarios y un largo etcétera de formas de presión, provocan una tensión innecesaria que causan más inconvenientes que los que resuelven.
Por otro lado, cierta parte del público que acude a los lugares por los que pasan cofradías, se ha visto alimentado por esa subespecie social, que algunos denominan canis pero que puede tener múltiples denominaciones y que básicamente está formada por gentuza que acude a hacer botellón y/o a molestar al público que si tiene interés en lo que está sucediendo y a las propias cofradías, destilando una repugnante falta de respeto que en ocasiones (todos somos tentados a veces) apetecería atajar con dos guantazos bien dados. Afortunadamente los cofrades normalmente estamos educados para controlar este tipo de tentaciones, aunque tanto va el cántaro a la fuente que nunca se sabe si algún día podrá romperse, el cántaro o la cara de alguno de estos impresentables.
Otro elemento novedoso surgido como condicionante accesorio a las bullas es el problema de las Fuerzas de Seguridad, sí, he dicho el problema. Cada vez es más frecuente que delante de los pasos aparezcan policías nacionales, con una fachada (físico) envidiable y ni puñetera idea de lo que es una cofradía y mucho menos una bulla. Me estoy refiriendo a muchachos que lejos de abrir paso de una forma relajada y destensar las situaciones que pueden generarse en una bulla, empujan al público contra la pared de las calles, o contra el resto de la masa, destrozando la necesaria fluidez que la bulla debe tener para que nada suceda. Esto, el que no está acostumbrado, no lo entiende, y la mayoría de los fornidos polis que envían para “proteger” a las cofradías, tampoco. Si a esto le añadimos ese gusto por el despotismo que algunos ostentan (no todos gracias a Dios) nos encontramos con una realidad que hace que en lugar de ser solución se conviertan en muchas ocasiones en problema.
En los Jardines de la Merced se ha visto a algunos de estos superhombres levantar en volandas a integrantes del público y lanzarlos literalmente contra el resto del gentío en un alarde de inconsciencia deleznable y reprobable. Un uniforme no otorga inteligencia desde luego (tampoco la resta, se tiene la que se tiene) y la autoridad no debe confundirse con autoritarismo, prepotencia o chulería. 
El año pasado, dos policías nacionales se situaron en la entrada de Capuchinos a la altura del azulejo de la Paz para impedir que las personas que iban delante del palio entraran en la plaza. Cabe señalar que siempre se ha accedido y jamás ha sucedido nada. Sin embargo su actitud intransigente provocó, al crear una inesperada barrera artificial, un conato de avalancha a causa de que estas personas que físicamente debían obligatoriamente salir por algún sitio, lo hicieron arrasando contra el público que esperaba a los lados de la calle, en lugar de haberse difuminado de manera natural a medida que el palio iba avanzando. Pisotones, empujones, accesos de ansiedad… y gracias, porque pudo ocurrir algo mucho peor. Precisamente en ese punto, la calle se convierte en un embudo y se podría haber aplastado a alguien, no olvidemos que muchos de los componentes del público eran niños. Aquellos agentes de policía hicieron exactamente lo que jamás hay que hacer en una situación como esa. Habrá quien diga que la culpa es de los que cangrejean. No voy a entrar si deben o no estar ahí, probablemente a quienes critican el fenómeno no les falte razón. Sin embargo, la realidad es que lleva muchos años sucediendo y nunca ha habido que lamentar nada. En cambio la actitud de los policías sí pudo provocar algo muy grave, su acción fue muy peligrosa. Es evidente que lo que hicieron no fue por propia iniciativa, quiero creer que no lo fue, imagino que alguien les dijo que actuasen de ese modo, pero fuese quien fuese el responsable, se equivocó, gravemente. No es nuestra ciudad la única en la que están sucediendo estos episodios. Los policías que en algunos momentos (no todo el itinerario) abrían paso a la Macarena en su retorno a la Basílica en la última salida extraordinaria, tampoco tenían ni la más remota idea de lo que es un bulla. 
Para manejar estas situaciones, para saber desenvolverse, como para todo en la vida, es necesaria la formación y si parte de su labor ha de ser esta, que reciban cursos de los que de verdad saben cómo funciona una bulla y cómo hay que actuar para que fluya sin que nada ocurra, del mismo modo que se enseña a actuar ante una manifestación. En caso contrario que sean las propias hermandades las que formen a su gente para que ocupen este lugar. Nos evitaremos que cualquier día ocurra algo que tengamos que lamentar.
Para finalizar, en ocasiones es la propia incompetencia de los organizadores del evento la que crea bullas antinaturales como la provocada en la Cruz del Rastro en el pasado Vía Crucis Magno, punto en el que se citó a todos los cortejos participantes prácticamente a la misma hora, o en un intervalo ridículo de tiempo, con lo que se originó un desorden, una confusión, un maremágnum de tal calibre, que si no se produjo un importante altercado de orden público, fue por auténtico milagro y por la actitud civilizada de la mayoría del público asistente. Aún estamos esperando que alguien asuma responsabilidades por aquella barbaridad.
Entra dentro de las carencias humanas resolver los problemas cuando ya no tienen arreglo. En cambio la mayoría de los cofrades somos conscientes de que el asunto de las bullas empieza poco a poco a escaparse de las manos. Estamos a tiempo de sentarnos a analizar de qué manera podemos evitarlo. Hagámoslo, antes de que el problema carezca de solución.
Guillermo Rodríguez

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