El Cirineo

El Cirineo: La vara dorada y otros oscuros objetos de deseo

Algo tendrá el agua cuando la bendicen, dice el dicho popular. Desde luego ha de ser muy grande la satisfacción derivada que produce en determinadas personas el desempeño de un cargo (o carguillo) en una cofradía cuando son capaces de hacer lo que hacen por alcanzarlo o mantenerlo. Lo gracioso es que todos, he dicho todos, reniegan públicamente del legítimo deseo de estar en una junta de gobierno y ostentar un cargo de representación. No les digo nada si su interlocutor es un hermano mayor. “Yo no quería esto ni muerto”, “me lo endiñaron y lo cogí por responsabilidad”, “vinieron a buscarme”, y un largo etcétera de argumentos, casi siempre mentiras, que intentan, aunque no lo consiguen, ocultar la verdad verdadera, como decía la niña del anuncio. Muchos de nuestros dirigentes venderían a su madre por seguir en sus puestos. Podría ponerles ejemplos con nombre y apellidos, pero no lo haré, aunque todos los que llevamos años navegando entre las pequeñas grandes miserias de este mundillo de capa y espada que llamamos cofradías, conocemos a algunos personajes sobreviviendo en nuestras hermandades, haciendo cualquier cosa, arrodillándose si es preciso, por mantener lo que un día lograron alcanzar. Llega a tal punto esta necesidad imperiosa que se desarrolla en algunos capillitas, que incluso hay dirigentes con y sin sotana que están convencidos de tapar bocas amenazando con el despojo de un puesto en una junta de gobierno, creyendo el ladrón que todos son de su condición.

Últimamente, tal y como comentaba mi compañero Blas Jesús Priego hace nada, se está viviendo un fenómeno de “florentinización” del universo cofrade, fichajes de capataces estrella, precontratos con bandas, promesas de casas de hermandad y proyectos rimbombantes por el estilo, que complementan a los ya clásicos “voy a hacer un palio con mi especial sensibilidad”. En fin que los debates televisados están al caer, visto lo visto.
Más allá de lo que se viene observando en procesos electorales más o menos cercanos en el tiempo, llama poderosamente la atención, incluso desde el punto de vista psicológico, que existan personas que realmente puedan sentirse realizadas soportando la carga que supone formar parte de un cabildo de oficiales. Porque la realidad es que el esfuerzo es importante. Los que de verdad “trabajan la cofradía” no los que tienen un carguillo y sólo aparecen para repartir túnicas y sacar la cofradía a la calle, terminan por adoptar una posición perenne en las casas de hermandad que acaban convirtiendo una afición en una insoportable obligación (¡qué bien nos iría si todos tuviésemos claro que las cofradías no son más que eso, una afición!… no se me pongan nerviosos, una afición mezclada y potenciada con su sentimiento devocional, qué duda cabe, pero una afición al fin y al cabo que no puede en ningún caso convertirse en el eje central de la vida de nadie… ¡ay de aquél que sitúa su pertenencia activa en la hermandad por delante de su propia familia!…). Una obligación que con el paso de los años adopta la forma de condena y que acaba por destrozar en gran medida las relaciones sociales de muchos componentes de juntas de gobierno, capataces, vestidores, priostes y miembros de otros grupos diversos que preñan nuestras hermandades, que no viven para otra cosa que no sea la propia hermandad. Ni amigos que no huelan a incienso, ni hobbies, ni familia, a veces ni trabajo… todo pasa a un segundo plano para aquellos que acaban sucumbiendo al veneno de la dependencia de un cargo.
Evidentemente todo esto no es más que una generalización. Es cierto que existen algunos dirigentes con la cabeza muy bien amueblada y que tienen vida fuera de las cuatro paredes de la hermandad de turno, personas que tienen claro que el cargo supone un servicio y no al contrario y que el desempeño del mismo es una circunstancia personal y temporal, y que por tanto, ni ellos se mueren sin el cargo ni la hermandad desaparece sin ellos. Son como las meigas, “haberlos haylos” pero les garantizo que uno puede estar toda su vida observando de cerca las cofradías y no cruzarse con ninguno de estos raros especímenes. La inmensa mayoría son del grupo de señalados por los astros, los que se creen imprescindibles, dotados de un don especial que los convierte en seres superiores elegidos por el mismo Dios para desempeñar el cargo para el que un día nacieron.
Suelen ser personas con una triste vida familiar o un trabajo que resulta alienante y por ello precisan de un componente externo que arroje un poco de luz al túnel en que se ha ido convirtiendo poco a poco su existencia. Hace unos días, en un conocido programa deportivo televisivo le preguntaban al exjugador de balonmano Enric Masip que cómo había sido dejar la intensidad del deporte profesional. Él (probablemente uno de los mejores jugadores españoles de la historia) comentó “que no lo había prácticamente notado porque entró a formar parte del organigrama del club en el que cosechó innumerables títulos nada más colgar las botas (o como se diga en balonmano), pero que debía ser muy duro para alguien que llevaba toda su vida viviendo para y por un deporte 24 horas al día, 365 días al año, pasar de la noche a la mañana a no tener nada que hacer”. Esto mismo le sucede a muchos de nuestros dirigentes cuando unas elecciones perdidas o un nuevo hermano mayor decide que su tiempo ha terminado. Resulta extremadamente complicado pasar página y comenzar una nueva vida, cuando prácticamente no se ha sabido respirar otra cosa que el olor a cera derretida o a algún producto para limpiar plata.
En el fondo merecen mi admiración, por ser capaces de encontrar un motivo suficiente para renunciar a todo lo que renuncian a cambio de “que la cofradía no se hunda sin ellos”. Yo sería incapaz, lo reconozco, y desde luego no estoy, nunca he estado y nunca estaré dentro de este selecto grupo de elegidos. Quizá sin su existencia las hermandades estarían vacías, sin vida, sin nadie que hiciera girar las aspas del molino y acabarían muriendo… o quizá no y muchos de los que están lejos, expulsados o hastiados, regresarían a las casas de hermandad… o tal vez nunca se hubiesen marchado porque alguien decidió un día que el cortijo era suyo y de los suyos. Lo más triste es que nunca lo sabremos porque llueva, truene o ventee, nuestras hermandades están condenadas a la perpetuación de esta subespecie de cofrades ejemplares que viven empeñados en salvar nuestras cofradías… salvo de ellos mismos.
Guillermo Rodríguez

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