Córdoba, El Cirineo

El Cirineo: Las manecillas del reloj se detendrán en un suspiro

Las manecillas del reloj se detendrán en un suspiro, en el instante preciso en que los varales de su palio acaricien las jambas de la puerta de la iglesia que alberga en su seno el Palacio de la Merced. Hermanos y devotos de varias generaciones se congregarán ante Ella, conteniendo la respiración, unos desde la orilla de sus respiraderos y otros asomados a los balcones del Cielo. A lo largo de siete décadas y media, por miles se cuentan los que en alguna ocasión se acercaron a su mirada juvenil para hablarle bajito y contarle sus cosas, para pedirle aquello que sólo Ella podía entender, o simplemente para asomarse a sus ojos en silencio, confortarse con su dulzura y al mismo tiempo consolar el brillo de su mirada, el llanto de Reina a la que habían robado aquello que más quería.

Poco podían imaginar aquellos hombres que cuando agonizaba la maldita guerra pusieron en marcha su sueño, que setenta y cinco años después, esta jovencita del barrio de San Lorenzo convertida en Madre del Universo, que tallara Cerrillo paso a paso cada vez que regresaba del frente, se convertiría en una de las devociones más importantes de la ciudad y de toda Andalucía. Asombra a quienes nos desenvolvemos en redes sociales y medios de comunicación, la expectación que ha despertado esta celebración en los cuatro puntos cardinales de nuestra tierra de piel blanca y verde que hoy más que nunca lo es de Paz y Esperanza. Gentes venidas de todas nuestras provincias hermanas se congregan ante la Reina de Capuchinos para alimentarse del maná de su pureza infinita convirtiendo una devoción que antaño fue local en algo mucho más grande.
Hoy, los que crecimos en su regazo, y vivimos aquella cofradía de cosas mucho más pequeñas, de realidades más sencillas, de relaciones con menos recovecos, volveremos a Ella, y mientras la emoción inunde de llanto nuestras pupilas recodando todo aquello que desapareció para no regresar jamás, acercaremos a nuestros hijos hasta su manto, para que el sentimiento que un día encendió la llama de nuestros corazones, se perpetúe de generación en generación. Miraremos a nuestro alrededor y buscaremos a los que compartieron camino con nosotros… a Diego, a José Ignacio, a Salvador, a Carmen, a Juan, a Ana, a José… y a tantos otros que hoy viven junto a Ella, y pusieron su granito de arena para que su semilla de Paz y Esperanza se extendiese poquito a poco por el alma del pueblo. Otros estarán a nuestro lado compartiendo el instante, cruzando sonrisas y recuerdos o desde la distancia del tiempo perdido y que hoy parece perder toda su soberbia trascendencia… y Ella esbozará una sutil sonrisa por tenernos a todos cerca, y su Paz se precipitará sobre el ansia colectiva… y las manecillas del reloj se detendrán… en su suspiro…
Guillermo Rodríguez



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